HOMILÍA EN LA MISA CRISMAL
Jueves Santo, 9 de abril de 2009
Queridos hermanos y hermanas en la fe, Queridos hermanos en el sacerdocio ministerial:
1. Como todos los años nos reunimos el Jueves Santo por la mañana para celebrar la Misa Crismal en donde revivimos la institución del sacramento del sacerdocio, juntamente con el sacramento de la Eucaristía.
En esta celebración se expresa, con particular evidencia, la unidad sacerdotal, presidida por el Obispo y formada por todos los presbíteros de la arquidiócesis.
También en esta Eucaristía se manifiesta la unidad de todo el pueblo de Dios de nuestra Arquidiócesis. El obispo bendecirá los óleos que serán llevados a las parroquias y que se utilizarán, a lo largo del año, para la celebración de los bautismos, de las confirmaciones, de las ordenaciones y de las unciones de los enfermos.
Hoy, ustedes, sostenidos por la oración de todo el Pueblo de Dios, renovarán sus compromisos de entrega a Cristo y de dedicación a la Iglesia arquidiocesana.
Saludo cordialmente a todos los sacerdotes, especialmente a los monseñores José Arbó y Luis Randisi y al P. Cirilo Gómez, de los salesianos, que este año celebran sus bodas de oro sacerdotales y a Mons. José Passarell y a los presbíteros Guillermo Benzi, Daniel Cano, Horacio Gómez y Luis Pacheco y al padre Adair Pasini, rogacionista, que festejan sus bodas de plata sacerdotales.
Si Dios quiere, yo celebraré mis bodas de plata episcopales. Les ruego que recen por mí.
Tengamos presente a los sacerdotes enfermos y recemos por los sacerdotes difuntos en el último año: los padres Pío Donnelly, de los mercedarios, y Juan Vercellone, salesiano.
Saludo, también, a las comunidades del Seminario Mayor y del Seminario Menor.
Este año los presbíteros y los decanos se preparan para dos acontecimientos importantes: la elección de los miembros del Consejo Presbiteral y el nombramiento de los nuevos Decanos.
En e! casado mes de noviembre concluí la Visita Pastoral a las 47 parroquias de la Arquidiócesis, que había comenzado en el mes de mayo de 2001. Quiero dar gracias a Dios por la huella imborrable que las Visitas han dejado en mi espíritu. Recordar las consolaciones recibidas en ellas hace brotar de mi corazón sentimientos de agradecimiento hacia todas las comunidades visitadas.
Próximamente viajaré a Roma para la Visita ad Límina. Ruego que me acompañen con sus oraciones. Llevaré al Santo Padre el saludo de toda la comunidad arquidiocesana y, especialmente, le presentaré la adhesión sincera de nuestro presbiterio a su persona y a su magisterio.
Si Dios quiere, a mi regreso de Roma, bendeciré e inauguraré en el Hogar San José el sector destinado a los sacerdotes enfermos.
2. "El Espíritu Del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió..."
Hoy volvemos a escuchar estas palabras pronunciadas por Jesús en la sinagoga de Nazaret. Al presentarse por primera vez ante la comunidad de su pueblo, Jesús lee, en el libro del Profeta Isaías, las palabras del anuncio profético. Estas palabras indican la misión mesiánica del Señor, como anunciador de la Buena Noticia. Jesús es ese Profeta ungido por el Espíritu de Dios para anunciar a todos la Buena Noticia.
El Espíritu que lo unge, esto es, lo consagra como Mesías, lo envía: "Él me envió".
El Señor termina diciendo: "Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír".
El Señor se aplica a sí mismo estas palabras cuando lee el pasaje de Isaías: "Él me envió a llevar la Buena Noticia". Esta frase expresa la conciencia de un mandato, de un envió, de una misión.
También nosotros, como Jesús, fuimos consagrados por la unción para ser enviados, para una misión.
Los sacerdotes debemos impulsar la misión. Los ojos de los fieles están puestos en nosotros los sacerdotes.
"El Espíritu del Señor está sobre mí".
En este Jueves Santo queremos renovar la unción del Espíritu que nos hace salir de nosotros y nos envía a la misión.
Hoy volvemos a renovar esta unción, esta consagración, que nos envía a todas las periferias, territoriales y existenciales, de nuestra arquidiócesis, para sanar y para anunciar la Buena Nueva: para que nuestros pueblos en Él tengan vida. Esa vida que es participación en la vida divina, vida de hijos de Dios, la vida eterna que "desarrolla también en plenitud la existencia humana, en su dimensión personal, familiar, social y cultural", como enseña el Papa en Aparecida (Discurso Inaugural, 4).
3. Venimos recorriendo un camino pastoral que nos llevó tres años de preparación y ya entramos en el sexto año de nuestro Plan Arquidiocesano de Pastoral.
Este camino, iniciado en nuestra Arquidiócesis en la Asamblea Pastoral del año 2000, se inspira en la Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte del Papa Juan Pablo II que dice: "Exhorto ardientemente a los pastores de las Iglesias particulares a que, ayudados por la participación de los diversos sectores del Pueblo de Dios, señalen las etapas del camino futuro, sintonizando las opciones de cada Comunidad diocesana con las de Iglesias colindantes y con las de la Iglesia universal" (n° 29).
También nos convocaba a esta tarea el Episcopado Argentino al proponernos Navega Mar Adentro, que tiene el propósito de "orientar una nueva etapa en la evangelización de la Argentina mediante una acción pastoral más orgánica, renovada y eficaz, procurando que todo miembro del pueblo de Dios, toda comunidad cristiana, todo decanato, parroquia, asociación o movimiento, se inserten activamente en la pastoral orgánica de cada diócesis" (n° 2).
La Providencia de Dios quiso que este camino que venimos haciendo como Iglesia de Tucumán haya sido confirmado por la Conferencia de Aparecida. En Aparecida nos encontramos totalmente identificados y confirmados en el camino pastoral.
Podemos decir que hay un espíritu y un lenguaje en Navega Mar Adentro que adelanta y prepara el camino de Aparecida. A su vez nuestro Plan Arquidiocesano de Pastoral coincide, en lo fundamental, con estos documentos. Es que estos textos: uno a nivel continental, otro a nivel nacional y el nuestro, a nivel arquidiocesano, tienen como fuente el documento Novo Millennio Ineunte y se ubican dentro de un clima eclesial y pastoral a comienzos del nuevo milenio.
4. Aparecida nos dice: "La Iglesia está llamada a repensar profundamente y relanzar con fidelidad y audacia su misión...no puede replegarse frente a quienes sólo ven confusión, peligros y amenazas... "(n° 11). Y agrega: "Este despertar misionero... buscará poner a la Iglesia en estado permanente de misión" (n° 551).
Y Navega Mar Adentro afirma: "Nada en la Iglesia tiene sentido si no se orienta a esta ardiente audacia misionera, ya que ella es evangelizadora por naturaleza" (n° 16).
Precisamente este es el Objetivo de nuestro Plan Arquidiocesano de Pastoral: Que todas las comunidades y todos sus componentes se integren en una GRAN MISIÓN ARQUIDIOCESANA para impulsar la NUEVA EVANGELIZACIÓN.
La misión es la vocación definitiva de la Iglesia. La misión que propone Aparecida y que propone nuestro Plan Arquidiocesano de Pastoral, no está limitada en el tiempo, sino que es una misión permanente. Es decir, la misión debe ser la característica, la clave de toda la acción pastoral ordinaria.
El sentido misionero deberá animar toda la pastoral con la intención de llegar a todos los ámbitos y a todas las personas: "A/o podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos, sino urge acudir en todas las direcciones" (DA 548).
Una pastoral misionera pretende salir de la repetición mecánica y la rutina y construir un proyecto de misión permanente, ordenando en función de este proyecto todas las actividades pastorales.
Para ello, Aparecida nos dice que es necesario una conversión pastoral que implica un cambio de mentalidad y de actitud: "La conversión pastoral de nuestras comunidades exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera" (n° 370).
Esto nos compromete a todos: "Obispos, presbíteros, diáconos permanentes, consagrados y consagradas, laicos y laicas, estamos llamados a asumir una actitud de permanente conversión pastoral que implica escuchar con atención y discernir «lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias» (Ap. 2,29)" (DA 366).
Además, Aparecida sostiene que "esta firme decisión misionera debe impregnar todas la estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos y de cualquier institución de la Iglesia. Ninguna comunidad debe excusarse de entrar decididamente, con todas sus fuerzas, en los procesos constantes de renovación misionera, y de abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe" (n° 365).
Queridos sacerdotes:
Que el Señor nos conceda ser discípulos enamorados de Jesucristo para poder llegar a ser sus ardorosos misioneros.
Todo esto es obra del Espíritu que guía a la Iglesia y la impulsa a renovar su fervor misionero. Hemos de vivir en nosotros el sentimiento apremiante de Pablo, que exclamaba "¡Ay de mí si no predicara el evangelio!" (1 Cor. 9,16).