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Homilía de Mons. Luis H. Villalba, arzobispo de Tucumán,
en la Misa Crismal
5 de abril de 2007

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. El Triduo Pascual y la comunión de los discípulos.

Esta celebración nos introduce en el tiempo más solemne de todo el año litúrgico: el Triduo Pascual, en el que reviviremos el misterio de nuestra redención, realizada con la pasión, muerte y resurrección del Señor.

En esta Eucaristía se manifiesta, con particular evidencia, la unidad del presbiterio, presidido por el obispo y formado por todos los sacerdotes seculares y religiosos.

Saludo a todos los sacerdotes. Saludo también a las comunidades de los seminarios Mayor y Menor.

¿Cómo no recordar, en este momento a los sacerdotes ancianos y enfermos que han dedicado su vida al servicio del Evangelio?

Pidamos también por el eterno descanso del P. Daniel Toledo.

En esta Eucaristía también está expresada la unidad sacramental de la arquidiócesis. El arzobispo bendice los óleos que serán llevados a las parroquias y serán usados, a lo largo del año, en los bautismos, en las confirmaciones, en las ordenaciones y en las unciones de los enfermos.

2.   Ser discípulo de Jesús es una condición de vida permanente.

En el mes de mayo próximo se desarrollará la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe de la que, si Dios quiere, participaré. El tema de la misma es: “Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida”. – Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida- (Jn. 14,6).

El gran tema de Aparecida, como lo fue en las otras Conferencias, es la Evangelización, o mejor la Nueva Evangelización.

En el postconcilio la misión, entendida como evangelización, se fue convirtiendo en la perspectiva englobante de la reflexión de las tres Conferencias anteriores: Medellín, Puebla y Santo Domingo.

Pero en Aparecida se plantea el desafío de la evangelización, no ya desde el destinatario o de los retos que nos plantea el mundo, sino desde los agentes. Aquí se destaca que la nueva evangelización no será posible sino con agentes renovados.

Sin duda que entre los agentes cualificados se destacan los sacerdotes.

Lo que se trata es de unir el discípulo y el misionero. No vamos a ser misioneros, apóstoles, pastores, sino no somos discípulos de Cristo. Para ser pastores debemos ser discípulos.

“Discípulo” y “misionero” son dos términos que mutuamente se reclaman. En la misma convivencia con Jesús, los discípulos aprenden cómo ser “apóstol” o “enviado”, para hacer, a su vez, que otros también sean discípulos de Jesús.

Jesús nos llamó para ser apóstoles, enviados, misioneros. Así nos lo dice en el evangelio de Mateo: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado” (Mt. 28,19-20).  Y esta palabra de Jesús tiene un sentido más rico si se la relaciona con otra: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes” (Jn. 20,21).

Es verdad: somos los enviados, los misioneros de Jesús. Pero primero debemos ser sus discípulos. No podremos suscitar discípulos como nos pidió Jesús, si no lo somos nosotros primero. La misión brota del ser discípulo, del “estar con él”. Jesús nos llama primero “para que estuviéramos con él”. ¿Qué significa “estar con él”? Significa ser su discípulo.

Dijo el Papa a los participantes de la reunión plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina (20/01/07): “La V Conferencia ha de fomentar que todo cristiano se convierta en un verdadero discípulo de Jesucristo, enviado por Él como apóstol… de una evangelización nueva. Nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión a fin de que la Buena Noticia arraigue en la vida y en la conciencia de todos los hombres y mujeres de América Latina”.

3.   La llamada

Lo que cuenta para llegar a ser discípulo es el llamamiento del Señor (Mc. 1, 17-20; Jn. 1,38-50).

En este Jueves Santo los invito, queridos sacerdotes, a redescubrir el “don” que hemos recibido.

Los discípulos tienen conciencia que no fueron ellos los que escogieron a su Maestro. Fue Cristo quien los eligió: “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero” (Jn. 15,16).

El Señor, a los sacerdotes, nos ha llamado por nuestro propio nombre. Su mirada se ha dirigido a cada uno, una mirada de amor, como la que se detuvo sobre Simón y Andrés, Santiago y Juan, sobre Natanael, cuando estaba bajo la higuera, o sobre Mateo, sentado en la mesa de los impuestos.

Todos los sacerdotes, los más jóvenes y los más avanzados en años, hemos de seguir meditando, de modo siempre nuevo, en el don de nuestra vocación, dando gracias por ella.

4. El seguimiento

A la elección y llamada de Jesucristo, el discípulo responde con toda su vida.

La vinculación a Cristo tiene un nombre en los Evangelio: “seguimiento”. Se trata de una respuesta de amor a una llamada de amor. Estamos “llamados a la perfección de la caridad” (LG 40). Por eso la respuesta está lejos de ser meramente intelectual.

Ser discípulo significa ponerse en el seguimiento de Jesús.
El discípulo entra en comunión de vida con Jesucristo. Los discípulos no fueron convocados para algo, sino para alguien, elegidos para vincularse íntimamente a la persona de Jesús. Jesús los eligió para “que estuvieran con Él” (Mc.3,14), para que lo siguieran con la finalidad de “ser de Él” y formar parte “de los suyos”.

Es una relación tan estrecha y personal, que Cristo la compara con la unión de los sarmientos a la vid (cf. Jn. 15,1-7).

Seguir a Jesús es entablar con Él una profunda intimidad.

