Homilía de Mons. Luis Villalba
en el quinto Domingo de Cuaresma
celebrando el Día del Niño por Nacer
Sábado 28 de Marzo de 2009
Queridos hermanos:
1. Hoy celebramos el quinto domingo de Cuaresma.
El Evangelio que acabamos de escuchar nos narra la resurrección de Lázaro, el hermano de María y de Marta.
La resurrección de Lázaro no significa que participe ya de la resurrección futura, sino que vuelve transitoriamente a la vida terrena, pero Lázaro volverá a morir.
La resurrección de Lázaro es un signo. Este retorno a la vida de Lázaro es un signo de que Jesús es “la Resurrección y la Vida”. Es un signo de que Cristo nos abre la posibilidad de una vida nueva.
Todos amamos la vida. Todos deseamos vivirla en plenitud.
Ninguna otra palabra como el término “vida” resume las aspiraciones, los deseos y los anhelos más profundos del corazón del hombre.
Dios ha creado al hombre para la inmortalidad.
La muerte es el fruto del pecado. Así lo explica San Pablo: “Por lo tanto, por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte” (Rom. 5,12); “Porque lo que provoca la muerte es el pecado” (1 Cor. 15,56).
2. ¿Qué significa la resurrección de Lázaro?
Significa que Dios en Jesucristo nos salva y nos da la verdadera vida.
Debemos renovar nuestra fe en Jesucristo, Señor de la vida y de la muerte. Jesús tiene poder sobre la muerte, porque Él es la Vida. Debemos renovar nuestra fe en Jesucristo que nos salva. Una salvación que alcanza a todo el hombre: su alma y su cuerpo.
Esto lo hace no eliminando la enfermedad y la muerte física, sino rescatándolas hacia la vida. Como dice el Apocalipsis: “no habrá más muerte, ni pena, ni queja, porque todo lo de antes pasó” (Ap. 21, 4). Y San Pablo afirma: “El último enemigo que será vencido es la muerte” (1 Cor. 15,26).
Jesús ha venido para dar respuesta definitiva al deseo de vida que Dios ha inscripto en el corazón del hombre.
Jesús dijo: “Yo soy la Vida” (Jn. 14,6) y también: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn. 10,10).
¿Pero que vida? Se trata de la misma vida de Dios que supera todas las aspiraciones del hombre: “Nosotros anunciamos, como dice la Escritura, lo que nadie vio ni oyó y no siquiera puede pensar, aquello que Dios preparó para los que lo aman” (1 Cor. 2,9).
Se trata de la vida eterna.
¿Dónde y cómo podemos encontrar esa vida?
Por el Bautismo ya somos hijos de Dios (cf. 1 Jn. 3,1-2).
El Papa en Aparecida nos recordó que “con esta vida divina se desarrolla también en plenitud la existencia humana, en su dimensión personal, social y cultural”.
En este sentido la fe tiene una proyección social. La fe debe mostrar toda su eficacia en la transformación de la vida humana. Nuestra fe debe ordenar las realidades temporales conforme al Evangelio.
3. El 25 de marzo pasado recordamos a Jesús que se hace hombre y es lo que llamamos el misterio de Encarnación. La vida de Jesús comienza a gestarse en el seno maternal de la Virgen María.
Precisamente por eso, recordando la Encarnación del Señor, cada 25 de marzo celebramos el “Día del Niño por Nacer”.
El “Día del Niño por Nacer” fue instituido para reforzar el respeto que se debe a toda persona humana desde el momento mismo de su concepción en el seno de su madre.
Con esta fecha buscamos exhortar a todos a tomar conciencia de la responsabilidad de defender la vida en todas sus etapas.
Este día es para dar gracias a Dios por el don de la vida.
4. La defensa de los derechos humanos fundamentales debe ser preocupación de todos los ciudadanos. El primero de ellos es, precisamente, el derecho a la vida, que debe ser protegida desde la concepción hasta la muerte natural.
El derecho a la vida no es una cuestión ideológica, ni de religión, es un derecho natural.
La ciencia nos enseña que la concepción genera una nueva vida humana con su propio código genético, distinto al de los padres. Si hay código genético distinto, hay una vida humana distinta que tiene la misma dignidad que la de sus progenitores. La criatura humana que se desarrolla en el seno de la madre no es una parte de su cuerpo, de la cual pueda disponer a su voluntad. Cortar este proceso natural por medio del aborto equivale a destruir una vida cuyo desarrollo es autónomo, continuo y progresivo. Por tanto su destrucción constituye un crimen.
Debemos respetar la vid humana en el seno materno y en todas las etapas de su existencia.
Defendemos la vida del niño por nacer y la defendemos también en el niño ya nacido, sobre todo cuando es más necesario, en los casos de abandono, de falta de un hogar, de protección, de alimentación y de educación; la defendemos ante quienes padecen la exclusión social o la marginación, y se ven expuestos a que el valor de sus vidas no sea reconocido con toda su dignidad, la defendemos contra toda forma de explotación de niños y niñas.
También defendemos a la mujer embarazada y la atención integral de la mujer contra la violencia y toda clase de explotación, contra la prostitución y el abuso en el trabajo.
Se debe, asimismo, asegurar y promover la protección de la familia y respetar su derecho a elegir libre y responsablemente la procreación y la educación de sus hijos.
La familia es el santuario de la vida. La familia está llamada a custodiar y proteger la vida. La familia, Iglesia doméstica, debe anunciar, celebrar y servir el Evangelio de la Vida.
El documento de Aparecida nos recuerda que somos “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él, tengan vida”. Una vida digna y plena, divina y humana.
Sólo así manifestaremos que la vida en Cristo sana, fortalece y humaniza.
Invoquemos a la Santísima Virgen María, cuya fiesta de la Anunciación celebramos el pasado 25, para que asista y acompañe a todas las familias y a todos los niños por nacer.
Mons. Luis Villalba
Arzobispo de Tucumán
28 de Marzo de 2009