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Homilía de Mons. Luis Villalba
en la Misa de la Vigilia Pascual 2008

22 de marzo de 2008

 

Queridos hermanos:

1.   Después de haber acompañado a Jesús, el Viernes Santo, en su Pasión y Muerte en la Cruz, y después de haber estado en silenciosa meditación el Sábado Santo acompañando a Jesús en el sepulcro, ahora nos encontramos reunidos para celebrar la Vigilia pascual.

Esta noche hemos vuelto a escuchar el anuncio del Ángel a las mujeres: “No teman, yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado. No está aquí porque ha resucitado como lo había dicho. Vayan a ver el lugar donde estaba y vayan enseguida a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos”.

La Iglesia nos ha preparado para este acontecimiento durante toda la Cuaresma y, en particular, con la Vigilia de esta noche: con la bendición del fuego en la puerta de la Iglesia y el rito de la luz; con el Pregón Pascual que exulta por las maravillas obradas por Dios a lo largo de la historia; y con las lecturas bíblicas.

Todas las lecturas del Antiguo y del Nuevo Testamento se refieren al anuncio central de la Resurrección de Jesucristo.
Estas lecturas nos recuerdan el camino trazado por Dios a través de todos los acontecimientos de la historiad de la salvación, desde la creación del mundo, para realizar su Plan de salvarnos en Cristo muerto y resucitado.

A la luz de este Plan comprendemos la obra de la creación, el sacrificio de Abraham, el éxodo de Egipto, el paso del mar Rojo, la predicación de los Profetas.

Cada acontecimiento, cada palabra nos muestran el amor misericordioso de Dios por la humanidad y su deseo de hacernos participar a cada uno de nosotros de la vida de su Hijo Jesucristo y de hacernos pasar de la oscuridad de la muerte a la luz de la vida.

También alrededor nuestro hay oscuridad: está la noche de la violencia y la inseguridad, del egoísmo y de la exclusión social para muchos hermanos nuestros, del juego y de la droga, del desprecio por la vida desde su concepción hasta muerte natural y del ataque a la familia fundada en el matrimonio.

Pero en esta Vigilia, la oscuridad es vencida por la luz del Resucitado y se nos da a cada uno la posibilidad de ser inundados por esta luz. Esta luz es fuente de alegría y gozo.

También nosotros queremos experimentar la alegría vivida por los primeros discípulos ante la Resurrección de Jesús.

2.   De las lecturas que hemos escuchado me detengo brevemente en la página evangélica.

El anuncio pascual se abre con una teofanía: se produce un gran temblor y un ángel del Señor, bajó del cielo, hizo rodar la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella.

María Magdalena y la otra María habían ido al sepulcro para ungir con perfumes el cuerpo del Señor.

Entonces escuchan el anuncio del ángel y el evangelista dice: “llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y corrieron a dar la noticia a los discípulos”.

Ellas son las primeras misioneras que anuncian la Buena Noticia de la Resurrección del Señor. Así se convierten en testigos de la Resurrección.

El cristiano, como nos enseña el documento de los Obispos en Aparecida, es discípulo y misionero del Señor.

El cristiano, hombre nuevo que ha encontrado al Señor, debe salir también a anunciarlo a sus hermanos.

Toda la vida cristiana consiste en buscar al Señor, dejarse transformar por Él y salir después a comunicarlo en la vida de todos los días.
Cristiano es aquel que busca al Señor, pero que lo busca en la fe. Por eso la Pascua, que nos transforma en nueva criatura, en hombres nuevos, tiene que hacernos luminosos por la fe.

La resurrección de Jesucristo es verdaderamente la realidad que cuenta y da sentido a nuestra vida como canta el Pregón Pascual:
“Esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos.

¡Qué noche tan dichosa en que se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino!”.

Jesucristo resucitó para construir un mundo nuevo, la civilización del amor a pesar de la resistencia del Maligno.

El Señor nos concede la gracia de ser hombres y mujeres de la resurrección, como las mujeres del Evangelio, y de caminar, llenos de alegría, no hacia el sepulcro vacío, sino hacia la vida para proclamar a todos nuestros hermanos que Jesucristo ha resucitado y que hemos sido liberados del pecado para vivir la vida nueva de la gracia.

Dentro de unos momentos participaremos de la liturgia bautismal, que es parte de la liturgia pascual. Ella nos hace tomar conciencia que todo cristiano, todo bautizado, participa de la muerte de Cristo y de su resurrección naciendo a la vida nueva de la gracia que nos hace hijos de Dios.

Todos renovaremos las promesas bautismales con la renuncia a Satanás y haremos la profesión de fe, no sólo proclamada con las palabras sino con la vida de cada día.
Pidamos a la Santísima Virgen, que fue la primera que se alegró con la resurrección de su Hijo, que nos conceda la gracia de abrirnos a Jesús y vivir con fidelidad nuestra vocación cristiana.