INICIO

HOMILÍAS

CARTAS PASTORALES

INSTRUCCIONES

REGLAMENTOS

DECRETOS

MENSAJES

RECURSOS

Ver Índice de la Carta Descargar Documento

Capítulo  Segundo

Hacia un modelo de pastoral renovada:
CRUZAR A LA OTRA ORILLA” 

“Al atardecer de ese mismo día, les dijo: «Crucemos a la otra orilla». Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya. Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal. Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?». Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!». El viento se aplacó y sobrevino una gran calma. Después les dijo: «¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tiene fe?». Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?». Llegaron  a la otra orilla del mar, a la región de los gerasenos. Apenas Jesús desembarcó, le salió al encuentro desde el cementerio un hombre poseído por un espíritu impuro. El habitaba en los sepulcros, y nadie podía sujetarlo, ni siquiera con cadenas. Muchas veces lo habían atado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozados los grillos y nadie podía dominarlo. Día y noche, vagaba entre los sepulcros y por la montaña, dando alaridos e hiriéndose con piedras.

Al ver de lejos a Jesús, vino corriendo a postrarse ante él, gritando con fuerza: «¿Qué quieres de mí, Jesús, Hijo de Dios, el Altísimo? ¡Te conjuro por Dios, no me atormentes!». Porque Jesús le había dicho: «¡Sal de este hombre, espíritu impuro!». Después le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?». El respondió: «Mi nombre es Legión, porque somos mucho». Y le rogaba con insistencia que no lo expulsara de aquella región.

Había allí una gran piara de cerdos que estaban paciendo en la montaña. Los espíritus impuros suplicaron a Jesús: «Envíanos a los cerdos, para que entremos en ellos». Él se lo permitió. Entonces los espíritu impuros salieron de aquel hombre, entraron en los cerdos, y desde lo alto del acantilado, toda la piara –unos dos mil animales- se precipitó al mar y se ahogó.

Los cuidadores huyeron y difundieron la noticia en la ciudad y en los poblados. La gente fue a ver qué había sucedido. Cuando llegaron a donde estaba Jesús, vieron sentado, vestido y en su sano juicio, al que había estado poseído por aquella Legión, y se llenaron de temor. Los testigos del hecho les contaron lo que había sucedido con el endemoniado y con los cerdos. Entonces empezaron a pedir a Jesús que se alejara de su territorio.

En el momento de embarcarse, el hombre que había estado endemoniado, le pidió que lo dejara quedarse con él. Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: «Vete a tu casa con tu familia, y anúnciales todo lo que el Señor hizo contigo al compadecerse de ti». El hombre se fue y comenzó a proclamar por la región de la Decápolis lo que Jesús había hecho por él, y todos quedaban admirados” (Mc. 4,35-5,20).

 

1. Contexto 

a) La ciudad de Jesús

Jesús, después de pasar cuarenta días en el desierto, comienza su ministerio público. Enterado de que Juan el Bautista había sido arrestado, se retira a Galilea (ver Mt. 4,12).

Nos situamos en Galilea. Jesús cambia su medio familiar y comienza a recorrer las ciudades anunciando la llegada del Reino.

Allí va proclamando el Evangelio por toda la región, obrando milagros y llamando a los discípulos.

Muchas de las escenas de la vida de Jesús están relacionadas con esta región.

Galilea es el lugar donde Jesús enseñó, hizo caminar al paralítico, le dio la vista al ciego, multiplicó los panes, calmó la tempestad en el lago.

Jesús eligió a Cafarnaún como lugar de residencia. “Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún”, dice el Evangelio (Mt. 4,13). Y desde ese momento Cafarnaún sería su ciudad, como dice Mateo: “Y regresó a su ciudad” (Mt. 9,1), refiriéndose a Cafarnaún.

Cafarnaún era una ciudad bastante populosa y situada en el centro de la región. Desde allí recorría toda la Galilea.

A los pies de la ciudad se extendía el lago de Galilea, llamado también de Tiberíades. Está rodeado de montes por todos lados, salvo para dejar entrar al río Jordán, que sale por el extremo opuesto. Muchas de las ciudades que recorría Jesús están sobre este lago.

