Homilía de Mons. Luis Villalba
en la Misa de la Vigilia Pascual
7 de abril de 2007
1. Nosotros hemos venido a esta Vigilia pascual para celebrar, una vez más, el alegre anuncio de la resurrección de Jesucristo.
El punto central de la Pascua es el hecho real, preciso, excepcional, de la resurrección personal de Jesús; de Jesús el Hijo de María y Hermano nuestro, de Jesús de Nazaret, el Maestro de los Doce y de los fieles; de Jesús crucificado y sepultado, que permaneció tres días en el sepulcro y que vuelve a la vida y no muere más.
También a nosotros como a las mujeres que fueron al sepulcro de madrugada, se nos pregunta: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado”.
Y la liturgia de esta noche repite: Sí, ¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!
2. Hemos comenzado esta Vigilia Pascual con el rito de la luz y la bendición del fuego nuevo, en el que encendimos el cirio pascual, que ahora contemplamos junto al altar, y con la procesión solemne de ingreso al templo mientras cantamos: Luz de Cristo.
Luego escuchamos el antiguo y hermoso Pregón Pascual que aclama las maravillas que realizó Dios en favor de su pueblo. A continuación siguieron las lecturas del Antiguo Testamento y el canto del Gloria, mientras sonaban las campanas, que transmitían la alegría por la resurrección de Cristo.
En la carta del apóstol Pablo a los Romanos escuchamos el mensaje apostólico, que actualiza la presencia entre nosotros del Señor resucitado, y el canto del aleluya nos preparó a recibir el anuncio a las mujeres de la resurrección del Señor, proclamado en el evangelio de san Lucas.
Así, en toda la primera parte de la Vigilia, con los signos de la luz y del fuego nuevo y por medio de los cantos, la oración y las lecturas bíblicas, la Iglesia nos hace vivir nuestro encuentro con Jesús Resucitado. Un encuentro que se completa y perfecciona en la parte sacramental de la Vigilia: la liturgia bautismal y la liturgia eucarística. Estos sacramentos son, en realidad, frutos de la resurrección de Jesús.
3. Pero ¿qué es la resurrección? ¿Qué significa que Jesús, que ayer contemplamos muerto en la cruz, haya retornado a la vida?
La resurrección significa que la potencia de Dios ha dado nueva vida a Cristo muerto y sepultado y en él ha dado de nuevo la vida al mundo. No es simplemente un retornar a la vida anterior, como sucedió en la resurrección de Lázaro, sino que es algo único y definitivo que responde a las esperanzas y anhelos humanos de que la muerte no sea la última palabra de nuestra existencia. Por el contrario, la resurrección de Jesucristo significa que nuestra existencia está abierta a un futuro de eternidad, de alegría, de paz, de comunión con Dios y entre nosotros.
La resurrección de Cristo es un hecho de alcance universal: no sólo le alcanza a él, sino que nos alcanza, también, a nosotros.
Jesús ha vencido a la muerte por mí, por cada uno de nosotros, por todos los hombres y mujeres de la tierra.
La resurrección toca a nuestra vida y es principio de una doble resurrección: la de la gracia en el tiempo y la de la gloria en la eternidad.
Jesús resucitado es el inicio de todo. Todo en él es restituido a Dios, todo en él es salvación para nosotros, posibilidad de vivir una vida nueva.
Jesús resucitado hace de nosotros personas renovadas, transfiguradas.
4. ¿Pero cómo se realiza nuestra participación en su misterio pascual de muerte y resurrección? ¿Cómo entra en nosotros la fuerza de la resurrección?
La respuesta es simple. Participamos de la resurrección de Cristo mediante la fe y los sacramentos, a partir del bautismo.
Por eso en esta celebración, dentro de poco, tendrá lugar la liturgia bautismal, en la que bendeciremos el agua con que se realizarán los bautismos. Además, recordando y actualizando nuestro bautismo, renovaremos nuestras promesas bautismales. De esta manera renovaremos tambié nuestro compromiso de vivir como bautizados, es decir, como hombres y mujeres que han renacido a una vida nueva.
Recordemos que el sentido y el efecto del Bautismo es operar en nosotros una resurrección, una infusión de vida sobrenatural, que nos compromete a una vida nueva que se llama precisamente cristiana.
El cristianismo es renovación: una renovación que desciende a lo íntimo de nuestro ser y nos da nuevos principio y hábitos de vida. Una renovación que se extiende a todos los ámbitos de la vida humana: la vida privada y la pública.
5. El fruto de la resurrección es la alegría, reflejo del gozo del Señor.
Hablar de alegría no significa ignorar el dolor, el sufrimiento, la muerte, sino descubrir el sentido de la cruz.
Es la alegría de ser nuevas criaturas, de vivir la certeza de estar resucitados, la alegría de poder leer la historia desde adentro, la alegría de valorar las cosas y las personas según su dimensión definitiva, la alegría de saber que se acerca el encuentro definitivo con Cristo.
Por tanto en esta Vigilia se nos encomienda un gran compromiso: decir al mundo que Jesús ha resucitado. Nosotros saldremos de esta Vigilia para llevar a nuestros hermanos la esperanza y la luz de Cristo resucitado.
Debemos irradiar, en un mundo paralizado por el pesimismo, por las lamentaciones y por la tristeza, el gozo pascual.
Quien nos encuentre tiene derecho a ver en nosotros un nuevo estilo de vida, un nuevo modo de comprender y de realizar la historia.
Cada uno que se encuentre con nosotros tiene derecho a ver en nosotros una alegría profunda y una esperanza firme. Quien se encuentre con nosotros tiene derecho a escuchar de nuestros labios el anuncio que hemos recibido en esta noche:
- que Jesús ha
- resucitado y vive,
- que viene a nuestro encuentro,
- que ha inaugurado una nueva vida para Él y para la humanidad entera, porque la resurrección de Jesús se extiende a todo el mundo.
En Jesús se encuentra el sentido de nuestra vida, se resuelven nuestros dramas, se entienden nuestros sufrimientos, se realiza nuestra esperanza.
Les deseo que la Pascua sea de verdad para cada uno de ustedes el comienzo de una vida nueva, en la familia, en el trabajo, en la sociedad, en la Iglesia, porque Cristo, nuestra vida ha resucitado.
Que la Santísima Virgen María, la primera que saltó de gozo por la resurrección de su Hijo, ponga en nuestros labios y en nuestro corazón el canto del aleluya todos los días de nuestra vida.