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Homilía de Mons. Luis H. Villalba, arzobispo de TUCUMÁN,
en la Basílica de San Pedro
durante la Visita ad LÍMINA

20 de abril de 2009

 

Queridos hermanos:

1.   Esta mañana comenzamos la Visita “ad límina Apostolorum” celebrando la Santa Misa junto al sepulcro de San Pedro.

Esta peregrinación para visitar las tumbas de los Apóstoles tiene un profundo significado espiritual y de comunión eclesial.

La Visita “ad límina” expresa el sentido de un camino espiritual.

La oración ante las tumbas de los Apóstoles Pedro y Pablo, columnas de la Iglesia, le confieren a la Visita un sentido profundamente religioso. Efectivamente, queda expresada de este modo la unidad de la Iglesia, fundada por el Señor sobre los Apóstoles y edificada sobre el bienaventurado Pedro, con el mismo Jesucristo como piedra angular y su Evangelio de salvación para todos los hombres.

No llegamos a Roma solos, ya que traemos en el corazón a todas las comunidades encomendadas a nuestro cuidado pastoral que, de un modo especial, estarán presentes en cada una de las celebraciones. Hoy están aquí, espiritualmente presentes, los sacerdotes, los seminaristas, los consagrados, las consagradas y todos los fieles laicos, especialmente los más necesitados de la ayuda del Señor.

 

2.   La visita “ad límina” además de venerar los sepulcros de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo tiene la finalidad de encontrarnos con el sucesor de Pedro, el Obispo de Roma, el Santo Padre Benedicto XVI.

Venimos a Roma donde está la “cátedra” de Pedro.

Elegido por Cristo como “roca” sobre la cual edificar la Iglesia (cf. Mt. 16,18), Pedro comenzó su ministerio en Jerusalén, después de la Ascensión del Señor y de Pentecostés. La primera “sede” de la Iglesia fue el Cenáculo.

Sucesivamente, la sede de Pedro fue Antioquia, en Siria (hoy Turquía). En esa ciudad evangelizada por san Bernabé y san Pablo es donde “por primera vez los discípulos recibieron el nombre de cristianos” (Hech. 11, 26).

Desde allí la Providencia llevó a Pedro a Roma donde concluyó con el martirio su vida al servicio del Evangelio.

Así Roma es la sede del sucesor de Pedro, encargado por Cristo de apacentar todo el rebaño de la Iglesia.

San Ireneo dice: “Con esta Iglesia… debe necesariamente estar de acuerdo toda la Iglesia, es decir, los fieles de todas partes” (Contra las herejías, III, 3,2-3).

La huella de una primera visita “ad límina” la encontramos en la carta de San Pablo a los Gálatas, donde habla de su conversión y del camino que ha tomado hacia el apostolado de los paganos y -aunque fuese apóstol llamado e instruido inmediatamente por el Señor resucitado- les dice: “Tres años más tarde, fui desde allí a Jerusalén para visitar a Pedro, y estuve con él quince días...” (Gál. 1,18). El mismo gesto lo cumple, una vez más, catorce años después: “Al cabo de catorce años, subí nuevamente a Jerusalén... les expuse el Evangelio que predico entre los paganos... para asegurarme que no corría o no había corrido en vano” (Gál. 2,1-2).

Nuestra Visita “ad límina” manifiesta y consolida la unidad fundada en la única fe y garantiza la comunión con el Vicario de Cristo en la tierra. El Papa es el garante de la unidad, de la universalidad, de la caridad  de la Iglesia. Por eso nos encontramos con Pedro, como lo hizo Pablo, para asegurarnos que no corremos en vano (cf. Gál. 2,2).

Es a Pedro a quien el Señor le concedió el poder de “confirmar a los hermanos” (cf. Lc.22,32).

No dudo que esta Visita revitalizará la acción de nuestras Iglesias particulares y que seremos reconfortados  por las orientaciones y consejos del Santo Padre.

La visita “ad límina” es un acto que cada Obispo cumple para el bien de la propia diócesis y de toda la Iglesia, para fomentar la unidad, la caridad, la solidaridad en la fe y en el apostolado.

 

3.   En la primera lectura escuchamos un texto del libro de los Hechos de los Apóstoles.

Los Hechos de los Apóstoles nos muestran el comienzo de la evangelización después de Pentecostés: “Entonces Pedro, poniéndose de pie con los Once” (Hech. 2,14), anunció, por primera vez, la Buena Noticia de la salvación de Jesús. La consecuencia es inmediata: Los que recibieron su palabra se hicieron bautizar; y ese día se unieron a ellos alrededor de tres mil” (Hech. 2,41).

Entonces surge la primera comunidad cristiana: “Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hech. 2,42).

Luego vine el primer milagro. Pedro cura al paralítico diciéndole: “No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y camina” (Hech. 3,6).

La curación del paralítico es la ocasión para el segundo discurso de Pedro.

En seguida va a comenzar la persecución. Aparecen los personajes que Jesús encontró y de los que fue víctima, en particular Anás y Caifás. Los Apóstoles son detenidos y se les quiere prohibir que prediquen en el nombre de Jesús.

Ahora es ante el Sanedrín, donde hablará Pedro: “Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído”, dice (Hech. 4,20).

Entonces viene el texto que acabamos de escuchar.

De nuevo en libertad, los apóstoles regresan a donde están reunidos los demás miembros del grupo de los Doce y les informan lo sucedido. Al oír tales noticias, todos, unánimemente, se unen en la oración común.

Es la primera oración de la comunidad. Piden a Dios les dé fuerza de ser intrépidos en la confesión de Cristo, no obstante los peligros que los amenazan. En la invocación a Dios se expresa la confianza en que Él es suficientemente poderoso para frustrar todos los ataques de los enemigos.

Una especie de nuevo Pentecostés viene a confirmar la primera Iglesia en su testimonio: “Cuando terminaron de orar, tembló el lugar donde estaban reunidos: todos quedaron llenos del Espíritu Santo y anunciaban decididamente la Palabra de Dios” (Hech. 4,31).

Hoy Pedro se llama Benedicto XVI. El sigue predicando con libertad y audacia el Evangelio de Jesucristo.

Hoy, como entonces, hay quienes quieren hacerlo callar.

Pero sostenido y acompañado por la oración de la Iglesia y la fuerza del Espíritu Santo, el Papa sigue su misión de ser el principio visible y el fundamento perpetuo de la unidad de la fe y de la comunión en la Iglesia. (cf. LG 18).

Queridos hermanos:
En el ábside de esta Basílica de San Pedro se encuentra el monumento a la cátedra del Apóstol, obra de Bernini, realizada en forma de gran trono de bronce, sostenido por las estatuas de cuatro doctores de la Iglesia, dos de Occidente, san Agustín y san Ambrosio, y dos de Oriente, san Juan Crisóstomo y san Atanasio. Los invito a detenerse ante esta obra y orar por el Santo Padre y por el ministerio que el Señor le ha confiado.

Que así sea.

Mons. Luis Villalba
Arzobispo de Tucumán
20 de Abril de 2009