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Carta Pastoral "La Oración"
Capítulo Octavo: La oración de la Virgen María
La Virgen María, modelo de oración
La Virgen es modelo de oración para todos nosotros. Dios nos ha dado en la Santísima Virgen un ejemplo de oración admirable.
María tuvo una vida interior. Para penetrar en el sentido del corazón de la Virgen hay que invocarla.
El silencio de María es la oración más elocuente que todas sus palabras.
Dos veces afirma San Lucas en su Evangelio que María guardaba en su corazón el secreto de su relación con Dios.
Primero, cuando los pastores refieren lo que han visto con admiración: “Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc. 2,19).
Luego, cuando Jesús, todavía niño, habla en el Templo: “Su madre conservaba estas cosas en su corazón” (Lc. 2,51).
La Virgen meditaba en su corazón. María calla para escuchar la Palabra de Dios. Por eso no dijo más que una sola palabra: “Que se cumpla en mí lo que has dicho” (Lc. 1,38).
Pidamos que María nos enseñe a orar, amando la contemplación de este silencio para conducirnos a la verdadera conversión del corazón.
1. María reza en la Anunciación
La Virgen esperó en oración la venida de Cristo.
Antes de la Encarnación, la Virgen coopera con el designio del Padre para la concepción de Cristo. La Virgen es saludada por el ángel, por mandato de Dios como “llena de gracia” (ver Lc. 1,28) y ella responde al mensajero celestial: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho” (Lc. 1,38). Así María, aceptando la Palabra divina, fue hecha Madre de Jesús y se consagró totalmente a la obra de su Hijo.
2. María reza en la Visitación
María reza cuando visita a su prima Isabel:
“Mi alma canta la grandeza del Señor,
y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador,
porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora.
En adelante todas las generaciones me llamarán feliz,
porque el Todopoderosos ha hecho en mí grandes cosas:
¡su Nombre es santo!” (Lc. 1, 46-49).
El Magníficat es el canto de acción de gracias. María ve lo que Dios hace en ella y reconoce que todo es obra de Dios.
3. María reza en Caná
El Evangelio nos revela cómo María ora e intercede en Caná. La Madre de Jesús ruega a su hijo en el banquete de bodas:
“Y como faltaba vino, la Madre de Jesús le dijo «No tienen vino»…Pero su madre dijo a los sirvientes: «Hagan todo lo que él les diga»” (Jn. 2,1-12).
4. María reza al pie de la cruz
En la cruz la Virgen se condolió con Jesús y se asoció a su sacrificio. María compartió la pasión del Señor. Es la Virgen dolorosa que estuvo al pie de la cruz de su Hijo, crucificado y moribundo:
“Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena” (Jn. 19,25)
5. María reza en Pentecostés
La Virgen en el Cenáculo reza con los Apóstoles cuando nace la Iglesia:
“Todos ellos, íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hech. 1,14).
6. María reza en el cielo por nosotros
María desde el cielo, por su amor maternal, cuida de cada uno de nosotros que somos los hermanos de su Hijo, que peregrinamos en este mundo. Ella intercede para que el Evangelio penetre y transforme cada vez más nuestras vidas.
La Constitución sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II afirma: “Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia… Pues una vez asunta a los cielos, no dejó esta misión salvadora, sino que continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión, los dones de la salvación eterna. Por su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean conducidos a la patria feliz” [9].
Después de la Ascensión de su Hijo, la Virgen María ayudó con su oración a los comienzos de la Iglesia. Incluso tras su Asunción al cielo, ella continúa intercediendo por sus hijos, siendo para todos un modelo de fe y de caridad… Los fieles… la invocan como abogada, auxiliadora, socorro y mediadora. Catecismo de la Iglesia Católica. Compendio, 197. |
Notas
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[9] Lumen Gentium, 62.