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Homilía pronunciada
por Mons. Luis H. Villalba, Arzobispo de Tucumán,
en el Congreso de Laicos de Tucumán
21 de octubre de 2006

 

Queridos hermanos:

1.   Hemos celebrado el Congreso de Laicos de nuestra Arquidiócesis de Tucumán con la intención de profundizar el proceso de participación de los laicos católicos en la vida de la provincia como ciudadanos y miembros de la Iglesia.

Este Congreso pretendía reunir a los cristianos que actúan en la vida pública para un momento de reflexión.

Lo concluimos con la Misa dando gracias a Dios por estas jornadas que hemos compartido.

Ahora quiero partir de la Palabra de Dios, más que de una reflexión personal.

Para ello meditaremos un texto de la carta de San Pablo a Tito (3,1-8), que escuchamos en la segunda lectura.

En la carta de San Pablo descubrimos que la Palabra de Dios está cargada de estímulos para el compromiso del laico en el mundo y en la sociedad civil, e igualmente descubrimos que sigue resonando de manera actual también para nosotros.

El Apóstol le escribe a Tito, un joven colaborador que él dejó en la isla de Creta, para que lleve adelante la edificación de la primera comunidad cristiana en esa isla.

Para ello le manda a su colaborador algunas indicaciones concretas. Es interesante constatar cómo, entre las recomendaciones que el apóstol le dirige a Tito para que se conviertan en criterios formativos de la comunidad cristiana, se encuentran aquellas que se refieren a la relación con la sociedad civil y con las instituciones.

Los cristianos vivían dentro de una sociedad pagana y por tanto, se interrogaban cómo comportarse en ella.

Se explica que el Apóstol les de algunas orientaciones, que nosotros dos mil años después recogemos para actualizarlas en nuestra realidad.

2.   Me quiero referir a la primera parte del texto escuchado, donde San Pablo propone siete indicaciones de tipo positivo, que podríamos llamar virtudes cívicas.

Ante todo San Pablo le dice a Tito que debe recordar a los fieles de la comunidad de Creta tres actitudes con respecto a la instituciones:

  1. que respeten a los gobernantes y a las autoridades;
  2. que les obedezcan de buen grado;
  3. que están siempre dispuestos para cualquier obra buena.

Hay como una especie de progresión en estos tres comportamientos.

El primero indica la actitud de fondo del cristiano frente a las instituciones civiles. ¿Cuál es la actitud del cristiano?

Es la de respeto. El texto dice más exactamente que sean sumisos. Nos parece un poco fuerte, una provocación esta palabra para nosotros que vivimos en una sociedad democrática. Sin embargo hay que entenderla en el contexto. Comenzaba a darse en algunos cristianos el convencimiento que la fe los desvinculaba de las obligaciones de las autoridades civiles y que ser cristianos significaba convertirse en gente que vive al margen de la sociedad concreta, organizada en el tiempo. San Pablo toma posición y dice el cristiano no es por naturaleza un rebelde frente a las instituciones civiles, más aun, las reconoce y las acepta, viendo en el ejercicio de esa función una voluntad providente de Dios.

La institución política-civil responde al diseño de Dios creador, porque está destinada a garantizar y promover, decimos hoy nosotros, el bien común, es decir, aquellas condiciones objetivas de la vida social que tutelan  los valores fundamentales de la persona y le permiten a todo hombre crecer en el ejercicio de su libertad y responsabilidad.

El Apóstol da un paso más. Se debe no sólo respetar, sino también obedecer de buen grado.

Los exégetas explican que no se trata de una obediencia pasiva sino propia de aquel que comparte las razones de la misma. El cristiano está llamado a participar de la ratio legis, es decir a darse cuenta que la ley lleva en sí misma un fin de bien común.

Hay un tercer paso que San Pablo invita a dar: no solamente respetar, no solamente obedecer, sino estar siempre dispuestos para cualquier obra buena.

Aquí se nos abre el horizonte en la línea de la gratuidad, más allá de lo debido. El cristiano es un ciudadano que no se limita a hacer las cosas que se le son impuestas, sino que está abierto a comportamientos sociales para el bien de todos, con una actitud de servicio, de generosidad, de gratuidad.

Esta obras buenas no son tanto las obras de misericordia, para usar nuestras categorías catequísticas, sino son obras buenas en el sentido de la cultura griega, esto es, las obras del ciudadano generoso que, con espíritu de gratuidad cívica, pone a disposición de la ciudad sus propios recursos para enriquecerla, para hacerla más bella, para darle seguridad, para hacerla siempre más acogedora. El Apóstol asume esta categoría en clave cristiana: el cristiano es uno que debe estar dispuesto a hacer toda obra buena y bella para el bien de la ciudad.

3.   San Pablo después de haber indicado estas tres actitudes referidas a las instituciones,  va más allá y agrega otras cuatro que miran, más bien, a las relaciones humanas en el ámbito de la sociedad civil.

No injurien a nadie o no hablen mal de ninguno. Aquí habría tantos aspectos interesantes y de actualidad para analizar. El cristiano llamado a vivir en sociedad: debe hacerlo no con una actitud de polémica destructiva y de ataque a la dignidad de la persona para afirmar sus posiciones. Debe hacerlo en el marco del diálogo y el respeto por el otro. No hablar mal de nadie, no difundir la sospecha, no calumniar.

Luego el Apóstol invita a ser amantes de la paz, a ser mansos, es decir, a mantenerse en una actitud de constante búsqueda del equilibrio, con una capacidad de pesar todos los aspectos del problema y privilegiando la convergencia constructiva, positiva. No asumir la parcialidad como criterio decisivo y perder de vista el promover el bien común. Porque el bien común exigirá siempre la renuncia a algún aspecto particular y pedirá renunciar a la pretensión que el propio modo de ver las cosas sea absoluto.

Por último la séptima virtud que señala San Pablo es: mostrando a todos una gran humildad con todos los hombres o mostrando una gran dulzura, amabilidad para con todos. Notemos que el cristiano es alguien que, en medio de las situaciones dramáticas de la vida civil y social, se distingue por su estilo de calma, de sosiego. El cristiano es alguien que tiene la capacidad de descubrir lo mejor de cada persona y de cada propuesta y de instaurar un tipo de relaciones familiares, de respeto, sin olvidar que, en medio del debate y la confrontación, somos personas humanas que quieren trabajar por el bien de otras personas.

Desgraciadamente no parece que hoy el estilo sea siempre éste: pero las indicaciones de San Pablo son precisas y estimulantes para nosotros.
Luego San Pablo indica siete elementos negativos que están en contraste con los anteriores. San Pablo dice también nosotros antes éramos así, es decir, antes de la conversión, antes de la llamada a la fe, antes del encuentro con Cristo.

4.   A continuación San Pablo hace el gran anuncio cristiano: “Pero cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres...él nos salvó”
Éste es el punto fundamental: Cristo nos da la posibilidad de vivir de una manera nueva. Esto significa que, más que deber ser así, es Cristo que nos da la posibilidad de llegar a ser hombre nuevo. Me parece que esto es clave, la novedad radical. Lo que parece imposible es posible gracias a Cristo, si nosotros creemos en él, acogemos el Evangelio y si dejamos que obre en nuestro interior ese renacimiento y esa renovación en el Espíritu Santo.

Termino citando las palabras que un monje benedictino le dirigía a un sacerdote, pero que valen también para los laicos comprometidos en las realidades temporales: “Las cosas nuevas sólo pueden ser hechas por hombres nuevos, mientras tanto es necesario rezar mucho”.