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VI. Orientaciones pastorales

La reforma litúrgica sancionada por el Concilio Vaticano II ha ayudado a una mejor comprensión y participación eucarística, a un reconocimiento de los diversos ministerios, a una mejor disposición arquitectónica de los templos, con el lugar para el altar, la sede, el ambón, etc.

La centralidad del misterio pascual en su celebración anual y dominical, la estructura de la celebración, el uso de la lengua vernácula, el contacto más abundante con los textos bíblicos y la participación activa de todos los fieles, con la articulación de los diversos ministerios, permiten una celebración más fructosa de la Eucaristía.

Pero debemos reconocer que los frutos esperados por la reforma litúrgica, sancionada por el Concilio Vaticano II en 1963, tardan, aún, en madurar.

Para ayudar a los fieles a descubrir y a vivir la centralidad de la Eucaristía en la vida y en la misión de la Iglesia , es necesario realizar toda una acción pastoral .

1) El Equipo de Liturgia

En primer lugar, es necesario que en cada Parroquia haya un Equipo encargado de la Liturgia .

La asamblea litúrgica es el sujeto de la celebración y, como es obvio, el Sacerdote solo no puede realizar todo lo que hace al culto, donde son muchas y diferenciadas las exigencias.

El Equipo de liturgia debe encargarse de la preparación y acompañamiento de todas las celebraciones.

Se debe procurar que el Equipo esté constituido por personas que tengan capacidad de servicio, facilidad para crear un ambiente fraterno, disposición para la oración personal y de estudio, espíritu de comunión para hacer lo que la Iglesia , depositaria de la liturgia, disponga.

El Equipo Parroquial de Liturgia debe conocer las Normas litúrgicas, los documentos de la Iglesia sobre este tema y estar en contacto con la Comisión Arquidiocesana de Liturgia.

El Equipo de Liturgia debe valorar los elementos de la acción litúrgica: lecturas, salmos, cantos, oraciones y poner en acción los diversos servicios requeridos para la celebración: guía, lectores, salmista, cantores, acólitos, ministros extraordinarios de la comunión, servicio de acogida, colectores, etc.

2) La formación litúrgica

Además, se debe resaltar la importancia de la educación litúrgica.

La formación litúrgica es un tema central.

No se debe dejar de ofrecer a los fieles una adecuada catequesis litúrgica. Uno de los principales objetivos de la renovación litúrgica es la toma de conciencia, por parte de los fieles, del derecho y obligación que tienen a una participación más plena, piadosa, activa y consciente en las celebraciones de los sagrados misterios ( Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium , 14 y 48). Hay que procurar llevar a la práctica esta participación, que se expresa en: la escucha, las respuestas, las aclamaciones, el canto, los gestos, los silencios. Las mismas expresiones corporales son un signo de esta participación. La celebración eucarística tiene su estructura, compuesta de palabras, gestos, ritos, oraciones, que se deben conocer, valorizar y respetar.

Las Líneas pastorales para la Nueva Evangelización dicen: “ ...quienes respondieron a la consulta del Pueblo de Dios, indican con frecuencia que no se ofrece a los bautizados una adecuada catequesis litúrgica, que les permita comprender el sentido y la riqueza de la Celebración Eucarística ” ( Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización , 52).

Por eso, es oportuno que en cada parroquia, en toda capilla, durante algunos domingos “durante el año” se haga una catequesis para explicar las distintas partes de la Misa.

También se podría hacer en cada Parroquia o por Decanato un cursillo sobre liturgia.

Igualmente se debe dar una adecuada iniciación litúrgica a los niños. La catequesis debe prever esta formación litúrgica.

Los grupos de jóvenes deben incluir en sus planes de formación la iniciación a la liturgia.

De igual manera, es necesario recordar que la enseñanza de la religión ayuda para que los integrantes de la comunidad educativa de todos los niveles vivan y comprendan que la liturgia es fuente y culmen de la vida y de la actividad de la Iglesia ( Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium , 9 y 10; Líneas pastorales para la Nueva Evangelización , 52) y debe orientar e iniciar hacia la celebración parroquial y hacia el único altar en torno al obispo ( Introducción General al Diseño curricular jurisdiccional de enseñanza religiosa , pág. 40 y 47).

