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IV. La Eucaristía es el centro de la comunidad cristiana y de su misión
La Eucaristía debe ser el centro vital, el momento culminante, la forma unificante de la vida de la comunidad cristiana.
Poner la Eucaristía en el centro de la comunidad es reconocer que va transformando a esa comunidad.
La Misa recoge toda la vida del fiel y de la comunidad cristiana para introducirla en la vida de Cristo y, al mismo tiempo, la lanza a un compromiso misionero.
Sabemos que el alimento material se transforma en el organismo que lo recibe. En la Eucaristía sucede al revés: Jesús nos transforma en él: “ El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él… el que me come vivirá por mí ” ( Jn. 6,56-57).
El cristiano que recibe la Eucaristía se va conformando a Cristo, a su manera de pensar, de sentir y de obrar.
También lo podemos aplicar a la comunidad cristiana que celebra la Eucaristía.
El alimento eucarístico hace de muchos un solo cuerpo, el Cuerpo de Cristo. La Eucaristía va configurando un pueblo que expresa a nivel social, y no sólo individual, la vida de Cristo que transforma la historia. Su participación en la Misa dominical debe ser fuente para que la comunidad sea cada vez más fraterna, solidaria, reconciliada, acogedora, misionera.
El Concilio Vaticano II nos dice que “ La Iglesia , con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores sino que, comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen consciente, piadosa y activamente de la acción sagrada ” ( Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium , 48).
Partiendo, pues, de la misma celebración litúrgica aprendemos a vivir lo que nos dice el Señor. El Señor nos habla a través del “signo” sacramental que hace visible la gracia y la exigencia del misterio. Y como sabemos es un “signo eficaz”, esto es, realiza lo que dice.
La celebración de la eucaristía es una palabra visible: es una lección y, a la vez, una acción, en la cual se encarna la obra salvadora de Dios que camina hacia la Pascua. Viviéndola , la pedagogía de la Iglesia nos lleva a hacer nuestros los sentimientos de Cristo, que deben ser traducidos en nuestra vida de cada día. De esta manera la Iglesia , que es la prolongación de Cristo en la historia, se convierte en un signo trasparente de su presencia entre los hombres.
A continuación veamos concretamente cómo la celebración eucarística nos va conduciendo paso a paso al encuentro con Cristo, haciéndonos crecer y madurar en la vida de la Iglesia.