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Homilía de Mons. Luis Villalba
en la Misa de ordenación de Diáconos
(18 de marzo de 2005)

 

Queridos hermanos:
1. Estamos viviendo un misterio de fe y debemos pedir la gracia de ver lo que estamos realizando con los ojos de la fe.

Estos tres hermanos nuestros, Ricardo Orellana, Gustavo Pedro y Manuel Ruiz, son llamados a participar de la gracia y la misión de Cristo. El sacramento que recibirán los configurará a Jesucristo que se ha hecho diácono, esto es, servidor de todos. Se ha hecho servidor pobre y humilde.

La gracia del sacramento les dará la fuerza necesaria para servir con humildad, desinterés, constancia y perseverancia al Pueblo de Dios en la diaconía de la liturgia, de la Palabra y de la caridad, en comunión con el obispo y con el presbiterio.

Saludo a cada uno de ustedes que han querido participar de esta ordenación diaconal. A los superiores, profesores y alumnos del Seminario, a los familiares y amigos de los que se ordenarán, a las distintas comunidades presentes.

2. La página del Evangelio de San Juan 13,1-17, que acabamos de escuchar, siempre nos conmueve por la riqueza que encierra.

En este momento me limito a mencionar la introducción y la conclusión.

Jesús, sabiendo que viene del Padre para traernos su amor y sabiendo que ha llegado la hora del volver al Padre, da pleno cumplimiento a la obra que le encomendó, amándonos hasta el fin. Y expresa este amor supremo, que alcanzará su culmen en la cruz, con un gesto concreto y humilde: lavando los pies a los discípulos.

En el lavatorio de los pies podemos contemplar una especie de teofanía del amor de Dios que, en Cristo, se abaja, se humilla, se pone a total disposición de los hombres.

Es un mensaje fundamental para nosotros. La esencia del amor cristiano es un amor que se abaja, que se hace servicio.

Jesús, después de lavarles los pies, les da a sus discípulos dos mandamientos.

El primero: “ Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros ” ( Jn. 13,14).

En su vida Jesús no hizo otra cosa que cumplir la voluntad del Padre y manifestar el amor que Dios nos tiene.

Ustedes, que serán ordenados diáconos, y todos nosotros somos llamados a hacer la voluntad del Padre y expresar el amor de Dios en el servicio y la entrega a los hermanos, con una actitud humilde y sencilla.

El segundo mandamiento que les da Jesús a sus discípulos es el siguiente: “ Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican ” ( Jn. 13,17).

Jesús insiste en el hacer, el cumplir. Se trata de poner en práctica, de llevar a la vida, la Palabra de Jesús sobre el perdón, sobre la paciencia, sobre la humildad, sobre la misericordia. Llevar a cumplimiento el mandamiento, la misión, el servicio, para el cual dentro de unos instantes serán ordenados diáconos.

A esta altura nos podemos preguntar ¿cómo es posible realizar esto?

Los imperativos del Señor resultan fascinantes, pero parecen irrealizables.

Lo que se nos ordena es muy hermoso, pero constatamos que nuestra debilidad es demasiado grande para poder cumplirlo.

¿Tendremos que resignarnos a decir que lo que Jesús exige es un ideal que no se puede alcanzar? Pero si el Señor nos dice estas cosas es porque, de alguna manera, podemos hacerlas. Debemos, entonces, preguntarnos cómo podemos introducir en nuestro comportamiento esta forma de actuar.

El Señor ha hecho una Nueva Alianza con su Pueblo, escribiendo la ley en el corazón de cada hombre. El amor con que debemos amar a Dios y al prójimo son virtudes que Dios derrama en nuestro corazón. No es una adquisición nuestra, sino un don de Dios. Dios, en Jesucristo, ha renovado interiormente con su gracia nuestra vida. El que ha abierto su corazón a la gracia de Dios, el que ha respondido dócilmente al llamado de Jesucristo, ya es una nueva criatura. Este nuevo ser revestido de Cristo y transformado interiormente por la gracia es, entonces, capaz de vivir las exigencias del Evangelio. San Pablo dirá: “ Por la gracia de Dios soy lo que soy ” ( 1 Cor. 15,10).

La Palabra evangélica nos exhorta a llevar a la práctica lo que la gracia de Dios hace posible en nosotros. Dejemos que la gracia actúe en nosotros y nos haga a imagen del Padre.

Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican” ( Jn. 13,17).

Que la Santísima Virgen, la servidora del Señor, los ayude y acompañe a ustedes, llamados a servir a Dios y a los hombres.