Homilía de Mons. Luis H. Villalba, arzobispo de Tucumán,
en el Domingo de Ramos
1° de abril de 2007
Queridos hermanos:
1. Hoy celebramos el Domingo de Ramos con que comienza la Semana Santa. La Semana más importante del año. Vamos a vivir el misterio central de nuestra fe: la muerte y resurrección de Jesucristo.
La liturgia de hoy tiene dos partes. La primera se refiere a las palmas.
Hoy los fieles tienen en sus manos ramas de palmas y olivos. Las agitan para recordar lo que sucedió cuando Jesús llegó a la ciudad de Jerusalén. El pueblo lo reconoce, y los niños gritan: Hosanna al Hijo de David.
En aquel día se reconoció a Jesús como el Mesías. Precisamente en aquel día el pueblo cantaba y proclamaba su personalidad y su misión: “Bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor”.
Cuando los fariseos le piden a Jesús que reprenda y haga callar a sus discípulos, el Señor contesta: “Les aseguro que si ellos callan, gritarán las piedras”.
Para comprender este júbilo debemos tener presente que el pueblo había esperado durante siglos a quien le condujera, guiara y le diera plenitud de vida. El pueblo de Israel esperaba la llegada de aquel que lo salvara, del Mesías, el Enviado de Dios.
Aquel Jesús que había predicado durante tres años por los caminos de la Galilea y de la Judea, que había obrado milagros, es el Mesías esperado: aquel que hace felices nuestras almas.
Ésta es la primera parte de la liturgia, simbolizada por la bendición de los ramos y la procesión hasta la Iglesia.
2. En la segunda parte está la Misa, caracterizada por la lectura de la Pasión del Señor. La liturgia se hace de pronto triste y grave. La lectura de la Pasión nos pone delante de la cruz. Está para que todos fijemos en ella nuestros pensamientos, nuestros sentimientos.
¿Cómo se conectan esos dos recuerdos, las dos ceremonias?
La primera, de fiesta, reconoce a Jesús como nuestro Salvador.
La segunda parte parece, por el contrario, trágica, dolorosa. Nos habla del camino de Jesús hasta el Calvario, de sus sufrimientos, de su muerte crucificado.
¿Cómo se conjugan estos dos recuerdos?
El mismo Jesús intentó explicárselos a sus discípulos, aunque entonces no lo comprendieron.
El Cristo, el Mesías, que el pueblo esperaba como Salvador, como dispensador de vida y de felicidad, debía venir no por el camino del triunfo y de la gloria, sino por el camino del dolor, de la humillación, de la muerte.
¿Qué es lo que esto quiere decir?
Quiere decir que debemos poner nuestros anhelos, nuestra esperanza, no en el mundo presente, no en los bienes de este mundo, sino en el otro, en el eterno, no en la supremacía temporal y material, exterior, sino en un triunfo conseguido -como lo hizo Jesús- a costa de un sacrificio nuestro.
Sacrificio quiere decir que uno muere por otro, se inmola por el prójimo. Jesús ha muerto por nosotros. Digamos la gran palabra: ¡Jesús nos ha salvado en el amor! Jesús nos ha salvado con el don de sí mismo por nosotros; y así nos ha librado de los verdaderos males que pesan sobre nuestra vida: el pecado y la muerte.
3. Si nosotros queremos comprender nuestra vida y la dirección que debemos darle, miremos a Cristo. El consigue su triunfo dando todo lo que tiene: la sangre, la honra, su vida por nosotros. Jesús nos ha salvado en el dolor y en el amor.
Meditemos y hagamos que las palabras de San Pablo a los Filipenses, que escuchamos en la segunda lectura, entren en nuestras almas y guíen nuestras vidas.
Es decir, sintamos en nuestras almas lo que Jesucristo sintió en sí mismo. Que pase a nosotros la corriente de sus sentimientos para elevar y transformar los nuestros.
Jesús nos ha amado; ha ofrecido su vida por nosotros.
Y nosotros no podemos permanecer insensibles, indiferentes. Como el Centurión, que cuando lo vio muerto lo confesó, digamos también: ¡Verdaderamente éste era el Hijo de Dios!
Es necesario aceptar a Cristo y constituirlo como fundamente y principio de nuestra vida. Él viene para salvarnos. Es necesario creer en Cristo, tener fe en Cristo. Debemos aceptarlo como nuestro Señor y Maestro. Debemos introducirlo en nuestros pensamientos y en nuestras acciones cotidianas. Es preciso hacer de Él el centro de nuestras solicitudes, preocupaciones y esperanzas.
Tratemos de conocerlo. Ciertamente seremos deslumbrados por su luz y después hechos felices por su bondad y por su salvación.