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Homilía en la Misa de la Vigilia Pascual
11 de abril de 2009

Queridos hermanos:

1.   Hoy celebramos la resurrección del Señor. La fiesta de Pascua es la más importante de todo el año litúrgico. Es una fiesta de luz: el Señor resucitado ilumina nuestras vidas y nos comunica una gran alegría y una inmensa esperanza.

“Este es el día que hizo el Señor, alegrémonos y regocijémonos en el él, aleluya” Estas palabras del salmo se aplican muy especialmente a la Pascua.

Pascua significa “paso”. Es el paso de la muerte a la vida.

Todos los días del año son del Señor, sin embargo, ninguno es como el de la Resurrección de Jesucristo. Este es el día de la nueva creación, el día que venció a la muerte.

Las lecturas, los ritos, las canciones, el cirio que se enciende en  medio de la oscuridad, el canto del pregón pascual, el aleluya  y todo el clima de esta noche nos invitan a alegrarnos por la Resurrección de Jesucristo.

La Iglesia anuncia que está vivo. Aquel que ha muerto en la cruz, Jesucristo, ha resucitado y vive para siempre.

2.   El Evangelio que acabamos de escuchar nos cuenta que las mujeres fueron al sepulcro para embalsamar el cuerpo de Jesús. Ciertamente no saben lo de la resurrección. Sólo piensan en quien les correrá la piedra de la entrada del sepulcro que era muy grande. Se encuentran con la sorpresa que la piedra ya ha sido corrida y ven a un joven vestido con una túnica blanca.

Es un ángel que les anuncia la resurrección de Cristo: ““Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí.”

La resurrección de Cristo es una intervención extraordinaria de Dios que supera todas las expectativas humanas.

Debemos recoger el mensaje de la resurrección de Jesucristo. Solamente podemos comprenderlo desde la fe. Humanamente hablando la resurrección es un acontecimiento inexplicable. Sólo la fe nos abre al misterio que ilumina no sólo la vida de Cristo, sino también nuestra vida.

3.   Al resucitar, Jesucristo asumió una nueva forma de existencia, libre de toda opresión y condicionamiento terreno, de toda limitación y miseria.

Pero la resurrección de Cristo no es un acontecimiento que afecta solamente al Señor, nos toca a todos nosotros.

La resurrección de Cristo tiene consecuencias maravillosas para nosotros. Es para nosotros la posibilidad de una vida nueva. San Pablo afirma que Jesús murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación (cf. Rom. 4,25). La resurrección de Cristo nos comunica la unión con Dios, la paz y la alegría.

La carta de San Pablo a los Romanos, que acabamos de escuchar, nos recuerda que nuestro bautismo es una participación no sólo a la muerte de Cristo, sino también, a su resurrección. El sumergirse en el agua es un símbolo de la muerte y el emerger del agua es un símbolo de la resurrección, de la vida nueva. Esto también se expresa en la vestidura blanca que se le pone al que se bautiza.

La Resurrección de Cristo es comienzo de una vida nueva para cada uno. Por el Bautismo hemos pasado de la muerte a la vida. Por el Bautismo hemos muerto con Cristo al hombre viejo y hemos resucitado a la vida nueva: “El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente” (2 Cor. 5,17).

San Pablo nos habla que el bautizado, el cristiano, tiene “una vida nueva”, “un espíritu nuevo”, “una mentalidad nueva”.

Todo bautizado participa de la muerte de Cristo y de su resurrección, naciendo a la vida nueva de la gracia que nos hace hijos de Dios.

Por eso, en esta noche, la Iglesia nos pide que renovemos las promesas bautismales, ratificando nuestra adhesión a Cristo, nuestro compromiso de vivir una vida nueva.

El Bautismo nos hace hijos de Dios. Toca a cada uno de nosotros ir creciendo en esta vida a lo largo de nuestra historia.

Con el Bautismo, la resurrección de Cristo, la vida nueva, entra en nuestro corazón, en nuestro cuerpo, en nuestra vida. Como semilla deberá ir creciendo y desarrollarse hasta culminar un día con la resurrección de nuestro cuerpo.

Pidamos a la Santísima Virgen, que fue la primera que se alegró con la resurrección de su Hijo, que nos conceda la gracia de abrirnos a Jesús y vivir con fidelidad nuestra vocación cristiana.