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Introducción
1. La oración y la vida cristiana
Esta Carta está dedicada a la oración. Queremos hablar sobre la oración. Sobre su importancia y necesidad. Sobre el espíritu de oración, que nos une más íntimamente con el Señor.
Fiel a las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo, la Iglesia ha inculcado siempre el valor de la oración dentro de la vida cristiana y ha exhortado a ella como algo necesario y fundamental.
Para vivir la vida cristiana hace falta la oración. Oración y vida cristiana son inseparables: “Ora continuamente el que une la oración a las obras y las obras a la oración” (Orígenes).
La oración, dice Santa Teresa, es insustituible, y no hay solución para la falta de oración. El consejo para el que no reza es que rece. No hay otro sustituto.
Jesús oraba
Jesús trabajaba mucho. Pero Jesús rezaba mucho.
Lo mismo hace la Iglesia. El Concilio Vaticano II nos dice que ella “ora y trabaja para que la totalidad del mundo se incorpore al Pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu Santo y, en Cristo, Cabeza de todos, se rinda todo honor y gloria al Creador y Padre universal”[1].
Lo mismo debemos hacer los discípulos del Señor.
Cuando el Papa nos visitó nos dijo: “Sed hombre y mujeres de oración. Preparad en la intimidad con el Señor, el encuentro salvador con los hombres. En la oración filial, el cristiano tiene la posibilidad de entablar un diálogo con Dios Uno y Trino... para poder después anunciarlo a los hermanos...Dedicad, por tanto, todos los días algún tiempo de vuestra jornada a conversar con Dios, como prueba sincera de que lo amáis, pues el amor siempre busca la cercanía del ser amado. Por eso, la oración debe ir antes de todo; quien no lo entienda así, quien no lo practique, no puede excusarse en la falta de tiempo: lo que le falta es amor” [2].
Nos encontramos frente a dos realidades con respecto a la oración.
Por una parte, mucha gente ya no reza, no sabe rezar. Antes se dedicaban algunos instantes del día para elevar una oración. Se rezaba al comenzar el día y al terminar la jornada. Los padres enseñaban a rezar a sus hijos desde pequeños. Hoy el mundo moderno no da lugar a la oración. Para quienes la realidad es únicamente la del orden sensible, material, no hay lugar para Dios.
Pero, por otro lado, renace la necesidad de orar. Hay una vuelta a la oración. Se tiene hambre de Dios. Los grupos de oración son hoy uno de los signos de la renovación de la oración en nuestras comunidades. Existen varias asociaciones y movimientos, entre nosotros, que dan prioridad a la oración.
Jesús, maestro de oración
“Señor, enséñanos a orar” (Lc. 11,1), es el grito de mucha gente.
Jesús será siempre al Maestro de la oración. Él habló mucho de la oración y, sobre todo, nos enseñó con el ejemplo de su vida. Jesús vivió una vida de oración, en medio de las ocupaciones y vicisitudes, a menudo agobiantes, de toda su vida. Pero, por encima de todo, Jesús es el Maestro de nuestra oración, porque sólo Él puede poner en nuestro corazón, en nuestra inteligencia, en nuestra memoria, el verdadero espíritu de la oración. Nadie sabrá orar mientras Jesús no se lo haya enseñado en lo profundo de su alma.
El Papa Juan Pablo II en el documento Novo Millennio Ineunte después de hablar de la santidad nos dice: “Para esta pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración”. Y el Papa agrega que rezar no “es algo que pueda darse por supuesto. Es preciso aprender a orar… Si, queridos hermanos y hermanas, nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas «escuelas de oración»… Hace falta que la educación en la oración se convierta de alguna manera en un punto determinante de toda programación pastoral” [3].
La parroquia, casa de Dios, tiene que ser lugar de oración: “Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hech. 2,42).
Nuestras comunidades deben fomentar la vida de oración, tanto personal como comunitaria, intensificando la catequesis de la oración.
La parroquia debe educar a sus fieles en la oración personal, en la comunitaria y en la oración litúrgica, y a vivir esa suerte de circulación que existe entre ellas.
Asimismo los responsables de la educación cristiana deben incluir en sus programas de formación elementos que contribuyan al aprendizaje de la oración en la vida diaria.
Las comunidades -parroquia, capilla, colegio- deben multiplicar las jornadas de oración, los encuentros de oración, los retiros espirituales y ponerlos al alcance del mayor número de personas posibles: jóvenes, adultos, matrimonios.
Sabemos que la evangelización está destinada a suscitar y a acrecentar la fe y que la fe se expresa y se alimenta, principalmente, en la oración, como respuesta del hombre a la Palabra de Dios.
La oración no nos aparta de nuestras obligaciones, ni de nuestros compromisos con el prójimo. Al contrario, la oración abre nuestro corazón a Dios y por lo mismo abre nuestro corazón a los hermanos, a sus necesidades. La oración nos hace capaces y nos compromete a trabajar por una sociedad mejor, más justa y fraterna.