3) Renovación de las celebraciones

Además de la educación litúrgica, hace falta una renovación de las celebraciones . Una celebración bien hecha, educa para estar en la presencia del misterio de Dios.

Si la Eucaristía es el centro de la comunidad, en cierta manera es también su espejo. Una celebración imperfecta nos muestra un vivir imperfecto. La celebración debe llevar a cada fiel a percibir la riqueza de la vida comunitaria y, a la vez, orientar a la comunidad hacia la misión.

Se debe realizar un esfuerzo para hacer que la Misa dominical sea el momento fuerte en que la comunidad parroquial celebra la Pascua de Cristo, con plena y consciente participación. La Constitución del Concilio sobre la liturgia afirma: “ Florezca el sentido comunitario parroquial sobre todo en la celebración de la Misa dominical ” ( Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium , 42).

El espíritu festivo de la celebración dominical debe ser fácilmente percibido por los fieles. Es verdad que hay personas, quizás las más alejadas, que únicamente van a Misa un día cualquiera de la semana con motivo de un aniversario, de un cumpleaños o por otro compromiso familiar. Pero las celebraciones eucarísticas no pueden ser iguales durante los siete días de la semana. En este sentido hay que procurar introducir elementos diferenciantes, que rescaten la festividad dominical.

Por ejemplo, durante los días laborales, al ser menor el número de fieles, podría ser conveniente no repetir la antífona o estribillo después de cada estrofa del salmo responsorial, sino hacerlo únicamente al principio y final del salmo, dejando más amplitud para el silencio, la meditación personal y la contemplación.

Una consideración semejante ofrece el caso de la homilía: más breve o concisa los días de semana, orientada a subrayar o sostener la del domingo precedente. Con esta misma intención, los cantos y el silencio, según sean usados, son elementos pastoralmente significativos para destacar y reforzar la celebración de la Pascua dominical.

Se debe procurar que en las parroquias se celebre cada domingo una “Misa con niños” utilizándose las Plegarias Eucarísticas correspondientes. Es importante que los catequistas formen un Equipo de liturgia para ayudar a la preparación de esta Misa.

4) Los diversos servicios en la celebración litúrgica

Teniendo presente que la presidencia de la celebración litúrgica corresponde siempre al obispo o al presbítero, cada comunidad debe procurar tener todos los ministerios aptos y necesarios para ella y prepararlos convenientemente.

Entre los ministerios podemos mencionar:

Guía: con un guión bien preparado, debe ayudar a la asamblea a participar mejor de la celebración. Las moniciones no deben ser ocasión para dar avisos, sino que tienen la finalidad de introducir al misterio, a partir de la situación espiritual de la comunidad. Deben ser sobrias, sencillas y adaptadas a los textos bíblicos y al esquema litúrgico o rito, a los que sirven de introducción. No deben ser largas reflexiones, sino un camino de contemplación. El guía debe evitar en su actuación, acaparar la atención y eclipsar al que preside la celebración. En el rezo del Gloria, del Credo, del Padre Nuestro, etc. su voz no debe superponerse a la del sacerdote. El verdadero animador de la asamblea es el sacerdote que preside. El guía debe ubicarse en un lugar distinto del ambón (reservado privilegiadamente para la Palabra ) y fuera del presbiterio.

Animadores del canto y de la música: Les corresponde cuidar la debida ejecución de las partes que les son propias y favorecer la participación activa de los fieles en el canto. Conviene que haya un cantor para dirigir y sostener el canto del pueblo.

Los cantos deben ser elegidos y preparados convenientemente. Es importante enseñar a los responsables que sepan elegir los cantos apropiados a cada celebración. Se deben distinguir los cantos propiamente litúrgicos, de los que pueden servir para un encuentro, pero que no son litúrgicos.

Los cantos se deben seleccionar de acuerdo al tiempo litúrgico que se celebra: adviento, navidad, cuaresma, pascua, durante el año, etc. y, según las diversas partes de la celebración: cantos de entrada, ofertorio, comunión, salida, etc.

