Homilía de Mons. Luis Villalba
en la Misa Crismal
20 de marzo de 2008
Queridos hermanos y hermanas, queridos sacerdotes:
1. En esta Misa Crismal, nosotros hacemos memoria y damos gracias por el don de nuestro sacerdocio.
Saludo a todos los sacerdotes presentes. Saludo también a los sacerdotes que este año se incorporan a nuestro presbiterio.
Recemos por los sacerdotes enfermos y pidamos por el eterno descanso de los sacerdotes últimamente fallecidos: los padres Guillermo Tiburcio Larcher, de los franciscanos, y Pablo Montero, monje de la Abadía de El Siambón, y Pedro Ottogalli, de los salesianos.
Un recuerdo para aquellos que este año celebrarán sus bodas de oro: el Padre Domingo Pellegrino y el Padre Juan Suárez, Redentorista; por su parte, el Padre Francisco Urbanc celebra sus 25 años de ordenación sacerdotal.
Además, hay un acontecimiento extraordinario porque el padre Juan Vercellone, salesiano de la comunidad del Colegio Tulio García Fernández, hace pocos días, precisamente el pasado sábado 15, cumplió cien años de vida, teniendo 82 años de vida religiosa.
Por todos ellos oremos al Señor.
En esta Misa bendeciremos los óleos que servirán para los bautismos, las confirmaciones, las ordenaciones presbiterales y las unciones de los enfermos, esto es, servirán para la celebración de los sacramentos, mediante los cuales la misión de Jesús –consagrado por la unción para llevar la Buena Noticia a los pobres, anunciar la liberación a los cautivos, dar la vista a los ciegos, librar a los oprimidos-, viene confiada a nosotros.
Hoy los sacerdotes, sostenidos por la oración del Pueblo de Dios, renovarán sus compromisos de entrega a Jesucristo y de dedicación a la Iglesia diocesana.
2. En la primera lectura y en el Evangelio hay una palabra que quiero meditar con ustedes.
Es la palabra que indica el origen de la misión recibida por el profeta y que dice: “El Señor me envió” (Is. 61,1). El Señor se la aplica a sí mismo cuando lee el pasaje de Isaías en la sinagoga de Nazaret: “El me envió a llevar la Buena Noticia” (Lc. 4,18).
Esta frase expresa la conciencia de un mandato, de un envió, de una misión: “Me ha enviado”.
Yo te envió es la palabra que determina la vocación de Moisés: “Ahora ve, yo te envío al Faraón para que saques de Egipto a mi pueblo, a los israelitas” (Ex. 3,10). Y con esta credencial Moisés debe presentarse a sus hermanos: “Tú hablarás así a los israelitas. El Señor, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, es el que me envía” (Ex. 3,15).
En el origen de la vocación de Isaías está la pregunta del Señor: “¿A quién enviaré y quién irá por nosotros? Yo respondí: ¡Aquí estoy envíame! Ve, me dijo” (Is. 6,8-9).
A Jeremías se le dirá: “No digas: «Soy demasiado joven», porque tú irás adonde yo te envíe” (Jer. 1,7).
Ezequiel oye la palabra: “Hijo del hombre, yo te envío a los israelitas, a un pueblo de rebeldes que se han rebelado contra mí hasta el día de hoy” (Ez. 2,3).
Así la conciencia de la misión personal recibida de Dios es característica esencial del profeta y su fuerza frente a las contrariedades y a los rechazos.
En el Evangelio Jesús se presenta como enviado de ese Dios del que habla Isaías.
En los sinópticos muchas veces Jesús expresa esta conciencia diciendo: “Vayamos a otra parte, porque para eso he venido” (Mc. 1,38); “Yo he venido a traer fuego a la tierra, ¡y cómo desearía que estuviera ardiendo!” (Lc. 12,49); “No piensen que he venido a traer la paz, sino la espada” (Mt. 10,34); “Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mc. 2,17); “Porque el Hijo del hombre vino a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc. 19,10); “Porque el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar la vida en rescate por una multitud” (Mc. 10,45).
En el Evangelio de Juan, Jesús repetidas veces expresa su conciencia de ser enviado por el Padre. Su único deseo es “Hacer la voluntad de aquel que m envió” (Jn. 4,34); “Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió” (Jn. 9,4); “Poco tiempo estaré con ustedes y me iré a aquel que me envió” (Jn. 7,33).
San Pablo lo resume en esta frase: “Pero cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo” (Gál. 4,4).
3. Jesús trasmite a sus apóstoles y discípulos esta conciencia de ser enviado: “Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos” (Mc. 6,7); “Después de esto, el Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir” (Lc. 10,1).
De muchos modos se expresa la misión confiada a los discípulos. Los discípulos se sienten enviados para cosechar el grano maduro (cf. Mt. 9,38 y Jn. 4,38). Son enviados para invitar a todos a las bodas del hijo (cf. Mt. 22,3). Son enviados para hacer discípulos a todas las naciones (cf. Mt. 28,19).
Pero lo esencial es que los apóstoles tengan siempre la conciencia de ser enviados por Jesús, así como Jesús es enviado por el Padre: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envió a ustedes” (Jn. 20,21).
También nosotros somos enviados por el Señor para una misión. Somos enviados para predicar.