La oración nos despierta el sentido de Dios, el sentido de eternidad, que es necesario para que las cosas de la tierra alcancen su verdadera dimensión.
La oración nos fortalece. La flojedad, la debilidad en nosotros se da cuando descuidamos la oración. El contacto con el Padre en la oración nos fortalece.
2. Destinatarios y uso de esta Carta
En primer lugar, los destinatarios de esta Carta sobre la oración son los agentes de pastoral y los fieles practicantes.
Deseo que sea un instrumento de reflexión y de diálogo, un medio para progresar en la experiencia de oración y en el compromiso de cada uno como discípulo y misionero de la Nueva Evangelización.
Además, les propongo algunas indicaciones sobre el modo de utilizar esta Carta:
- Pido a los Párrocos, a los Superiores y Superioras de comunidades de vida consagrada, a los Directivos de los Institutos Educativos católicos, a los Responsables arquidiocesanos de las Instituciones, Movimientos y Áreas Pastorales, etc. que arbitren todos los medios posibles para que esta Carta llegue a sus destinatarios.
- Les ruego que el Primer Domingo de Cuaresma se reparta a los fieles a la salida de todas las Misas de las parroquias, capillas e iglesias.
Es importante trabajar esta Carta comunitariamente.
- Los sacerdotes dedicarán algún tiempo de las reuniones del Clero en Belén para reflexionar sobre los temas de la misma.
- Las consagradas pueden hacerlo en sus comunidades y en algún encuentro con todas las religiosas de la Arquidiócesis.
- En las parroquias y capillas se reflexionará sobre esta Carta en las reuniones ordinarias de los diversos grupos, por ej., de catequistas, Cáritas, de la pastoral de la salud, jóvenes, matrimonios, ministros extraordinarios de la comunión, de la Acción Católica, Liga de Madres, Movimiento Familiar Cristiano, Encuentro Matrimonial, Cursillos de Cristiandad, etc.
- Los miembros de instituciones, movimientos, asociaciones, etc. podrán dedicar algún momento de sus reuniones ordinarias para profundizar el contenido de esta carta.
- En los Establecimientos educativos la reflexión se hará dentro de la enseñanza religiosa escolar y en los distintos encuentros catequísticos.
- En los Establecimientos católicos se realizará en los diferentes estamentos de cada institución: docentes, administrativos, auxiliares, padres de alumnos, exalumnos, etc., y se procurará integrar el contenido de esta Carta en la programación de cada uno de los espacios curriculares.
Metodología de trabajo
Este material está preparado para ser desarrollado en ocho reuniones a lo largo del año.
| Marzo: | Introducción y Cap. I: La oración. |
| Abril: | Cap. II: La oración tiene que estar arraigada en la fe. |
| Mayo: | Cap. III: Jesús es Maestro de oración con su ejemplo y con su enseñanza. |
| Junio: | Cap. IV: Orar es pedir al Padre en el nombre de Jesús. |
| Julio: | Cap. V: La oración apostólica. |
| Agosto: | Cap. VI: La oración del cristiano. |
| Septiembre: | Cap. VII: Orar con la Biblia. |
| Octubre: | Cap. VIII: La oración de la Virgen María – Conclusión. |
Para cada uno de los ocho temas sugiero seguir los siguientes pasos:
- El estilo de cada Encuentro debe ser el de una reunión de oración.
- Hay que disponerse a la escucha con una actitud de recogimiento.
- Se comienza con una oración comunitaria.
- Se lee la palabra del Arzobispo, de acuerdo al capítulo correspondiente.
- Se leen los textos bíblicos citados.
- Se comenta y reflexiona entre todos. Lo importante es dialogar con sinceridad y fraternidad.
- Se termina con una oración.
Esta carta se deberá adaptar a los diferentes destinatarios.
Los destinatarios son diferentes. Estas diversidades se dan en las edades, en los niveles de formación, en la madurez espiritual, en el compromiso eclesial, etc.
Por esta razón se hace necesario adaptar el contenido de esta Carta Pastoral a cada Comunidad y a cada grupo en particular. Este trabajo de mediación entre la Carta y los destinatarios concretos es imprescindible.
En la Parroquia, esta tarea deberá hacerla el Párroco, con la colaboración del Consejo Pastoral y, especialmente, de los catequistas.
En los establecimientos educativos, esta labor deberá realizarla el Equipo o Departamento de docentes de religión.
Por último los animadores, coordinadores o catequistas de cada grupo, darán la forma final concreta a esta propuesta de trabajo. Por lo mismo exige, de parte de ellos, una preparación previa donde estudien y recen el contenido, y planifiquen el encuentro catequísitico.
Notas
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