INICIO

HOMILÍAS

CARTAS PASTORALES

INSTRUCCIONES

REGLAMENTOS

DECRETOS

MENSAJES

RECURSOS

Ver Índice de la Carta Descargar Documento

Capítulo Octavo

La fe debe ser alimentada

1.La Palabra de Dios

Para profundizar en la fe hay que avivarla. Por eso la fe debe ser alimentada.

“Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente: “Creo, ayúdame porque tengo poca fe” Mc. 9,24; “Auméntanos la fe” (Lc. 17,5 ); debe actuar por la caridad (Gál. 5,6; Sant. 2,14-26), ser sostenida por la esperanza (Rom. 15,13) y estar enraizada en la fe de la Iglesia”[31].

La Palabra de Dios no sólo suscita la fe del creyente, sino que debe alimentar permanentemente esa misma fe. Y, por tanto, esa fe necesita de una permanente y constante apertura y escucha de la Palabra de Dios, ya que sólo el hombre que se alimenta con esta Palabra puede ir creciendo en el conocimiento de Dios y de su Plan de salvación.

Anunciar la Palabra es, ante todo, contemplarla. No es una palabra humana la que decimos: es la verdad de Cristo. Se necesita que primeramente tomemos posesión de ella, que vibre en nosotros, para luego comunicarla con fe y amor.
La fe que se nutre de la escucha y meditación de la Palabra de Dios, se expresa  necesariamente en una esperanza viva; es una fe que sabe mirar más allá de las cosas visibles, como dice San Pablo: “Porque no tenemos puesta la mirada en las cosas visibles, sino en las invisibles: lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno” (2 Cor. 4,18).

Una fe así es una fe que se llena de alegría aún en las pruebas. Santa Teresa del Niño Jesús en sus Escritos autobiográficos dice: “Me encuentro en un punto de mi existencia desde el cual puedo mirar el pasado; mi alma se ha madurado en las pruebas externas e internas. Ahora como un capullo reforzado por la tempestad, me reanimo de nuevo y veo que en mí se verificaron las palabras del Salmo: «El Señor es mi Pastor, nada me puede faltar» (Sal. 22)”.

Es con esta fe que el evangelizador debe misionar, es la fe señalada  por  San  Pedro:  “Así  la  fe  de  ustedes,  una  vez  puesta  a  prueba, será mucho  más  valiosa  que  el  oro  perecedero  purificado  por  el  fuego” (1 Ped. 1,7).

"Dios invisible habla a los hombres como amigos movido por su gran amor y trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía".

(Dei Verbum, 21)

Si nuestro Dios es el Dios que habla, a nosotros nos corresponde escuchar su Palabra. Escuchar su Palabra es abrirnos a ella de tal manera que sea creadora en nosotros. Es entrar en el gran ciclo de la fecundidad divina: “Así como la lluvia y la nieve descienden de los cielos y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, para que dé la semilla al sembrador y el pan al que come, así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril” (Is. 55,10-11).

La respuesta a esta invitación es la fe.

La Palabra suscita la fe: “Nosotros no cesamos de dar gracias a Dios, porque cuando recibieron la Palabra que predicamos, ustedes la aceptaron no como palabra humana,  sino como lo que es realmente, como Palabra de Dios que actúa en ustedes, los que creen” (1 Tes. 2,13).

La fe comienza por la audición y aceptación de la Palabra de Dios, como dice San Pablo: “La fe, por tanto nace de la predicación y la predicación se realiza en virtud de la Palabra de Cristo” (Rom. 10,17).

La fe nace y crece de la escucha abierta y cordial de la Palabra de Dios.

Santiago compara el poder de la Palabra con el poder de engendrar: “Él ha querido engendrarnos por la Palabra de verdad, para que seamos como las primicias de su creación” (Sant. 1,18).

Dios, por su Palabra, invita al hombre a una comunión de amistad; y el hombre, por la fe, responde a la llamada de Dios. La fe es el encuentro con el Dios personal en su Palabra.

El que recibe la Palabra de Cristo y permanece en ella, pasa de la condición de siervo a la de hijo y amigo (ver Gál. 4,4-6; Rom. 8,15); participa del conocimiento y del amor con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Por la fe en Cristo el hombre se inicia en los secretos del Padre, secretos que sólo conoce el Hijo que está en el seno del Padre (ver Jn. 1,18; Mt. 11,25-27).

