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CONCLUSIÓN

 

La fe debe ser la luz que ilumina toda la vida del cristiano. La vida entera del cristiano tiene que ser un itinerario de fe.

La fe no es sólo adhesión de la inteligencia a las verdades reveladas, sino que implica toda una visión del mundo y de la vida desde el punto de vista de Dios.

Esto significa que no debo separar lo que es verdad de fe, de lo que es espíritu de fe que me permite mirar con visión sobrenatural todo lo que me rodea.

Si no se tiene ese espíritu de fe, esa visión sobrenatural de todas las cosas, se comprende muy poco de la vida cristiana. Entonces comenzamos a juzgar hasta las cosas divinas desde un punto de vista exclusivamente humano.

Cuando pierde de vista la luz de la fe, el cristiano se extravía en consideraciones y protestas puramente humanas o en descorazonamientos semejantes a los de quien no tiene fe. Mientras la luz de la fe no penetre en el creyente, hasta hacer que lo vea todo en relación con Dios y en dependencia de Él, no se podrá decir que la fe ilumina toda su vida.

Abrahán, que en circunstancias oscuras y extremadamente difíciles creyó en Dios sin dudar, mereció por su fe ser llamado “amigo de Dios” (Sant. 2,23).

En relación con el prójimo, en una visión puramente humana, las personas a las que me acerco son lo que son; pero en una visión cristiana, de fe, esas personas son para mí otros tantos miembros del Cuerpo Místico de Cristo. En ellas veo a Jesús.

Otro aspecto del espíritu de fe es ver la voluntad de Dios en las circunstancias dispuestas por la Providencia.

El cristiano debe considerar a la luz de la fe todas las circunstancias de su vida, acostumbrándose a ver en ellas las indicaciones de la voluntad de Dios.

Con la fe todo se ilumina y hasta lo negativo, humanamente, adquiere valor. La fe nos hace ver la realidad según la lógica del Evangelio, tan distinta y tan desconcertante, a veces, para nuestra lógica humana.

El espíritu de fe debe crecer en nosotros. Cada vez más deberíamos aprender a ver las cosas con la mirada de Dios. Este espíritu de fe se adquiere con la oración.

Nos debe iluminar el espíritu de fe. La fe nos hace pasar más allá de las vicisitudes terrenas y ver la mano de Dios que ordena y guía todas las cosas para la santificación de sus elegidos: “Todos los fieles cristianos, nos dice el Concilio Vaticano II, en cualquier condición de vida... se podrán santificar de día en día con tal de recibirlo todo con fe de la mano del Padre celestial”[34].

El justo vive su fe no sólo para sí sino también para los demás: “Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo” (Mt. 5,15-16).

Testimoniar la fe con obras: tal es el deber fundamental de todo creyente.

La fe no es tanto algo que se recibe o se configura en un determinado momento de la existencia y se tiene de por vida, sino más bien es un camino que se recorre a lo largo de toda la vida.

Que la Santísima Virgen María, la mujer de fe, “Feliz de ti por haber creído” (Lc. 1,45), sea la educadora de nuestra fe.

A todos los saludos y los bendigo en el nombre del Señor.


                   
Mons. Luis H. Villalba
Arzobispo de Tucumán

San Miguel de Tucumán, 6 de febrero de 2008, Miércoles de Ceniza.

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[34] Lumen Gentium, 41.