Homilía de Mons. Villalba
en la Misa del domingo de Ramos
5 de abril de 2009
Queridos hermanos:
1. Hoy comenzamos la Semana Santa, la semana más importante del año litúrgico.
En esta Semana celebraremos el misterio pascual de Jesús, es decir su muerte y resurrección por la salvación del mundo. Celebraremos el cumplimiento de su misión. Para esto vino el Señor: para dar su vida por la salvación de todos los hombres.
Hoy celebramos la entrada de Jesús en Jerusalén, donde pasará los últimos días de su vida terrena. Jesús entra en Jerusalén donde va a morir por nosotros.
El Evangelio de Juan, que escuchamos antes de la bendición de los Ramos, nos cuenta el ingreso triunfal de Jesús en la ciudad de Jerusalén. La multitud, enterada de que Jesús se dirigía a Jerusalén, sale a recibirlo con ramos de olivo en sus manos y gritando: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, el rey de Israel!” (Jn. 12,13).
Este es el hecho que nosotros recordamos y que hemos evocado con la procesión de las palmas y los olivos y la procesión al comienzo de esta celebración.
2. Dispongámonos a vivir religiosamente estos días de la Semana Santa. Tratemos de participar de las celebraciones litúrgicas. Que sean días de recogimiento y oración.
Hoy la Iglesia nos pone en este clima proclamando en la misa de este domingo el Evangelio de la Pasión que relata San Marcos.
No es posible comentar todo el texto. Les recomiendo leerlo y meditarlo en sus casas a lo largo de la semana.
Ahora me limitaré a detenerme en algunos pasajes de la Pasión.
Cuando Jesús se sienta a la mesa en la Última Cena con sus discípulos ya sabe que Judas lo va a traicionar, por eso dice: “Les aseguro que uno de ustedes me entregará, uno que come conmigo” (Mc. 14,18).
Jesús sabe, también, que los otros discípulos lo abandonarán. Así dice: “Todos ustedes se van a escandalizar, porque dice la Escritura: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas” (Mc. 14,27).
Jesús sabe que Pedro lo negará. Este apóstol era un hombre generoso y se creía capaz de defender a Jesús contra sus adversarios, habiéndose jactado: “Aunque todos se escandalicen, yo no me escandalizaré” (Mc. 14,29). Pero Jesús, que sabe lo que sucederá, le anticipa: “Te aseguro que hoy, esta misma noche, antes que cante el gallo por segunda vez, me habrás negado tres veces” (Mc. 14,30).
Jesús sabe todo esto: va a la Pasión traicionado por Judas, abandonado por sus discípulos y negado por Pedro.
Jesús en la Última Cena anticipa su Pasión. La Eucaristía es hacer presente la Pasión del Señor.
Jesús toma el pan y después de dar gracias a Dios, lo parte y lo da a los discípulos diciendo: “Tomen, esto es mi Cuerpo”. Después toma una copa, da gracias y la entrega diciendo: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos” (Mc. 14,22-24).
Con estas palabras y estos gestos, Jesús hace presente, anticipándola, la Pasión. Hace de la Pasión la ocasión del amor más grande, como dice san Juan: Jesús “que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn. 13, 1).
Cada vez que celebramos la Misa, debemos recordar que en ella está presente la Pasión de Jesús como expresión de amor hacia nosotros.
3. Luego Jesús va a Getsemaní, al Huerto de los Olivos, a orar.
Jesús se siente solo. Los discípulos se duermen: “Después volvió y encontró a sus discípulos dormidos”.
Siente una gran angustia. El Señor ha asumido verdaderamente nuestra naturaleza humana y, por tanto, todas nuestras angustias y miedos. Siente esta angustia, su alma está triste, siente una tristeza de muerte y reza. “Mi alma siente una tristeza de muerte” (Mc. 14,34), dice.
Entonces pide al Padre que lo ayude, pero no impone su voluntad: “Abbá –Padre- todo te es posible: aleja de mi este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”(Mc. 14,36).
Jesús se pone en las manos del Padre. Y el Padre dispone que el modo de salvar al mundo sea la muerte en la cruz.
La Pasión de Jesús, y su muerte en la cruz, es un acontecimiento doloroso desde el punto de vista humano. Pero, por el contrario, es un acontecimiento positivo, lleno de gracia.
La Pasión es la prueba del amor de Dios por nosotros.
La Pasión es nuestra salvación.
4. Jesús va a la Pasión con libertad
La Pasión no es un accidente en la vida de Jesús. Jesús se entregó a la muerte porque él quiso. Lo predijo claramente: nadie me quita la vida “sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre” (Jn. 10,12). La cruz es un designio del Padre. Pertenece a la voluntad del Padre.
En la cruz, Jesús ve la consumación de su itinerario: “Todo se ha cumplido. E inclinando la cabeza, entregó su espíritu” (Jn. 19,30).
En el Huerto de Getsemaní, al terminar la oración, va al encuentro de Judas. No huye ni se oculta como otras veces. Dice a Pedro, Juan y Santiago: “¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar” (Mc. 14,42).
Jesús va a la Pasión solo
Sus discípulos lo abandonan. Ni siquiera fueron capaces de velar con Él en la oración. Vino dos veces a pedirles que rezaran y duermen. Y terminan dispersándose: “Entonces todos lo abandonaron y huyeron” (Mc. 14,50).
El Evangelio nos dice que la Virgen conservaba y meditaba estas cosas en su corazón.
Para comprender el sentido profundo de la Pasión es necesario que también nosotros meditemos en silencio estas cosas, que oremos y que las conservemos en nuestro corazón.
“Señor Jesús, que por amor a nosotros vas a la Pasión, concédenos que nos dejemos atraer por ti,
para seguirte a donde quieras llevarnos”.
Amén.
Mons. Luis Villalba
Arzobispo de Tucumán
5 de Abril de 2009