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Capítulo Quinto:
Alentar un estilo misionero en la pastoral orgánica

Debemos renovar nuestro estilo evangelizador. Para ello vamos a meditar el estilo pastoral de Jesús.

El estilo pastoral de los discípulos del Señor debe reflejar el de Jesús.

El estilo pastoral de Jesús

a) Partir de la vida de la gente

La evangelización debe tener en cuenta las cuestiones que plantea el interlocutor, debe llegar a su vida concreta.

Cristo es Maestro y tiene su pedagogía. Se acerca a la gente, la escucha y le da la verdadera respuesta (ver, por el ejemplo, el encuentro con los discípulos de Emaús; con Zaqueo; con la Samaritana, etc.).

El hombre tiene deseos: el deseo de salud, el deseo de saciar su sed de amor, el deseo de perdón en los pecadores, el deseo de comunión fraterna, el deseo de paz, etc. La evangelización debe responder a las aspiraciones, anhelos y búsquedas más profundas del hombre, pero el hombre no alcanza esas metas por sí solo.

Cristo es el único que puede dar respuesta total a esas aspiraciones, anhelos y búsquedas. Dicho de otra manera, el hombre solo no alcanza la salud, la plenitud del amor, el perdón de sus pecados, la fraternidad, la paz.

Esas metas se alcanzan gracias a la obra salvadora de Cristo. Se responde al anhelo de comunión y fraternidad mostrando que sólo Cristo lo hace posible. Entonces el encuentro con Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, debe experimentarse como un encuentro que satisface todas las aspiraciones, más aún, las colma infinitamente.

Eso es obra del Señor que salva, cura y eleva y trasciende los anhelos más altos del corazón humano: “Nosotros anunciamos, como dice la Escritura, lo que nadie vio ni oyó y ni siquiera pudo pensar, aquello que Dios preparó para los que lo aman” (1 Cor. 2,9).

Tenemos que aprender de Jesús. Acercarnos a la gente, escucharlos y anunciarles la Buena Noticia. Jesús, principio del mundo nuevo, interpreta, purifica, orienta y eleva los deseos del hombre.

La misión de la Iglesia busca el encuentro de Jesús con todos los hombres.

El anuncio kerigmático tiene como objetivo el facilitar el encuentro personal con Jesucristo. Tiene que sucederles lo que, en  el camino de Emaús, le sucedió a aquellos dos discípulos desalentados: un encuentro con el Cristo vivo y resucitado (Lc. 24,13-35).

Un Cristo muy cercano a la vida del hombre, que camina con él, que se queda al llegar la noche y comparte el pan.

Los hombres deben encontrarse con Jesús, que es camino para los extraviados; luz para los ciegos; agua para los sedientos; vida para los que quieren vivir en plenitud; salud para los enfermos; pan para los hambrientos; fortaleza para los abatidos...

b) La con-descendencia

El estilo pastoral de Jesús está dado por la “con-descendencia”. O sea, la actitud de descender desde la propia altura hasta la pequeñez o miseria del otro.

A este abajamiento San Pablo lo llamó anonadamiento: Cristo “que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz” (Fil. 2,6-8).

Aquí Pablo nos muestra el camino que recorrió Cristo para llegar al hombre pecador. Siendo Dios se humilló, se abajó, se vació, tomó la condición de esclavo.

San Pablo en la Carta a los Corintios expresará lo mismo de esta manera: “Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza” (2 Cor. 8,9).

Para expresar esta actitud de Cristo debemos emplear varios vocablos condescendencia, humildad, pobreza, anonadamiento.

El misionero, como hizo Cristo, es el que debe dar el primer paso hacia el hermano.

 

c).  La misericordia, la compasión

Jesús es un pastor misericordioso. En la carta a los Hebreos se dice que Jesús es “un Sumo Sacerdote misericordioso” (Heb. 2,17). Jesús mira a Pedro con misericordia (ver Lc. 22,61) y acoge y perdona a la mujer adúltera (ver Jn. 8,11).

La compasión es parte del estilo pastoral de Jesús. La misericordia ocupa un lugar privilegiado en su ministerio apostólico.

“Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor” (Mt. 9,36).

A Jesús se le mueven las entrañas. Es la compasión de Dios por su pueblo, como en los tiempos del destierro, como en los años de opresión en Egipto “Israel, mi servidor; Jacob, a quien yo elegí... no temas, porque yo estoy contigo; no te inquietes, porque yo soy tu Dios...” (Is. 41,8.10.). “¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas? ¡Pero aunque ella se olvide, yo no te olvidaré! Yo te llevo grabada en las palmas de mis manos” (Is. 49,14-16). “Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos... el clamor de los israelitas ha llegado hasta mí” (Ex. 3,7-9).

“Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y compadeciéndose de ella, curó a los enfermos” (Mt. 14,14).

Misericordia que no es puro sentimiento visceral, sino un movimiento del corazón, que impulsa a entregarse al prójimo para asumir sobre sí su miseria y realizar obras acordes a tal fin.

Ante la situación del pueblo que, “estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor” (Mt. 9, 36), Jesús siente compasión y llama a los Doce para compartir la tarea.

La misericordia nace de la caridad, que es la virtud del corazón compasivo, sensible al mal que aflige al prójimo, apenado por los que sufren. La misericordia introduce en el movimiento del amor, la realidad del sufrimiento.

Piedad, misericordia, es el clamor más profundo del ser humano: “¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!” (Lc. 17, 13).

Dios es un Dios misericordioso que manifiesta su ternura con ocasión de la miseria humana.

¿Qué quiere Dios de nosotros en esta hora?

Que seamos misericordiosos con nuestros hermanos.

La gente espera misericordia de la Iglesia. Las actitudes pastorales duras alejan a la gente.

La gente debe tener esta visión de la Iglesia: que sea la expresión de la misericordia de Dios.

Debemos ser sólidos doctrinalmente, pero no duros con la gente.

La perfección que Jesús nos pide “Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo” (Mt. 5,48), en el evangelio de Lucas se expresa así: “Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc. 6,36).

Recordemos la bienaventuranza: “Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia” (Mt. 5,7).

d)  La consolación

El hombre tiene necesidad de consolación.

Consolar es aliviar la pena, la aflicción, en la tristeza, en la enfermedad, en el luto, en la persecución. Consolar es confortar, dar vigor, animar, fortalecer, alentar.

El efecto del consuelo es producir un fortalecimiento espiritual en una situación afligente: “Pero Dios, que consuela a los afligidos, nos consoló con la llegada de Tito, y no sólo con su llegada, sino también con el consuelo que ustedes me prodigaron. El nos habló del profundo afecto, del dolor y de la preocupación que ustedes sienten por mí, con lo cual me alegré más todavía” (2 Cor. 7,6-7).

Dios es un Dios que consuela.

Dios es el verdadero consolador: “¡Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice su Dios!” (Is.40,1).

Dios consuela a su pueblo con la bondad de un pastor, con el afecto de un padre, con la ternura de una madre.

También Moisés cumplió el servicio de la consolación.

A la salida de Egipto la gente protesta: “Y dijeron a Moisés: ¿«No había tumbas en Egipto para que nos trajeras morir en el desierto? ¿Qué favor nos has hecho sacándonos de allí? Ya te lo decíamos cuando estábamos en Egipto: ¡Déjanos tranquilos! Queremos servir a los egipcios, porque más vale estar al servicio de ellos que morir en el desierto». Moisés respondió al pueblo: «¡No teman! Manténganse firmes, porque hoy mismo ustedes van a ver lo que hará el Señor para salvarlos. A esos egipcios que están viendo hoy, nunca más los volverán a ver. El Señor combatirá por ustedes, sin que ustedes tengan que preocuparse por nada»” (Ex. 14, 11-14)

Jesús consuela a los afligidos, a los pecadores. Cristo es fuente de toda consolación: “Si la exhortación en nombre de Cristo tiene algún valor, si algo vale el consuelo que brota del amor o la comunión en el Espíritu, o la ternura y la compasión, les ruego que hagan perfecta mi alegría, permaneciendo bien unidos” (Fil. 2,1-2).

En la Iglesia es esencial la función de consolar.

Estoy firmemente convencido que la consolación y todo lo que esta palabra significa, cumple un rol fundamental en la vida pastoral, en la vida de la Iglesia.

Desgraciadamente, con frecuencia, lo olvidamos.

Podríamos reflexionar largamente sobre este ministerio consolador, que no es simplemente decir: “vayan en paz, quédense tranquilos, tengan coraje”. No es simplemente simpatía humana.

Se trata de un servicio de la fe. Es dar ánimo pero en nombre de Dios. Apoyados en el Señor. “El es nuestra roca y nuestra salvación”. “No tenemos otro nombre por el cual fuimos salvados”, dice Pablo.