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Homilía de Mons. Luis H. Villalba, arzobispo de TUCUMÁN,
en la Misa con jóvenes después del Vía Crucis
Miércoles Santo, 8 de abril de 2009

 

Queridos jóvenes:

1.   Acabamos de recorrer las calles de la ciudad celebrando el Vía Crucis, es decir, el camino de la cruz que hizo el Señor, en Jerusalén, desde que fue detenido hasta ser crucificado.

Humanamente hablando, la muerte de Jesús fue un fracaso. Sin embargo, desde la fe, sabemos que fue su glorificación. Porque la cruz fue el paso para la resurrección. Cristo murió y resucitó.

Al Viernes Santo le sigue el domingo de Pascua. Pascua significa “paso”. Es el paso de la muerte a la vida.

La Iglesia anuncia que está vivo: aquel que ha muerto en la cruz, Jesucristo, ha resucitado y vive para siempre.

 

2.   Esta noche quiero hablarles de la esperanza.

La cuestión de la esperanza está en el centro de nuestra vida. Todos advertimos la necesidad de la esperanza.

La juventud, en particular, es tiempo de esperanza,  porque mira hacia el futuro.

El joven tiene ideales, sueños, proyectos para el futuro.

Se pregunta:

Todos nos preguntamos ¿dónde encontrar la llama de la esperanza?

El Papa, en su Mensaje con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, nos dice que “la política, la ciencia, la técnica, la economía o cualquier otro recurso material por sí solos no son suficientes para ofrecer la gran esperanza a la que todos aspiramos”.

En el Evangelio acabamos de escuchar el relato de los discípulos de Emaús. Dos discípulos abandonan la comunidad después de la muerte de Jesús. Se van, están  tristes. Están heridos en su esperanza. ¿Por qué? Ellos nos dan la respuesta: “Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel” (Lc. 24,21).

Estos discípulos tenían sus propias esperanzas humanas: esperaban un Mesías a la medida de sus ambiciones; lo querían comprometido en la búsqueda de soluciones materiales, del bienestar económico y político. La muerte de Jesús no era compatible con estos proyectos. Entonces se comprende su profunda desilusión. Viven una crisis de esperanza, a pesar de que Jesús les había dicho: “El Hijo del hombre debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día” (Lc. 9,22).

 

3.   A ustedes, jóvenes, que buscan una esperanza firme, les digo lo que San Pablo escribió a los cristianos de Roma: “Que el Dios de la esperanza los llene de alegría y de paz en la fe, para que la esperanza sobreabunde en ustedes por obra del Espíritu Santo” (Rom. 15,13).

En este año dedicado a San Pablo aprendamos de él a vivir y ser testigos de la esperanza cristiana.

Cuando San Pablo se encontraba en medio de dificultades y pruebas de todo tipo escribió a su discípulo Timoteo: “Hemos puesto nuestra esperanza en el Dios viviente” (1 Tim. 4,10).

¿Cómo nació en Pablo esta esperanza? A partir del encuentro con Cristo en el camino de Damasco. Después de aquel encuentro la vida de Pablo cambió radicalmente. Un día llegará a decir: “La vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gál. 2,20).
De perseguidor de los cristiano, Pablo se convirtió en testigo y misionero de Jesucristo.

Para San Pablo la esperanza no es sólo un ideal, es una persona viva: Jesucristo, el Hijo de Dios. Cristo es nuestra verdadera esperanza: Cristo que vive en nosotros  y con nosotros y nos llama a participar de su misma vida eterna.

La esperanza cristiana consiste en aspirar al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en la gracia del Espíritu Santo (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1817).

Jesús, así como se encontró con Pablo, quiere encontrarse con cada uno de ustedes. Abran sus corazones al Señor. El encuentro con Cristo nos cambia la vida.

Recen, den espacio en sus vidas a la oración. La carta pastoral que escribí este año se refiere, precisamente, a la oración. Traten de trabajar esta carta en sus grupos.

Participen de la Misa dominical donde nos encontramos y nos alimentamos con el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo.

Lean y mediten la Palabra de Dios.

Si se alimentan de Jesucristo y viven en Él no podrán dejar de hablar de Él y harán que otros jóvenes se encuentren con el Señor.

Queridos jóvenes:
Si son verdaderamente discípulos y amigos de Jesús serán sus misioneros.

Si Jesús se ha convertido en la esperanza de ustedes, denlo a conocer a otros jóvenes que están en búsqueda de la “gran esperanza” que dé sentido a sus vidas.

Que la Santísima Virgen los acompañe y los conduzca a Jesucristo, nuestra Esperanza.

Mons. Luis Villalba
Arzobispo de Tucumán
8 de Abril de 2009