"Es tan grande la fuerza y el poder que hay en la Palabra de Dios, que es sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de la fe para los hijos de la Iglesia, alimento del alma, fuente pura y permanente de vida espiritual".

(Dei Verbum, 21)

La lectura y meditación de la Palabra de Dios dará un nuevo impulso a  la  vida espiritual de los fieles. La profundidad de la vida de los fieles está en estrecha relación con la escucha de la Palabra de Dios. Una comunidad que se nutre de este alimento divino producirá abundantes frutos de santidad.

La Palabra de Dios no sólo suscita la fe del creyente y convoca a la Iglesia, sino que debe alimentar permanentemente esa misma fe. Y, por lo tanto, esa fe necesita de una permanente y constante apertura y escucha de la Palabra de Dios, ya que sólo el hombre que se alimenta con esta Palabra puede ir creciendo en el conocimiento del misterio de Dios y de su Plan de salvación.

Por eso debe ser un objetivo pastoral en nuestras comunidades ayudar a los fieles a alimentarse personalmente del pan de la Palabra de Dios, en la oración, en la meditación, en el conocimiento más profundo de la Sagrada Escritura.

La fe que hace capaz al bautizado de proclamar, con la vida y la palabra, el Evangelio de Cristo, crece con la escucha de la Palabra de Dios.

En el cristiano, ante todo, hay que subrayar su condición de discípulo. El ser discípulo es su condición fundamental. El discípulo, como María de Betania, es el que escucha la Palabra con docilidad, el que está abierto a la Palabra. La misma misión de la Iglesia se arriesgaría si no está fundamentada en cristianos que, con actitud de discípulos, reciben ellos, primeramente, la Palabra en sus corazones.
Es importante que, tanto la comunidad como cada fiel individualmente, tenga esa disposición esencial que es la “religiosa escucha de la Palabra de  Dios...  para  que  oyendo  crea,  creyendo  espere,  y  esperando ame” [32]

La Iglesia recomienda insistentemente a todos los fieles la lectura asidua de la Escritura para que aprendan “el sublime conocimiento de Jesucristo” (Fil. 3, 8), pues “ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”[33].

La Biblia, de hecho, habla de Cristo, contiene a Cristo, ella da testimonio de Cristo: “Ustedes examinan las Escrituras, porque en ellas piensan encontrar la Vida eterna: ellas dan testimonio de mí” (Jn. 5,39). De aquí la necesidad de la escucha profunda y frecuente de la Palabra de Dios. Si el conocimiento de Cristo es proporcional al conocimiento de la Biblia, se revela necesario un trato frecuente con la misma.

Si la ignorancia de la Escritura es ignorancia de Cristo, ¿cómo es posible que los fieles conozcan a Cristo, si no conocen personalmente la Escritura, si no la leen y la meditan?

La misión surge de la contemplación, de la escucha de la Palabra de Dios.

Pensemos en los discípulos de Emaús (Lc. 24,13-35).

El relato de los discípulos de Emaús nos muestra todo un proceso espiritual. Comienza con la atención contemplativa que dispone a la escucha, pasa por la proclamación de la Palabra y llega al conocimiento del Señor en la fracción del pan. El último momento será el de la apertura a la misión.

Este texto es un símbolo del camino que debemos recorrer en la Arquidiócesis, en cada una de nuestras comunidades  y el camino de cada uno de nosotros.

¿Qué cosa aconteció en sus corazones, después que el Señor partió el Pan? ¿Qué los empujó a correr a Jerusalén? ¿Qué fuerza interior los movió a dejar todos los otros proyectos y hacerse testigos del Resucitado?

Jesús entra en contacto con los discípulos de Emaús cansados y pesimistas, les aclara el panorama y les enciende una esperanza. Y ellos, profundamente cambiados, se convierten en testigos de un Cristo que han encontrado en el camino. Esa es también nuestra historia.

Cuando Jesús se pone a caminar junto a los discípulos, los encuentra tristes, pesimistas, derrotados, desilusionados. ¿Por qué?  Porque viven una crisis de fe. ¿Qué hace Jesús? Jesús les aviva la fe, los fortalece en su fe desde la Palabra de Dios.

Jesús ilumina sus vidas con la Palabra de Dios, les explica las Escrituras: “Comenzando por Moisés  y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las escrituras lo que se refería a él” (Lc. 24,27).

Entonces  comienzan  a  comprender  iluminados  por  la  Palabra de Dios.