Acólito: está destinado al servicio del altar. Puede ser niño, jóven o adulto.

Lector: Cada comunidad debe tener a algunos miembros para cumplir este servicio. Deben estar capacitados para proclamar la Palabra delante del pueblo. Los lectores no pueden improvisarse. No se trata tanto de leer, sino de proclamar, de comunicar la Palabra , haciéndolo con claridad y conocimiento de lo que allí se lee. De allí la importancia de la dicción, de las pausas, del tono de la voz. Es necesario adiestrarse en el uso del micrófono. Por todo esto, el lector debe prepararse debidamente, tanto en lo técnico como en lo espiritual. En vista de cada celebración, hay que designar un lector con suficiente antelación para que pueda preparar el texto, leyéndolo previamente y aclarando dudas o dificultades. No es conveniente llamar de improviso a posibles lectores voluntarios. Tampoco se pueden usar folletos u hojas sueltas para proclamar el texto bíblico. Siempre se debe utilizar el Leccionario correspondiente.

Salmista: tiene como ministerio proclamar el Salmo interleccional que es una respuesta a la Palabra proclamada y ayudar a los fieles a que participen mediante la repetición de una antífona, intercalada entre estrofa y estrofa.

Ministro extraordinario de la comunión: Su función es distinta a la del acólito. Su tarea es llevar la comunión a los ancianos, discapacitados y enfermos en sus casas y distribuirla a los fieles durante la celebración de la Misa. El ministro extraordinario no debe hacerlo si el escaso número de quienes comulgan no constituye un motivo de necesidad y cuando el sacerdote y los eventuales concelebrantes permanecen inactivos. Al ejercer este ministerio se debe cuidar convenientemente la manera de vestir, de acuerdo a la dignidad del sacramento que se distribuye.

Servicio de la acogida: es importante que exista un equipo de laicos encargados de recibir a la gente que llega a la iglesia para participar de la Misa. Ellos pueden entregar, por ejemplo, la hoja de los cantos a los que van entrando.

Colectores: Se debe disponer un número suficiente de personas para realizar la colecta con prontitud, de acuerdo al número de los fieles presentes en la celebración.

Todas estas personas, que ejercen ministerios y funciones diferentes, deben ser debidamente formadas con cursos especiales. Además se los debe reunir periódicamente para revisar y mejorar sus servicios.

5) Algunas consideraciones especiales:

El Canto. El Apóstol exhorta a los fieles congregados para esperar la Venida del Señor a que canten todos juntos salmos, himnos y cánticos espirituales (cf. Col . 3,16). De ahí, que San Agustín diga con razón: “Cantar es propio del que ama”.

Por tanto en las celebraciones debe darse gran importancia al canto.

La liturgia de la Palabra debe celebrarse con los textos propuestos por el leccionario, de acuerdo al calendario litúrgico, y proclamados desde el ambón. Al final de la 1ª lectura, y de la segunda, si la hubiere, el lector dice: “Palabra de Dios” y los fieles responden: “Demos gracias a Dios”. Al finalizar la proclamación del Evangelio por el diácono o el sacerdote se dice: “Palabra del Señor” y la asamblea responde: “Gloria a ti, Señor Jesús”.

El salmo responsorial es parte integrante de la liturgia de la Palabra y no puede ser sustituido por otro canto. Se canta o se recita, normalmente desde el ambón, por un salmista o cantor, en lo posible distinto del Lector.

La Homilía Es de suma importancia el cuidado de la preparación de la Homilía , en que la Iglesia entrega a sus hijos el tesoro inapreciable de lo que el Señor nos dejó.

En la homilía se debe tener en cuenta las enormes riquezas del Leccionario, considerando que la celebración dominical es la única ocasión que la mayor parte de los fieles tiene de oír la Palabra de Dios y penetrar su mensaje.

La Oración de los Fieles es obligatoria en los domingos y fiestas de guardar. Se deben hacer súplicas por la Iglesia , por los gobernantes, por los que sufren cualquier necesidad, por todos los hombres y por la salvación del mundo entero ( Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium , 53).

