Homilía en la Misa de apertura del año en el Seminario mayor
13 de marzo de 2009
Queridos hermanos:
1. Con la celebración de la Santa Misa damos comienzo al nuevo año en nuestro Seminario Mayor. Quiero dar la bienvenida a todos y, especialmente, a los seminaristas que se incorporan al Seminario.
Un saludo cordial a los superiores, a los profesores y a los que trabajan en esta comunidad.
En esta Eucaristía vamos a pedir al Señor por la intercesión de la Ntra. Sra. de la Merced y de San José para que bendiga a la comunidad del Seminario a lo largo de este año.
2. En el Evangelio escuchamos la parábola de los viñadores homicidas (cf. Mt. 21,33-46).
En la parábola Jesús comienza repitiendo el canto de la viña de Isaías 5,2. El canto termina diciendo que cuando llegó el tiempo de los frutos, en vez de uvas dulces, dio uvas ácidas.
El propietario de la viña es Dios y la viña es Israel. Dios cultivó a Israel, lo había sacado de la esclavitud de Egipto, había establecido una Alianza con él, convirtiéndolo en su Pueblo.
La parábola de Jesús introduce una variante. El propietario entrega la viña a unos arrendatarios que se niegan a entregar los frutos que ésta ha producido.
Estos labradores no solamente no pagan sino que además actúan de una manera criminal. Por último el propietario envía a su propio hijo a quien matan los viñadores.
En esta parábola hay una clara alusión a la historia de Israel y a su comportamiento con los enviados de Dios, los profetas y su propio Hijo.
Al principio los interlocutores no captan el verdadero sentido de la parábola. Piensan que Jesús les plantea un problema jurídico. Por eso cuando Jesús les pregunta: “Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?”. Ellos responden: “Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros que le entregarán el fruto a su debido tiempo”.
Entonces Jesús les descubre el sentido de la parábola. Les habla a los sacerdotes y a los fariseos y les dice: “A ustedes se les quitará…”.
Como dijimos, esta parábola es una enseñanza sobre la historia de la salvación.
La viña ya no es Israel, sino la Iglesia formada por fieles venidos de la gentilidad.
Pero podemos aplicar la parábola a cada uno de nosotros.
El Reino de Dios es una realidad que nos es dada a cada uno de nosotros. Nosotros recibimos la gracia, la fe, el bautismo, la vocación para que produzcamos fruto.
¿Entregamos puntualmente los frutos que el Señor nos exige?
3. Queridos seminaristas:
Ustedes viven la belleza de la llamada. El corazón, lleno de asombro, les hace decir en la oración: “Señor, ¿por qué precisamente a mí?”. Pero el amor no tiene un “porqué”, es un don gratuito al que se responde con la entrega de sí mismo.
El Seminario es un tiempo destinado a la formación.
La formación, como lo saben, tiene varias dimensiones que convergen en la unidad de la persona y comprende el ámbito humano, espiritual, cultural y pastoral.
Ustedes están aquí para prepararse a ser pastores del Pueblo de Dios.
Que estos años de formación constituyan un tiempo importante para prepararse a la entusiasmante misión a la que el Señor los llama.
El sacerdote está llamado a imitar a Jesús “que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Mt. 20,28).
El Seminario es un tiempo de búsqueda, de descubrimiento de Cristo. Sólo si tienen un encuentro, una experiencia personal con Cristo, podrán anunciarlo.
Vivan la urgencia de cultivar una profunda vida interior y un contacto personal y constante con Cristo en la oración, en la contemplación. Tengan un anhelo sincero de santidad.
El Seminario les ofrece un espacio de desierto, de soledad, de silencio, para escuchar la voz del Señor que quiere hablarles al corazón. Un tiempo para rezar.
En efecto, Dios no habla en voz alta, sino en voz baja. Dios habla en el silencio como le sucedió a Elías (Cf. 1 Rey. 19, 11-13). El Señor no le habló ni en el viento huracanado, ni en el terremoto, ni en el fuego. El Señor le habló a Elías en el rumor de una brisa suave y le dijo: “¿Qué haces, aquí, Elías?
Por tanto, para escuchar al Señor hace falta un clima de silencio. Por eso el seminario les ofrece un tiempo de oración diaria, un tiempo para la celebración litúrgica y un tiempo para la adoración eucarística.
También el Seminario, les ofrece muchas horas para estudiar.
Es necesario un estudio profundo de la Sagrada Escritura, como también de la fe y de la vida de la Iglesia.
Este estudio, a veces, puede parecer pesado, pero constituye una parte insustituible de nuestro encuentro con Cristo y de nuestra llamada a anunciarlo.
Orando y estudiando deben ir creciendo como hombres de Dios, que es lo que la gente espera del sacerdote.
También quiero señalar la importancia de la vida comunitaria.
La formación al sacerdocio implica aprender a vivir en comunidad.
El sacerdote debe ser un constructor de la comunidad.
Los apóstoles se formaron junto a Jesús, viviendo en comunidad.
Entonces les pido vivan en familia en el Seminario, que es la anticipación de la fraternidad sacerdotal que el día de mañana vivirán en el presbiterio diocesano (cf. PO 8).
El Seminario es un tiempo de preparación para la misión.
Ustedes, después de un tiempo de preparación, de formación, serán enviados para ser misioneros de Cristo.
Recuerden siempre las palabras del Señor: “Permanezcan en mi amor” (Jn. 15,9). Si permanecen en Cristo y con Cristo darán mucho fruto (cf. Jn. 15,16).
Mons. Luis Villalba
Arzobispo de Tucumán
13 de Marzo de 2009