Recordemos que los dos discípulos de Emaús en la explicación de la Escritura reencontraron el calor en el corazón, redescubrieron la razón de su esperanza y fueron envueltos por la alegría del encuentro con el Señor.

Lo que les ocurrió a estos discípulos es el camino que deben recorrer nuestras comunidades y todos los bautizados. El significado profundo que explica la carrera de los discípulos de vuelta a Jerusalén está en esta frase que nos trae el evangelio de Lucas: “¿No ardía acaso nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc. 24, 32). Jesús abrió sus corazones y los discípulos no pueden contener el ardor y sienten la necesidad de comunicárselo a los otros.

La fecundidad apostólica de una comunidad depende de la acción de la Palabra en sus miembros. Instruida por la escucha obediente a la Palabra, la Iglesia emprende la misión de anunciar el Evangelio a todos los hombres: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt. 28,19-20).

 

2. La Oración

Debemos redescubrir la oración como diálogo con el Padre, a partir de la meditación del Evangelio. Debemos examinar si nuestro comportamiento es conforme a las enseñanzas de Jesús. Pues si son contrarias a su Palabra nos convertimos en sarmientos separados de la vid.

"Recuerden que la oración debe acompañar la lectura de la Sagrada Escritura, para que se entable un diálogo entre Dios y el hombre, porque a él le hablamos cuando oramos, y a él oímos cuando leemos las divinas palabras"

(Dei Verbum, 25)

Éste es un texto fundamental del Concilio Vaticano II, que constituye todo un pilar de la acción pastoral y que todavía no se lo puso en práctica plenamente.

El Concilio nos habla de lectura acompañada de oración.  Nuestra pastoral debe dar prioridad a la familiaridad orante de cada fiel y  de cada comunidad con la Biblia.

Esta familiaridad de todos los cristianos con la Sagrada Escritura es la lectio divina.

La lectio divina entre los fieles es una gran esperanza para la renovación pastoral de nuestras comunidades.

¿Qué entendemos por lectio divina?
Es la oración que nace de la Biblia y se hace con la Biblia.

Se puede decir que la lectio divina es la lectura de una página bíblica que tiende a hacerse oración y a transformar la vida.

Debe ser algo común a todo fiel para llegar a ser un cristiano maduro en su fe, en medio de un mundo secularizado.

A través de la lectio divina, el cristiano debe preguntarse: ¿Cómo mi vida se convierte en Palabra de Dios, a la luz de esta definitiva Palabra de Dios, que es Cristo presente en la Escritura?

Es una lectura de la Palabra de Dios que lleva a acciones prácticas en la vida de cada día.

La lectio divina no es una lección de exégesis, es un estímulo para encontrarse personalmente con un texto bíblico, para dejarse interpelar y llegar a un encuentro con el Señor que me habla a través del texto. Es recorrer un camino espiritual en compañía de un texto bíblico, un camino que favorece ante todo un conocimiento del Señor. El fin de la lectio divina es formar hombres espirituales, hombres y mujeres que se dejan estimular por la Biblia para conocer al Señor que los llama en la actual circunstancia de sus vidas.

Por medio de la lectura del texto sagrado, el corazón se abre a la contemplación del obrar de Dios y, por tanto, a la conversión del pensamiento y de la vida. Así el cristiano vuelve a la escuela del Señor y se hace su discípulo.

El método de la lectio divina se despliega en cuatro momentos, a saber, la lectura, la meditación, la oración y la contemplación.

a) La lectura

Es el primer paso.
Es preguntarnos ¿qué dice el texto bíblico?

La Iglesia nos propone una lectio divina continua en el triple ciclo de las lecturas de la Misa dominical y en el doble ciclo de las lecturas diarias. La lectura no puede ser apresurada, sino que debe hacerse con calma, para permitir a la Palabra penetrar en el corazón, como la lluvia ligera que fecunda la tierra.

La vida actual nos impele a ser veloces, incluso para leer, una noticia sucede a la otra.

El ritmo de la “lectura”, en cambio, debe ser lento. A la “lectura”, le conviene el caminar meditativo, es un leer pausado. No tenemos que apresurarnos, lo que buscamos ya está aquí, no se trata de ir más allá, sino más adentro de cada palabra.

La primera ocupación es la comprensión literal del texto, es decir, el significado en sí del texto, sin implicaciones personales ni aplicaciones concretas.

