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Homilía de Mons. Luis Villalba
en la Misa del Cuerpo y Sangre del Señor

domingo 10 de junio de 2007

 

Queridos hermanos:

1.  Hoy celebramos la Fiesta de Corpus Christi, es decir, la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, la fiesta de la Eucaristía. Hoy la Iglesia alaba y celebra a Jesús realmente presente en la Eucaristía con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.

Hoy damos públicamente gracias a Dios por el don de la Eucaristía y lo expresamos exteriormente llevando por las calles al Santísimo Sacramento.

En este sacramento el Señor se hace comida para el hombre.

La vida necesita alimentarse.
Comemos el pan material para alimentar nuestro cuerpo. El pan que Jesús nos brinda, en cambio, alimenta nuestra vida interior y es la garantía de la futura incorruptibilidad: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” (Jn. 6,54), nos dice Jesús.

El alimento que Jesús nos entrega es “el pan vivo bajado del cielo… para la Vida del mundo”  (Jn. 6,51)

La Eucaristía es el Pan de Vida: alimenta la vida cristiana.

Lo que el alimento material produce en nuestra vida corporal, la Eucaristía lo realiza en nuestra vida espiritual. La comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, conserva, acrecienta y renueva la vida de la gracia que recibimos en el bautismo. Como el alimento corporal sirve para restaurar la pérdida de las fuerzas físicas, la Eucaristía fortalece nuestra vida cristiana que, en el trajinar cotidiano, tiende a debilitarse.

Así la Eucaristía es el pan del caminante, de los que peregrinamos por este mundo.

La Eucaristía es la comida y bebida que Jesús nos dejó para sustentarnos espiritualmente en nuestra peregrinación terrena.

2.  La Eucaristía es el sacramento de la caridad.

De esta manera, precisamente, el Papa Benedicto XVI titula su Exhortación Apostólica, fruto del Sínodo de los Obispos dedicado a este sacramento.

La Eucaristía es el sacramento de la caridad pues, ante todo, nos revela y nos comunica el amor de Jesús, que dio la vida por nosotros.

Jesús nos amó hasta el extremo, hasta dar la vida por nosotros. El Señor dijo: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos” (Jn. 15,13-14).

Jesús nos sigue amando hasta el extremo: nos da el don de su Cuerpo y de su Sangre.

La Eucaristía es también el sacramento de la caridad fraterna. El Concilio Vaticano II llama a la Eucaristía: “Cena de la comunión fraterna” (GS 38).

Al amor que recibimos de Cristo, debe seguir el nuestro por nuestros hermanos. La Eucaristía así es fuente de caridad fraterna. La Eucaristía es un banquete fraterno.

3.  En el marco del Plan Arquidiocesano de Pastoral venimos trabajando el valor de la fraternidad.

Esta es la novedad del Evangelio: ser cristiano es ser hijo de Dios. “¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente”, nos dice San Juan (1 Jn. 3,1). Pero ser cristiano no es sólo comunión con Dios, sino también comunión entre los hermanos. Por eso Jesús nos dijo: “Todos ustedes son mis hermanos” (Mt. 23,8).

Filiación y fraternidad son las líneas constitutivas del cristiano. La comunión fraterna se funda en la filiación divina: porque somos hijos de Dios, somos hermanos entre nosotros.

Si creemos en este misterio de la fe, que es la Eucaristía, no podemos permanecer indiferentes: el amor quiere amor. Por eso debemos escuchar siempre las palabras que Jesús pronunció, precisamente en la Última Cena, cuando instituyó la Eucaristía: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros” (Jn. 13,34).
Y para esta fiesta queremos vivir la fraternidad desde la compasión.

Compadecerse es tener entrañas de misericordia.

La misericordia o compasión ocupa un lugar privilegiado en la vida de Jesús: “Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor” (Mt. 9,36). “Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y compadeciéndose de ella, curó a los enfermos” (Mt. 14,14).

