Homilía de Mons. Luis H. Villalba, Arzobispo de TUCUMÁN,
en la Misa de Corpus Christi
14 de junio de 2009
Queridos hermanos:
1. Estamos aquí reunidos en la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo para acoger el don, que Jesús nos entrega en el momento de su muerte: su Cuerpo y su Sangre. Y nos lo entrega como pan de vida bajado del cielo: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo” ( Jn. 6, 51).
Llegamos de todos los rincones de nuestra Arquidiócesis, de todas nuestras parroquias, capillas, comunidades, para manifestar públicamente nuestra fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía y para dar gracias a Dios por este gesto de inmenso amor hacia nosotros.
Queremos tributar a Cristo, presente y escondido en el Sacramento, nuestra alabanza y nuestro agradecimiento.
Los saludo a todos con afecto: a los sacerdotes, a los diáconos, a los seminaristas, a los consagrados y consagradas, a todos los fieles.
2. En el marco del Plan Arquidiocesano de Pastoral venimos trabajando el valor de la Comunión Misionera desde la Humildad.
Precisamente la Eucaristía es el sacramento de la comunión y de la misión.
La Eucaristía es el sacramento de la comunión cristiana: nos une a Cristo y en Cristo entre nosotros. La Eucaristía es el sacramento de la comunión, que significa y realiza la unidad de cada uno de nosotros con Jesús y, por tanto, realiza la unidad entre nosotros, como comunidad cristiana. “Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan”, nos dice San Pablo (1 Cor. 10,17).
Y la Eucaristía es, también, la fuerza para la misión. La misión encuentra en la Eucaristía su fuente de vitalidad.
3. El lema de esta fiesta de Corpus es: “Jesús haz nuestro corazón semejante al tuyo”.
Jesús se quedó en la Eucaristía bajo los signos humildes del pan y del vino.
Que la Eucaristía sea la fuente para vivir la humildad.
Jesús es humilde: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt. 11,29).
La humildad se opone a la soberbia y al orgullo.
Los soberbios son los que se creen ser alguien, los que tienen de sí mismos un concepto tan alto que hacen de él casi una razón de vida, por lo cual los demás tienen que inclinarse a su servicio, y ni siquiera hay que agradecerles, porque simplemente han hecho lo que tenían que hacer. La actitud humilde es la de quien no se infla ni se ilusiona.
El orgulloso es el arrogante, el engreído, el que tiene exceso de amor propio, el que se atribuye una falsa grandeza, el que tiene afán desmedido de ser preferido a otros, el que menosprecia a los demás. El orgulloso se hace el centro de todo, es el suficiente, el que cree que no debe nada a nadie. Es el caso del fariseo. Un hombre convencido de su importancia, seguro, lleno de sí mismo. Se cree superior. Se basta a sí mismo. No pide nada. Piensa que todo viene de él.
Y Jesucristo al terminar la Parábola del fariseo y el publicano, establece la ley fundamental, la lección que debemos aprender: “Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado” (Lc. 18, 14).
4. La humildad es un juicio de valor sencillo que uno se da a sí mismo: es claridad de juicio sobre sí mismo.
Y este juicio es un modo de comportamiento que se ha adquirido por medio de la escuela de la vida, que le ha hecho conocer a uno su fragilidad y su pobreza. La humildad personal supone una madurez para quien ha pasado por esa escuela de pruebas y de experiencias de la propia debilidad y fragilidad que nos coloca en el puesto y nos libra de cualquier presunción.
La humildad, como virtud social, es no sólo ausencia de pretensiones, sino que también es atención a los demás. La humildad es sociabilidad sin pretensiones, llena de afecto, de atención, amor, solicitud. Nada conmueve más a las personas como el verse tratar con sumo respeto y valorando lo que son.
El humilde vive profundamente su verdad ante Dios y ante sus hermanos.
La humildad devuelve a su cauce natural la relación del hombre con Dios y con sus hermanos.
La humildad nos pone en nuestro sitio.
¿Y cuál es nuestro sitio? San Pablo nos dice: “Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (2 Cor. 4,7).
La humildad es la verdad. La humildad no nos hace negar los dones y gracias que Dios no da. La humildad reconoce los dones pero devuelve la gloria a Aquel de quien los ha recibido. Es lo que hace la Virgen: “Mi alma canta la grandeza del Señor…porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas” (Lc. 1, 46-49). San Pablo dice: “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (1 Cor. 15,10).
La humildad es el programa del discípulo de Cristo.
La humildad es el fundamento de la vida espiritual. Cuánto más queremos acercarnos a Dios, más debemos apoyarnos en la humildad.
San Agustín dice: “Nada hay más grande que el camino del amor y únicamente lo recorren los humildes...¿Deseas elevarte? Comienza por bajar. ¿Sueñas con hacer un edificio que se eleve hasta los cielos? Ten cuidado de poner antes que nada el fundamento de la humildad. Cuanto más elevada deba ser la construcción, más profundamente se deben echar los cimientos.”
5. Una mención especial para los Ministros Extraordinarios de la Comunión.
Hoy serán instituidos alrededor de 800 ministros extraordinarios de la Comunión.
Les agradezco el servicio que ustedes prestan en nuestras comunidades: parroquias, capillas, colegios, hogares, colaborando en la distribución de la Sagrada Comunión a los fieles, como así también llevando el Pan Eucarístico a los enfermos y ancianos en sus casas, en los hospitales, en las clínicas.
Que la Eucaristía esté siempre en el centro de la vida de ustedes. La Eucaristía debe alimentar la fe y la caridad de sus vidas.
Recuerden que al distribuir la comunión a sus hermanos deben procurar acrecentar su caridad fraterna de acuerdo al mandamiento del Señor que dijo: “Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros” (Jn. 13, 34).
6. Con ocasión del 150º aniversario de la muerte del santo cura de Ars, Juan María Vianney, el Papa Benedicto XVI ha anunciado un Año Sacerdotal, entre la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús de este año y la del año que viene.
Será un Año para redescubrir la belleza y la importancia del Sacerdocio y de cada Sacerdote, y para rezar y trabajar por el aumento de las vocaciones sacerdotales, como lo pide el Señor en el Evangelio: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha” (Mt. 9, 37-38).
Para dar comienzo a este Año Sacerdotal en nuestra Arquidiócesis los invito a participar a todos: sacerdotes, diáconos, consagrados, consagradas y fieles laicos de la celebración de las Vísperas del Sagrado Corazón de Jesús en nuestra Catedral el próximo jueves 18 a las 17 hs.
Jesús llama a la puerta de nuestro corazón, y nos pide entrar.
Le decimos:
“Buen Pastor, verdadero pan de vida, ten piedad de nosotros.
Tú, que todo lo sabes y lo puedes, que nos alimentas en la tierra
lleva a tus hermanos a la mesa del cielo,
en la gloria de los santos”. Amén.
Mons. Luis Villalba
Arzobispo de Tucumán
14 de Junio de 2009