 

b) La casa de Jesús

Jesús en Cafarnaún tenía su casa. La referencia a la casa se encuentra por primera vez en Mc. 2,1: “Unos días después, Jesús volvió a Cafarnaún y se difundió la noticia de que estaba en la casa. Luego, en Mc. 2,15, se dice: “Mientras Jesús estaba comiendo en su casa, muchos publicanos y pecadores se sentaron a comer con él y sus discípulos, porque eran muchos los que lo seguían”. En Mc. 3,20 leemos que “Jesús regresó a la casa, y de nuevo se juntó tanta gente que ni siquiera podían comer”. Por Mc. 7,17 sabemos que “Cuando se apartó de la multitud y entró en la casa, sus discípulos le preguntaron por el sentido” de una parábola. Finalmente, en Mc. 9,28 está escrito que “Cuando entró a la casa y quedaron solos, los discípulos le preguntaron: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?»”.

Los evangelistas utilizan “la casa” como figura de realidades comunitarias. La casa no es sólo el edificio, sino más bien la familia, las relaciones humanas que existen dentro de la casa. La podríamos llamar la casa-hogar. En Marcos “casa” designa un lugar en cuanto está habitado por una comunidad.

Entonces la casa de Jesús es un lugar donde conviven los discípulos. Los ocupantes de la “casa” además de Jesús son los Doce-los discípulos. La “casa” es el lugar de los discípulos. Allí comen con Jesús, allí son instruidos por Jesús. La casa representa a la comunidad: allí come con publicanos y pecadores. La gente conoce la casa: “se juntó tanta gente que ni siquiera podían comer” (Mc. 3,20).

 

2. Texto

Ahora Jesús deja su ciudad, Cafarnaún, deja su “casa”, su “hogar” y sube a la barca y se lanza al mar.

La barca, en los evangelios, expresa otro espacio habitado por una comunidad humana. La barca encierra un grupo humano.


A diferencia de “la casa”, que es estática, “la barca” es dinámica, connota un desplazamiento, en ella se viaja. La barca es inseguridad, se mueve.

La travesía termina en territorio fuera de Galilea, en Gerasa (ver Mc. 5,1), que es un territorio pagano. Es una figura orientada a la misión universal.

Al lago de Tiberíades se lo llama también con el término “mar”.

De hecho, el mar/lago de Galilea o de Tiberíades separaba a Galilea de los pueblos paganos de la Decápolis que ocupaban su orilla oriental.

El “mar” es puente hacia el mundo pagano. La retirada de Jesús con sus discípulos en dirección al mar señala que la misión ha de extenderse al mundo entero (ver Mc. 13,10).

El mar, también, simboliza el peligro, la amenaza, la inseguridad: “Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua” (Mc. 4,37). Todo hombre experimenta ante el mar la sensación de un poder formidable, imposible de domar, amenazador.

Al llegar a la otra orilla del mar, en Gerasa, Jesús cura al hombre poseído por un espíritu impuro.

La curación del poseso es signo de la llegada del Reino. Jesús es el enviado de Dios que trae al mundo la salvación. El poder del maligno es grande, pero tiene que retroceder ante Jesús.

El hombre sanado expresa su deseo de permanecer con Jesús; pero Jesús lo rechaza enviándole a sus familiares; a ellos deberá contarles lo que el Señor ha hecho con él y cómo le ha mostrado su misericordia. El hombre no se contenta con ese encargo, sino que proclama por la Decápolis, es decir, por toda la región, lo que Jesús ha hecho con él y todos quedan admirados (ver Mc. 5,20).

 

3. Comentario

Es interesante meditar este texto evangélico.

Jesús estaba en “su ciudad” (Cafarnaún) y en “su casa”, lugar familiar, tranquilo, seguro, conocido y decide “cruzar a la otra orilla”.

“Cruzar a la otra orilla” es dejar la seguridad de la costa. Es subirse a la barca que siempre es insegura. Es enfrentarse con el peligro y las amenazas del mar.

“Cruzar a la otra orilla” es ir a otro territorio, a gente pagana.