Jesús es un pastor misericordioso. Misericordia, que no es un sentimiento visceral, sino un movimiento del corazón, que impulsa a entregarse al prójimo para asumir sobre uno mismo su miseria y realizar obras para solucionar sus aflicciones.

Jesús tiene un corazón compasivo, sensible al mal que aflige al prójimo.

Jesús siente ternura y compasión por los más débiles: los enfermos, los pobres, los leprosos, los endemoniados.

Debemos rechazar todo lo que hiere el amor y hace sufrir al hermano.

Que nuestro amor hacia los demás posea esa ternura, esa sencillez, esa discreción, que está llena de respeto hacia todo hombre, por pobre y mísero que sea.

Debemos dejar los juicios temerarios acerca del prójimo, las críticas, las condenas, el ver únicamente los defectos ajenos.

La Eucaristía nos mueve a ser humildes y no creernos superiores a nadie; a ser mansos y no violentos para con todos los hombres; a estar atentos hacia aquellos que son más débiles, para poder servirlos.

La Eucaristía es, también, fuente de fraternidad y de convivencia social.

La Eucaristía tiene una implicancia benéfica en la sociedad, en la misma convivencia temporal de los hombres.

Precisamente la Eucaristía nos hace hermanos y amigos, pacientes y solidarios, amables y atentos, solícitos y generosos. Si todavía no sabemos perdonar, si no sabemos servir, si no sabemos resolver las cuestiones sociales, si no sabemos dar a nuestras vidas su verdadera amplitud, abierta a las preocupaciones humanas, es señal de que todavía nos falta lo que Cristo recomendó más y más y aquello que más quiere de que estemos provistos: su caridad.

La amistad social que debe reunirnos supone que somos capaces de tener la iniciativa por el bien. Así, una sociedad que aspira en verdad a la reconciliación necesita ciudadanos que inicien una y mil veces, sin esperar el gesto del otro, el camino del diálogo y del encuentro fraterno.

La Eucaristía, sacramento de la caridad, nos potencia a servir a todos los hombres creando fraternidad en la sociedad, en todos los ambientes en que actuemos. La Eucaristía nos urge a vivir el amor verdadero, sincero, que se muestra por las obras, y que siendo amor universal, no excluye a nadie, como el de Cristo que murió por todos y anhela abrazar a los pobres, a los alejados, a los enemigos.

La Eucaristía, porque infunde el amor, es capaz de contribuir a la curación de las divisiones y sostener la convivencia social reconciliando a los ciudadanos.

Me parece que no hay tarea más noble ni misión más hermosa que construir un estilo de convivencia fundada en la fraternidad.

Esta semana he regresado de Aparecida, Brasil, donde participé de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. Estuvimos reunidos con el Papa Benedicto XVI que nos ha confirmado en el primado de la fe en Dios, en su verdad y en su amor, y nos hemos sentido acompañados por la oración de nuestro pueblo creyente.

Esta V Conferencia nos recuerda que todos nosotros, en virtud del bautismo, estamos llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo. Es verdad, somos los misioneros de Jesús, pero primero debemos ser sus discípulos. Como nos dijo el Santo Padre en su Discurso: “Discipulado y misión son como las dos caras de la misma moneda” (nº 3). No podremos suscitar discípulos, como nos pidió Jesús, si no lo somos nosotros primero.

La Eucaristía es el Pan que sostiene y alimenta la vida del discípulo y la fuente de su impulso misionero.

Conocer a Jesucristo por la fe es nuestro gozo; seguirlo es una gracia, y trasmitir este tesoro a los demás, es un encargo que el Señor nos ha confiado.

María la primera discípula del Señor que creyó y, por eso, lo concibió, nos enseñe a escuchar y creer para anunciar a Jesús. Que Ella nos enseñe a obedecer a su Hijo, que nos repite: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos” (Mt. 28,19).

Nuestra Señora de la Merced, ruega por nosotros.