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HOMILÍA DE MONS. LUIS H. VILLALBA, ARZOBISPO DE TUCUMÁN,
EN LA MISA DE ORDENACIÓN EPISCOPAL DE MONS. LUIS URBANC,
OBISPO COADJUTOR DE CATAMARCA
San Miguel de Tucumán, 10 de marzo de 2007

Textos:
Is. 61,1-3a
2Cor. 4,1-2. 5-7
Jn. 21,15-17

Queridos hermanos y hermanas:

1. Con profunda alegría celebramos la ordenación episcopal de Monseñor Luis Urbanc y lo hacemos en comunión con el Santo Padre Benedicto XVI, que lo ha llamado al orden episcopal, a quien le damos gracias de todo corazón por este don.

Don que se refiere no sólo a la Iglesia de Tucumán, sino también a la Iglesia de Catamarca y a la Iglesia universal, de cuyo gobierno y responsabilidad será partícipe Mons. Luis conjuntamente con el colegio de los Obispos.

Todos nosotros que tenemos la gracia de participar de esta ordenación lo hacemos cuando estamos celebrando los 110 años de la diócesis de Tucumán y el cincuentenario de su elevación como Arquidiócesis.

Saludo con afecto a los Obispos presentes, a los sacerdotes, a los diáconos, a los consagrados y consagradas, a los seminaristas y a los fieles laicos.

En este momento pienso, querido Luis en tus padres y en tu tío sacerdote que el Señor ha llamado junto a sí.

Ciertamente, la ordenación episcopal significa un salto de cualidad, una novedad en tu existencia humana y espiritual, pero una novedad que está en continuidad con lo que has vivido como sacerdote.

El episcopado es una nueva llamada a la santidad, en correspondencia a la nueva efusión del Espíritu Santo, Espíritu de fortaleza, de sabiduría y de amor, que estoy por invocar sobre ti.

2. La primera lectura que escuchamos nos trasmite tres versículos del capítulo 61 de Isaías; versículos que hablan de vos, querido Luis, que eres enviado por Dios para una misión precisa y para ello recibes el don del Espíritu Santo, eres ungido y consagrado.

En este texto encontramos definida la misión del nuevo obispo. Tal misión viene del Espíritu Santo. Y la misión encomendada al nuevo obispo consiste en infundir alegría y esperanza.

El contenido de esta misión es un anuncio de salvación, que consuela y alegra, hasta el punto de cambiar el luto en fiesta y el abatimiento en un canto de alabanza.

Este es nuestro deseo: que tu anuncio sea siempre la Buena Noticia llena de consolación y capaz de alegrar y llenar de esperanza a tus hermanos.

A vos, querido Luis, se te encomienda, en este momento de la historia, un incansable ministerio de reconciliación y de consolación, de consuelo y de apoyo para tantos hermanos a quienes la vida les resulta demasiado dura y pesada.

Un anuncio capaz de quitar las tinieblas del mundo. Es verdad, que no siempre tal anuncio será escuchado y debes prepararte también para el rechazo, pero, en todo caso, es un anuncio que le pide al apóstol y al sucesor de los apóstoles permanecer siempre fiel a Cristo, y conformarse al Buen Pastor.

Tu serás el pastor que anunciarás el Evangelio a la porción de la Iglesia que se te encomienda, sabiendo que todo es Cristo para vos, así como lo ha sido a lo largo de tu vida sacerdotal, como párroco, como profesor y formador en nuestro Seminario o como asesor de movimientos laicales.

3. La segunda lectura nos recuerda a todos –Obispos, sacerdotes, consagrados y laicos- que llevamos este tesoro en vasos de barro, que somos frágiles y débiles y que tenemos necesidad de la gracia y de la misericordia de Dios. Tenemos necesidad de llevar una profunda vida interior, de recogimiento, de oración, de meditación de la Palabra de Dios, de alimentarnos con los sacramentos de la gracia.

El servidor del Evangelio, que no es la fuente, sino el canal por donde pasa la gracia, necesita un poco de esa agua que da la vida y que trasmite a los fieles.

El también tiene necesidad, como los otros y más que los otros, de la gracia de Dios. San Pablo nos dice: “Así aprendimos a no poner nuestra confianza en nosotros mismos, sino en Dios” (2 Cor. 1,9). Nuestra debilidad es el lugar donde aparece que este “poder extraordinario” - nuestro ministerio - viene de Dios y no de nosotros.

San Ambrosio le recordaba a Constanzo, apenas elegido obispo: “Llena con el agua de Cristo tu vida, a fin de que tu tierra esté humedecida y regada”.

4. La tercera lectura, el Evangelio de San Juan, indica la actitud fundamental que deberá caracterizar todo tu ministerio episcopal, esto es, el amor a Jesús y la obediencia a su mandato pastoral.

“Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?...Apacienta mis corderos”.

Esta página del Evangelio nos muestra la imagen del nuevo obispo: él deberá ser, como Jesús, un buen pastor. Esto implica dos consecuencias: Ante todo el Obispo da la vida por su pueblo. Y, también, el buen pastor conoce a su pueblo.

Querido Luis:

El Episcopado que hoy recibirás de mis manos, es un sacramento en el que debe manifestarse, de modo especial, el don. Efectivamente, el Episcopado es la plenitud del sacramento del Orden, mediante el cual eres constituido administrador y dispensador de los misterios de Dios (Cf. 1 Cor. 4,1), en favor de los hombres.

Lleva este don con humildad y confianza, con valentía y constancia. Que mediante tu servicio episcopal este don se abra a nuevos hombres, a nuevos ambientes, a nuevos tiempos.

La Iglesia existe para evangelizar, Ésta es su tarea específica y el carisma propio del obispo es la difusión del Evangelio en el mundo, un carisma que exalta y consume como una llama devoradora que le hacía exclamar a Pablo: “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Cor. 9,16).

Que la Santísima Virgen María que guió la infancia, la adolescencia y la juventud de Jesús hasta el momento de su consagración por el Espíritu Santo en el Jordán, te guíe, también a vos, a lo largo de tu vida, desde este momento en que el Espíritu Santo descenderá sobre vos para hacerte un sucesor de los Apóstoles.