La razón de esta travesía es la salvación de todos los hombres: “Vayan, entonces, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt. 28,19-20).

A este compromiso de anunciar el Evangelio a todos los hombres están llamados todos los bautizados. El deber misionero nace de la misma fe.

La parroquia es insustituible. Pero, para ser fieles al evangelio de Marcos, debe renovarse.
El secreto para renovar la parroquia está en retomar su camino misionero: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación” (Mc. 16,15).

Necesitamos parroquias en permanente estado de misión.

El Documento de Aparecida nos habla de “conversión pastoral y renovación misionera de las comunidades” (ver nº 365). Y explicita que la conversión pastoral de nuestras comunidades exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera.

Aparecida quiere iluminar y estimular a las comunidades parroquiales a una transformación: el paso de un tipo tradicional de parroquia, que se limita a responder a la demanda de los que acuden, a otro tipo de parroquia, que se convierte en comunidad anunciadora y testigo del Evangelio.

Esto cuesta, provoca resistencias. Es poner en práctica el estilo pastoral que acabamos de ver en Jesús.

Conversión pastoral es dejar nuestra casa, nuestro grupo, lo conocido, nuestra seguridad, y decidirnos a “cruzar a la otra orilla”. Es subirse a la barca, que es siempre insegura; es enfrentarse con las amenazas del mar y es adentrarnos en otro territorio en búsqueda de otra gente. Ciertamente no se trata de paganos, pero sí de cristianos alejados de la Iglesia, que no se sienten Iglesia. Necesitamos salir a buscarlos y proponerles a Jesús.

No podemos quedarnos conformes y seguir haciendo lo que siempre hicimos. Debemos preguntarnos si Dios no nos está pidiendo abrir nuevos caminos pastorales. En este sentido, una simple “pastoral de conservación” no alcanza.

Se trata de que la parroquia, además de alimentar la vida cristiana de los fieles, que ciertamente debe hacerlo, debe evangelizar a las personas y a los sectores alejados de la fe y de la práctica cristiana.

Esto significa que la comunidad parroquial no puede permanecer replegada sobre sí misma, sino que debe abrirse a todos los habitantes de su territorio y salir a buscar a sus hermanos que se han alejado.

Pero esta acción no se puede considerar como una “parte” de la pastoral, una de las muchas cosas que hay que hacer; se trata, más bien, de un objetivo que afecta y condiciona la vida entera de la comunidad en todas sus tareas. Dicho de otro modo: la pastoral parroquial debe enfocarse en todos los sectores y en todas las acciones desde la perspectiva de la evangelización misionera.

Se necesita el coraje de Cristo para “cruzar a la otra orilla”. ¿Cómo no pensar en tantas personas que habiendo recibido el Bautismo no comparten con nosotros el compromiso y la alegría de la vida eclesial y de la “practica de la fe?

Hay que seguir sembrando la Palabra y ofrecerla a todos.

La Iglesia nos está llamando a que asumamos con “un dinamismo nuevo” nuestra responsabilidad con el Evangelio y con la humanidad. Se nos está pidiendo que nos dispongamos a la evangelización. No podemos permanecer encerrados en nuestras comunidades. Se nos está pidiendo echar una mirada sobre el vasto mar del mundo a fin de que todo hombre encuentre a Jesucristo, como el sanado de Gerasa.

Por tanto, la misión de la parroquia no puede reducirse a mantener la fe de los practicantes y acompañarlos en su vida cristiana. La parroquia debe plantearse decididamente como comunidad misionera. Esto supone que debe actuar para despertar la fe adormecida y ayudar a madurarla después como adhesión personal, libre y gozosa a Jesucristo.

Hoy, la Iglesia necesita hacer un esfuerzo importante para presentar la fe cristiana de un modo atrayente. Para ello hay que revitalizar la propia comunidad cristiana renovando actitudes, y purificando las estructuras caducas. Y, además, hay que descubrir los caminos más aptos para comunicar la Buena Noticia.

Renovarse para evangelizar mejor: esto es lo que el Espíritu dice hoy a la Iglesia.

 

Para reflexionar

Debemos preguntarnos con mucha humildad: