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Homilía de Monseñor Luis H. Villalba, Arzobispo de Tucumán,
en la Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo

18 de junio de 2006

 

Queridos hermanos y hermanas:

1.   Hoy celebramos la solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor. Desde hace siglos la Iglesia ha dedicado este día a una veneración pública de la Eucaristía.

Esta fiesta quiere tributar al sacramento de la Eucaristía, que normalmente está escondido en los tabernáculos de las iglesias, un reconocimiento y un testimonio público.

Es hermoso pensar en los miles de personas que, a lo largo de los años, han caminado, como nosotros en este día, por estas calles, llevando a Jesús Eucaristía y elevando un canto de alabanza y agradecimiento a Dios.

La fiesta del Cuerpo y Sangre del Señor nos hace presente el amor de Dios por nosotros, nos hace presente para nuestra admiración la cruz y la resurrección de Jesús.

Este es el día en que no sólo recibimos el alimento de la Eucaristía, sino en el que también caminamos con la mirada fija en la Hostia Consagrada, juntos todos en procesión, que es un símbolo de nuestra peregrinación con Cristo en la vida terrena.

Caminamos por las plazas y las calles de nuestras ciudades, por esos caminos en los que se desarrolla normalmente nuestra vida. Allí donde vivimos, trabajamos y andamos de prisa, allí llevamos a Jesús Eucaristía en procesión y se lo mostramos a todos para que sepan que, gracias al Cuerpo del Señor, todos pueden tener en sí la verdadera vida (Cf. Jn. 6,53).

Pasaremos por donde hierve la vida de los hombres, por donde se agitan sus pasiones, donde explotan sus conflictos, donde se consuman sus sufrimientos y florecen sus esperanzas. Iremos a testimoniar con humilde alegría que en esa pequeña Hostia blanca está la respuesta a los interrogantes más apremiantes, está el consuelo al dolor más grande, está ya la prenda de felicidad y de amor que cada uno lleva dentro de sí, en el secreto del corazón.

2.   La Eucaristía es el sacramento de la unidad y de la comunión, que significa y realiza la unidad de cada uno de nosotros con Jesús y, por tanto, realiza la unidad entre nosotros, como comunidad cristiana. “Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan”, nos dice San Pablo (1 Cor. 10,17).

La vida cristiana es vida en comunidad. Los cristianos estamos llamados a vivir en comunidad. Nuestra vocación no es ser cristianos aisladamente.

La Iglesia es Pueblo de Dios, Cuerpo místico de Cristo, familia de Dios, comunión fraterna.

La primera comunidad cristiana de la que nos habla el libro de los Hechos de los Apóstoles debe ser el modelo de toda comunidad eclesial: “Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hech. 2,42).

Al elaborar nuestro Plan Arquidiocesano de Pastoral hemos comprobado, en coincidencia con Navega Mar Adentro, que el desafío fundamental al que debemos responder es el individualismo y la fragmentación social.
Esto lo encontramos también en el seno de nuestras comunidades, en donde, como afirma Navega Mar Adentro, a veces, se evidencia  una “cierta incapacidad para trabajar unidos” (Nº 46).

Nuestras comunidades deben ser fraternas y acogedoras. Las Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización nos recuerdan que, por naturaleza, la parroquia está llamada a ser una comunidad de familias y de personas “dado que la parroquia es para todos los que integran su jurisdicción, tanto para los ya bautizados, como para los que todavía ignoran, prescinden o rechazan a Jesucristo” (N° 43).

Por eso debemos considerar con amor a tantos bautizados que siguen teniendo fe en Jesucristo pero que viven al margen de la comunidad eclesial y no participan regularmente de la Eucaristía.

La comunidad cristiana tiene que buscar toda forma de comunión con estos hermanos nuestros.  Navega Mar Adentro nos señala al respecto: “La caridad pastoral de la Iglesia...tiene la misión de conducir a sus hijos hacia una vida cristiana plena” (Nº 91).

3.   La comunidad eclesial cuando vive la fraternidad está poniendo las bases para una renovada unidad en la sociedad.

El documento sobre el laicado Christifideles laici nos dice que en la medida que se rehaga la cristiana trabazón de las comunidades eclesiales se está ayudando a  rehacer el entramado de la sociedad humana (N° 34).

En nuestro país y en nuestra provincia se dan confrontaciones, desencuentros, desconfianzas, acusaciones, divisiones. En nuestra sociedad hay mentira, violencia, egoísmo.

En la verdadera democracia no existen los enemigos, solamente existen los adversarios. De lo contrario se hace imposible dialogar o buscar juntos un proyecto de país y de provincia.

La debilidad de la sociedad se manifiesta, también, en el ya clásico “desprecio por la ley” y en el “no te metás”.

Se debe crear un clima de mayor credibilidad y confianza. Se trata de construir una sociedad que no admita exclusiones.

Se debe trabajar por una provincia fraterna, solidaria y laboriosa.

La Eucaristía no nos da la solución a tales problemas. Toca a cada ciudadano, a cada uno de nosotros, con honestidad y preocupados por el bien común, buscar los caminos de convergencia posibles y de acciones constructivas.

Pero la Eucaristía, sacramento de unidad, nos recuerda que el bien que, sobre todos los otros, interesa al país y a la provincia, es un bien que viene de lo alto, es un don de Dios y que se traduce históricamente en la búsqueda de la verdad, de la unidad y en la concordia.

No es una concordia fácil, sino una concordia fundada sobre valores irrenunciables: el bien común, los derechos de la persona y de la familia, la defensa de la vida, la atención a los más pobres y abandonados. Sobre estos temas es importante encontrar lugares de encuentro y de diálogo, donde respetando los derechos y las competencias de cada uno, de las instituciones y de los poderes constitucionales, se puedan encontrar caminos comunes.

El diálogo es un elemento central e indispensable. El diálogo vale no sólo entre las personas, sino también, para resolver los conflictos sociales y buscar el bien común. Hace falta, muchas veces, hacer silencio y saber escuchar. El diálogo es una verdadera urgencia y es un quehacer de todos.

Jesús nos ha enseñado el modo de escuchar, de compartir, de hacer por los demás lo que se quiere para uno mismo.

Tenemos que dar ejemplo de madurez y no hacer de nuestra sociedad un campo de batalla. En este sentido no podemos ocultar la violencia que parece crecer. Violencia delictiva y violencia sobre los menores y sobre los más débiles. Esto nos invita a una mayor vigilancia educativa y a una más fuerte acción moral.

La Eucaristía tiene la capacidad de hacer, de una multitud disgregada, un pueblo, una comunidad. La Eucaristía es fuente de unidad y de fraternidad, es prenda de solidaridad, de pacífica convivencia.

La Eucaristía nos dice a todos que vale la pena hacer el esfuerzo por estar juntos y de asumir con responsabilidad los problemas comunes en vista del bien común. Y nos da la fuerza para cumplir esta tarea.

4.   El Señor Jesús, que adoramos públicamente en la Eucaristía, está entre nosotros, ha muerto y resucitado por nosotros y ha querido permanecer entre nosotros, no sólo para que lo adorásemos en el sacramento, sino para que con él en el corazón aprendamos a vivir entre nosotros con aquella comunión de espíritu que el sacramento de la comunión significa y realiza.

La procesión con el Santísimo Sacramento nos está diciendo que Dios está con nosotros y nos invita a ser unos para los otros en la construcción de una convivencia fundada en el amor.

Que la Santísima Virgen nos alcance la gracia de contemplar y adorar el misterio eucarístico y poder llevarlo a la vida de cada día.