Se trata de saber qué dice el texto en sí, en su estructura, en sus vocablos, en su contexto. Para ello tenemos que tener en cuenta el  género literario  del texto y su ubicación en el contexto.

Se trata de leer y releer el texto remarcando y poniendo de relieve los puntos principales del mismo: las acciones, los verbos, las personas, los sentimientos, los ambientes.

El examen cuidadoso de todo esto nos da un conocimiento sorprendente del texto por la multiplicidad de cosas que se pueden descubrir.

b) La meditación

Es preguntarnos, ¿Qué cosa me dice el texto a mí?

Si en la lectura se busca qué dice el texto en sí mismo, ahora en la “meditación” buscamos lo que el texto me dice a mí.

En este momento reflexionamos sobre cuáles valores están detrás de la acción, de las palabras, de los sentimientos. Se trata de descubrir el valor central, el mensaje específico del texto.

¿Qué cosa me dice el texto? ¿Cuál es el mensaje, el mensaje permanente referido también al hoy de mi vida?

La meditación se hace con la mente y también con el afecto, porque frecuentemente los valores son ricos en sentimientos. Por ejemplo, preguntamos, ¿qué valores expresa Jesús en este texto con su modo de obrar? ¿Y qué puedo hacer para que sean míos?

El tema de la meditación es la Palabra que se me dirige. Es el momento de dejar la lectura y permitir que la Palabra me hable.

Ya no es tiempo de leer, sino de escuchar. Acogiendo la Palabra, recibo mi llamada.

Debemos preguntarnos: “¿No ardía nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino explicándonos las Escrituras?”

c) La oración

Es responder, ¿Qué cosa le digo a Jesús que me habla así? ¿Qué cosa le pido o qué cosa le ofrezco?

El mensaje suscita espontáneamente una respuesta. La oración consiste en hablar a Dios a partir del texto, del mensaje. ¿Qué cosa le digo a Dios?

Ya no se desea saber lo qué dice el texto, ni lo que me dice a mí, sino se trata de responder al  llamado, se comenzará a rezar.

Los valores que son descubiertos en la meditación, ahora son objeto de alabanza, de acción de gracias, de perdón, de petición.

Tú oración, nos dice San Agustín, es una locución con Dios; cuando oras hablas tú, cuando lees, te habla Dios”.

La oración, la oración viva, brota del contacto con la Palabra. Cuando la “lectura” me dio la Palabra, cuando la “meditación” acoge al Verbo, el mismo Espíritu suscita la respuesta, la respuesta de la fe que se hace oración: de acción de gracias, o de alabanza, o de pedido de perdón, o de impetración.

Este es el momento en que el texto es gustado, captado como por asimilación.

Ahora la Palabra de Dios nos nutre. El texto se convierte en fuente de gozo, auténtica oración, porque el mismo Espíritu de Dios que ha inspirado el texto, ora en nosotros, que nos dirigimos al Padre con Jesús.

La oración nos pone en sintonía con los valores evangélicos. Es el gusto interior de estar con Cristo, de ser como él. Las grandes opciones de Cristo, su abandono en las manos del Padre, su entrega a los hombres, se convierten en valores y opciones para nosotros.

d) La contemplación

La contemplación es un ir más allá del texto particular, es un recoger toda la historia de la salvación. Es el momento de contemplar el misterio de Cristo, de la profundidad de Dios que se manifiesta en la palabra del texto. A través de un texto, que es un trozo de las vestiduras de Cristo, se toca su persona  recibiendo la fuerza que de Él emana.

La contemplación va más allá de un texto particular para tocar la persona de Jesús, que está presente en cada página de la Escritura. A esta altura la oración se hace alabanza, silencio delante de Aquel que me habla, que se presenta como amigo, como médico, como Salvador.

San Bernardo dice: “Bienaventurada el alma que percibe en silencio las pequeñas pulsaciones del murmullo divino y repite frecuentemente con Samuel: «Habla Señor, que tu siervo escucha»”.

Así la lectio divina es una actividad hecha de diversos momentos. Comienza por la lectura de un texto bíblico, pasa a reflexionar en la meditación, se hace oración y finalmente alcanza a contemplar a Cristo o el misterio de Dios presente en la Palabra escuchada.

_______________________

[31] Catecismo de la Iglesia Católica, 162.
[32] Ver Dei Verbum 1.
[33] San Jerónimo, citado en Dei Verbum, 25.