Sin esta profunda intimidad no hay auténtico seguimiento. No es suficiente que su mensaje me parezca excelente y digno de ser anunciado. No es suficiente que su programa me resulte movilizador. Es el amor a la persona del Señor la que debe ser el centro de mi vida y de mi acción. Nosotros hemos sido llamados a estar con Él para amarlo y trabajar con Él y para Él.

Además Jesús nos revela que no quiere una vinculación como “siervos” (cf. Jn. 8,33), porque el siervo no conoce lo que hace su amo. Jesús quiere que el discípulo se vincule a Él como “amigo”. En la Última Cena, en el discurso de despedida, Jesús se dirigió a los Apóstoles con estas palabras: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor, yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre” (Jn. 15,13-15).

“Amigos”: así llamó Jesús a los Apóstoles. Así nos llama también a nosotros que, gracias al sacramento del Orden, somos partícipes de su sacerdocio.

5.   Nuevo estilo de vida

El discípulo experimenta que la vinculación íntima con Jesús consiste en asumir su mismo estilo de vida. Seguir a Jesús significa despojarse de su propia visión para abrazar la del Señor. Expresa un modo particular de vivir.

Ser discípulo de Jesús será “ir detrás  de Jesús” para aprender su nuevo estilo de vida, de amar y servir, para adoptar su manera de pensar, de sentir, y de actuar, al punto de experimentar que “ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gál. 2,20).

En el discurso a la Comisión para América Latina el Papa agrega: “Es importante que los cristianos profundicen y asuman el estilo de vida propio de los discípulos de Jesús: sencillo y alegre, con una fe sólida, arraigada en lo más íntimo de su corazón y alimentada por la oración y los sacramentos.

Seguir a Jesús es calcar la propia conducta a la suya, conformar la propia vida con la de Jesús.

El seguimiento no consiste únicamente en un movimiento afectivo, sino también es abrirnos, sintonizar, con los valores de Jesús.

No somos discípulos de una idea o de una doctrina, sino de Alguien que pasó por esta tierra plasmando un modo concreto de vivir.
Seguir a Jesús es hacer que los valores que gobernaban la vida de Jesús, se conviertan en valores que gobiernan mi vida. Seguir a Jesús implica interiorizar, asimilar los valores que movieron la vida y la conducta de Jesús.

Así, el seguimiento de Jesús no es un seguimiento externo, sino que debe interiorizarse, se convierte en un seguimiento espiritual.

Entonces el camino que el discípulo debe recorrer es realizar la imitación de Cristo.
Ser discípulo significa vida en Cristo.

6.   Formar parte de la comunidad de Jesús

Seguir a Jesús no es algo individual, sino una empresa comunitaria. El individualismo y el aislamiento no caben en la vida del discípulo de Jesucristo.

El llamado de Jesús a sus discípulos crea una comunión fraterna, una comunidad unida a Cristo. Jesús pidió al Padre por esta comunión: “Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn. 17,21).

El sacerdote no es un corredor solitario sino que forma una familia: el presbiterio. Por eso es importante que el sacerdote se reúna con sus hermanos sacerdotes, que comparta su vida, sus proyectos, sus trabajos.

Somos discípulos en comunión. Una comunión, ciertamente espiritual, pero no sólo espiritual, sino también pastoral, expresada en la pastoral orgánica diocesana.

En Pastores Dabo Vobis, el Papa Juan Pablo II afirma: “El ministerio ordenado tiene una radical «forma comunitaria y puede ser ejercido sólo como una «tarea colectiva»”.

El Decreto sobre el ministerio y la vida de los presbíteros del Concilio Vaticano II dice: “Ningún presbítero puede cumplir cabalmente su misión aislado o individualmente, sino tan sólo uniendo sus fuerzas con otros presbíteros, bajo la dirección de los que están al frente de la Iglesia” (PO 7). Y agrega el Concilio: “Los presbíteros, constituidos por la ordenación en el orden del presbiterado, están unidos entre sí por una íntima fraternidad sacramental; pero especialmente en la diócesis a cuyo servicio se consagran bajo el propio obispo, forman un solo presbiterio” (PO 8).

7.   La vocación sacerdotal

La vocación sacerdotal es un don de Dios que se ha de suplicar continuamente.

Jesús nos ha llamado y sigue llamando a otros muchos para que sean sus discípulos y misioneros.

Siguiendo la invitación de Jesús, hay que rogar al Dueño de la mies para que envíe obreros a su mies (cf. Mt. 9,37-38). La oración, junto con el testimonio de una vida sacerdotal entregada al Señor y a la Iglesia con alegría y generosidad, son los medios más eficaces de la pastoral vocacional. Cristo no se cansa de buscar y de llamar: éste es el origen y la fuente de la auténtica pastoral de las vocaciones sacerdotales. Los sacerdotes sintámonos sus primeros responsables, dispuestos a ayudar a quienes el Señor quiere asociar a su Sacerdocio, para que respondan generosamente a su invitación.

Queridos sacerdotes:

En esta Eucaristía renovaremos las promesas sacerdotales. Con ella deseamos que Cristo nos abrace nuevamente con su Sacerdocio.

No hay distinción entre la vida ministerial y la vida privada del sacerdote.

Jesús hace partícipe de su misión a ese mismo a quien Él vincula como su discípulo y amigo.

Pidamos la gracia de ser auténticos discípulos del Señor para poder ser sus misioneros.

Que la Santísima Virgen nos mire con particular afecto a todos nosotros, en esta fiesta anual de nuestro sacerdocio. Que infunda, sobre todo en nuestro corazón, un gran deseo de santidad.