La Iglesia es la gran orante y la intercesora ante el Padre por todos los hombres. En la liturgia ella manifiesta su fe en la comunión de los santos y su vocación universal. Por ello, conforme a la naturaleza eclesial del lenguaje litúrgico, se debe respetar que la oración de los fieles, u oración común, es una súplica dirigida al Padre pidiéndole beneficios universales. Los fieles, por su parte, al rezar en este momento por todos los hombres ejerciendo el sacerdocio real y bautismal, recogen, en cierta manera, los primeros frutos de la liturgia de la Palabra y se disponen a pasar mejor preparados a la liturgia de la Eucaristía.

La oración de los fieles no puede ser el momento ni para enseñar, hacer exhortaciones devotas o apostólicas ni menos para dar avisos. Después de una breve invitación a orar, formulada por el sacerdote que preside la celebración, el guía, un ministro, otra u otras personas, van proponiendo las intenciones, que no tienen que ser muchas, apropiadas al misterio del tiempo o del día y a la liturgia de la Palabra proclamada, adaptadas a la comunidad celebrante, redactadas con sapiente libertad, bien elegidas, que respondan al esquema básico fijado por el Concilio. El orden de las intenciones de ordinario será:

por las necesidades de la Iglesia (universal y local)

por los ministros ordenados (el Papa, el Arzobispo, los sacerdotes del presbiterio arquidiocesano y los diáconos; según la ocasión, las vocaciones).

por los gobernantes (locales, nacionales, y eventualmente, del mundo)

y por la salvación de todo el mundo (con diferentes intenciones o modalidades: la paz, la justicia, la solidaridad, las misiones, la difusión del Evangelio, el conocimiento de Cristo por aquellos que aún no lo conocen)

por los oprimidos por cualquier necesidad;

por la comunidad local y por los fieles, o grupos determinados de personas, que estén presentes en la celebración eucarística.

Sin embargo, en algunas celebraciones particulares, como Confirmación, Matrimonio, Exequias, Ejercicios o Retiros Espirituales, etc., el orden de las intenciones puede referirse peculiarmente a estas ocasiones.

El rito del Ofertorio: en cuanto sea posible, los dones deben ser presentados por los fieles al celebrante.

La colecta , signo de participación y de corresponsabilidad en la caridad, debe hacerse dentro de los límites del tiempo de los ritos del Ofertorio.

La Plegaria Eucarística es el momento central y culminante de toda la celebración. Por su naturaleza exige que se escuche con respeto y en silencio. Por lo tanto, la Plegaria Eucarística no debe ser distraída por otras oraciones, o cantos, o fondo musical.

La doxología con que acaba la Plegaria Eucarística la dice solamente el sacerdote. Se trata de una fórmula presidencial. La Asamblea rubrica y asiente con su Amén.

El rito de la comunión La comunión se entrega: “es un don del Señor que se ofrece a los fieles por medio del ministro autorizado para ello. No se admite que los fieles tomen por sí mismos el pan consagrado y el cáliz sagrado”.

La comunión se puede recibir en la boca o en la mano. Las dos maneras de comulgar pueden coexistir en la misma acción litúrgica. No se debe imponer a los fieles una u otra manera de recibir la comunión. Cada fiel tiene la libertad de recibir la comunión en la boca o en la mano, según su decisión o elección.

El rito de la comunión concluye con la Oración después de la Comunión.

Silencio. Se deben valorar y fomentar los espacios para el silencio interior. La adoración y el silencio interior no son secundarios a la celebración eucarística. Es importante respetar los momentos de silencio que son previstos en el ritual de la celebración: un tiempo adecuado de silencio para el rito penitencial, después de la homilía y de la comunión. Se deben educar los fieles para que aprendan a unir silencio-adoración-celebración.

Saludo final, a cargo del sacerdote que ha presidido la Eucaristía, después de la Bendición final. Normalmente no admite ningún otro saludo posterior, ni monición o exhortación por parte del Guía u otro ministro. Por tanto los avisos deben darse entre la Oración después de la Comunión y la Bendición final.