HOMILÍA EN LA MISA DE ORDENACIÓN DIACONAL Y SACERDOTAL
18 de noviembre de 2005
Queridos hermanos:
1. Nos hemos reunido en torno al altar para participar de la ordenación diaconal de Eduardo Hernán Alvarado y de la ordenación presbiteral de José Francisco Navarro, Ricardo Alberto Orellana, Carlos Gustavo Pedro y Manuel Fernando Ruiz.
Sin duda es un día de alegría para ustedes que recibirán el Orden Sagrado por la imposición de mis manos y la oración consecratoria. Pero esta alegría es también la alegría del Obispo, del Seminario y del Presbiterio, de vuestros padres, familiares y amigos y de toda la Arquidiócesis.
La ordenación sella el sí que dieron a la llamada del Señor y es el comienzo de otra etapa en la vida de ustedes. Después del tiempo de la formación comienza el tiempo del anuncio, de la misión, del servicio, de la caridad pastoral, del don de la vida en unión con Jesucristo que se entrega en la Eucaristía.
Queridos ordenandos:
2. Sabemos muy bien que el estado sacerdotal lleva consigo la vida apostólica. El ministerio es nuestro deber.
Pero, por eso mismo, nuestro sacerdocio nos exige una interioridad cada vez mayor.
Le debemos dar gran importancia a la vida interior en el desarrollo concreto de nuestras tareas cotidianas.
Tenemos que confesar que las exigencias de nuestro ministerio no son favorables al desarrollo de una vida interior. Hasta podemos hacer de ello una excusa para nuestra indolencia espiritual.
Si realmente queremos vivir nuestro sacerdocio con la intensidad que requieren los tiempos actuales, debemos estar persuadidos que el estado normal para nosotros sacerdotes debería ser el de un encuentro hondo con el Señor. Para ese encuentro somos ordenados, a ese diálogo con Dios estamos invitados.
Es necesario que pongamos ante nosotros esta conclusión: el Señor quiere unirse a nosotros. Quiere que vivamos la unión con Él. Nos llamó, ante todo, para que estuviéramos con él, como leemos en el Evangelio de Marcos cuando narra la elección de los Apóstoles. Y sabemos que esto se da por el estado de gracia. Tenemos que tener siempre una gran preocupación por estar en gracia de Dios. La gracia es de por sí exigente de su plenitud y perfección y no deberíamos tolerar ni el más mínimo pecado. Debemos tener un gran deseo de vivir bien en gracia de Dios. Tenemos que tener una gran estima por la gracia de Dios, porque ella es toda nuestra vida.
Debemos pensar en lo que somos y en el ministerio que llevamos en nosotros: “Pero nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios” ( 2 Cor. 4,7).
3. Recordemos aquellas palabras de Jesús en la Última Cena: “Permanezcan en mí”.
Con esta palabra permanecer no se indica solamente el estar presente. Este término incluye además de la presencia la unión recíproca, el mutuo conocimiento y amor.
Me parece que hay una intención en el Señor, precisamente para nosotros sus sacerdotes. Es como si el Señor, en el momento en que nos revela su postrera voluntad, sus supremas intenciones, nos dice: Quédense conmigo...Yo no los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Mejor dicho: volveremos a ustedes y habitaremos en ustedes. “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; e iremos a él y habitaremos en él” (Jn. 14,23).
“Permanezcan en mi amor”, nos dice Jesús. Para permanecer en esa corriente de vida y de amor debemos cumplir sus mandamientos, así como el Señor ha cumplido los mandamientos que le ha dado el Padre.
La revelación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es el término para el cual el Señor nos está educando. La contemplación de la Trinidad debería tener en meditación fervorosa al alma del sacerdote. Él quiere que tengamos continuamente en nosotros el sentido de la paternidad de Dios, de esa fraternidad que se ha establecido en Cristo, de ese don del Espíritu Santo que se difunde, precisamente, en quien ha establecido esta admirable comunicación con él.
“Y nuestra comunión, dice san Juan, es con el Padre y con su Hijo Jesucristo” ( 1 Jn. 1,3). Es necesario llegar a este contacto personal, íntimo, profundo con Dios, porque es Él quien lo quiere.
“Permanezcan en mi amor”. Notemos que Jesús hizo esta invitación, precisamente a los Apóstoles, a los que el mismo Jesús llama enviados, que quiere decir afuera, hacia la realidad del mundo. Por lo tanto, para el Señor estas dos cosas no son incompatibles, sino compatilísimas; más aún ligadas entre sí.
Es necesario que descubramos, por así decirlo, la relación de causalidad entre la vida contemplativa que el Señor nos asigna como sacerdotes y la vida activa que prescribe para nuestro ministerio.
Recordemos la famosa pregunta a san Pedro: “¿Me amas?...Apacienta mis ovejas”.
¿Amas de verdad? ¿Amas profundamente? ¿Hasta recoger fielmente en tu corazón lo que yo te revelo? Entonces eres realmente apto para apacentar a los demás, para ser pastor.
Son estas raíces interiores las que sostienen nuestro ministerio.
Cuando tenemos esta unión con Dios, esta reserva de fervor, de gracia vivida, es cuando nos encontramos aptos para dirigir a las almas, confortarlas, entenderlas, para ser pastores.
Termino con una oración del Papa Juan Pablo II por los sacerdotes:
¡Ven Espíritu Creador!
Ven a suscitar nuevas generaciones de jóvenes,
dispuestos a trabajar en la viña del Señor,
para difundir el Reino de Dios
hasta los confines de la tierra.
Y tu, María, Madre de Cristo
que nos has acogido junto a la cruz
como hijos predilectos con el apóstol Juan,
sigue velando sobre nuestra vocación.
Te confiamos los años de ministerio
que la Providencia nos conceda vivir.
Ayúdanos a cumplir hasta el final la voluntad de Jesús,
nacido de ti para la salvación del hombre.
Cristo, ¡Tú eres nuestra esperanza!