Homilía en la Misa celebrada
ante las reliquias del Cura de Ars
20 de noviembre de 2009
Queridos hermanos sacerdotes:
1. En este Año Sacerdotal tenemos la gracia de tener entre nosotros el corazón del Santo Cura de Ars.
“El ejemplo admirable del Santo Cura de Ars conserva aún hoy todo su valor”, afirmaba el Papa Pío XII.
Por distinta que sea la época del Cura de Ars y la nuestra, su vida sacerdotal sigue siendo inspiración para todo sacerdote.
Pidamos a Jesús la gracia de aprender de san Juan María Vianney su total identificación con el propio ministerio. El Cura de Ars emprendió esa humilde y paciente tarea de armonizar su vida con la santidad del ministerio sacerdotal a él confiado.
Todo sacerdote debe aspirar a la santidad. San Juan María Vianney nos impulsa a esta santidad sacerdotal. A los santos hay que imitarlos en la “santidad de vida”. Los santos son para tenerlos como paradigmas a partir de los cuales conjugar la vida. Los santos son un acercamiento para buscar inspiración.
San Juan María Vianney en el momento histórico que vivió encontró el camino para ser santo y para evangelizar la porción de Iglesia que tenía en sus manos: la parroquia de Ars. Se identificó con la misión e hizo de ella la esencia de su sacerdocio. Animaba a todos a hacerse santos, porque esta es la vocación que todos recibimos en el Bautismo y es posible ser santos porque esta es la voluntad de Dios.
Hablar de san Juan María Vianney es recordar la figura de un sacerdote extraordinario por su amor a Dios y a sus hermanos. En el proceso de canonización se dice del Cura de Ars que era “severo consigo mismo y dulce con los demás”.
2. El Cura de Ars es modelo de ascética sacerdotal, modelo de piedad y, sobre todo, de piedad eucarística y modelo de celo pastoral.
El santo Cura de Ars brilla por su pobreza, castidad y obediencia.
San Juan María Vianney vivió y murió pobre. “Mi secreto, decía, es sencillísimo: darlo todo y no conservar nada”.
San Juan María Vianney pobre de bienes, fue de igual manera mortificado en su carne. Durante toda su vida practicó de manera heroica la ascesis de la castidad. “Cuando el corazón es puro, decía, no puede dejar de amar, puesto que ha hallado la fuente del amor que es Dios”.
Innumerables son los testimonios sobre el espíritu de obediencia del Cura de Ars. Esta adhesión total a la voluntad de sus superiores era, enteramente sobrenatural, era un acto de fe a la palabra de Cristo, que dice a sus Apóstoles: “El que los escucha a ustedes, me escucha a mí” (Lc. 10,16).
3. San Juan María Vianney había comprendido que el sacerdote debe ser, ante todo, un hombre de oración. El Cura de Ars decía: “Lo que a nosotros los sacerdotes nos impide ser santos es la falta de reflexión, no se entra en sí mismo, no se sabe lo que se hace; nos es necesaria la reflexión, la oración, la unión con Dios”. Según el testimonio de sus contemporáneos “el Cura de Ars conservaba una continua unión con Dios en medio de su vida excesivamente ocupada”.
Sobre la oración dice el santo: “¡Cuántas almas podemos convertir con nuestra oración!”. Repetía: “La oración ¡esa es la felicidad del hombre sobre la tierra!”.
La oración del Cura de Ars era, sobre todo, una oración eucarística. Su devoción a nuestro Señor presente en el Sacramento del altar era verdaderamente extraordinaria. “No hay necesidad de hablar mucho para orar bien”, explicaba a los fieles de su parroquia. “Se sabe que está allí el buen Dios en el tabernáculo; se le abre el corazón, nos alegramos de su presencia. Esta es la mejor oración”.
4. La vida de ascesis y de oración de San Juan María Vianney explica el secreto de su celo pastoral y la sorprendente eficacia sobrenatural de su ministerio. El Cura de Ars se dedicó a la conversión de su parroquia con todas sus fuerzas, insistiendo en la formación cristiana del pueblo que se le había confiado. “Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia; acepto sufrir todo lo que quieras durante toda mi vida”. Con esta oración comenzó su misión.
Fue un apóstol infatigable, lleno de iniciativas para ganarse a la juventud y santificar los hogares, cercano a la vida de sus fieles, fue en verdad el buen pastor que conoce a sus ovejas, las protege y las guía con sabiduría. El Santo Cura decía: “Un buen pastor, un buen pastor según el corazón de Dios: he aquí el tesoro más grande que Dios puede conceder a una parroquia”.
Lo que verdaderamente impresiona en el Cura de Ars es el sentido profundo que tenía de su responsabilidad pastoral. Durante toda su vida fue predicador y catequista.
Sabemos que San Juan María Vianney fue un gran confesor, un ferviente apóstol del confesionario. Se pasaba alrededor de quince horas diarias en el confesionario. Comenzaba esta tarea cotidiana a la una o a las dos de la mañana y no terminaba hasta entrada la noche.
El Cura de Ars no sólo se pasaba largas horas en la Iglesia atendiendo a sus fieles. También supo hacerse presente en todo el territorio de su parroquia: visitaba sistemáticamente a los enfermos y a las familias; organizaba misiones populares y fiestas patronales; recogía y administraba dinero para sus obras de caridad y para las misiones; adornaba la Iglesia; se ocupaba de los huérfanos; se interesaba por la educación de los niños y llamaba a los laicos a colaborar.
5. El Santo Cura de Ars fue un sacerdote que dedicó su vida a la guía espiritual de las personas. San Juan María Vianney fue un verdadero maestro en el ministerio de la consolación y del acompañamiento vocacional.
La atención a las vocaciones sacerdotales constituye una prioridad pastoral, que asume más valor en el contexto del Año Sacerdotal. Por eso debemos dar un nuevo impulso a la tareas de promover las vocaciones al sacerdocio.
Hemos escuchado en el Evangelio la parábola del sembrador. El Señor arroja con abundancia y gratuidad la semilla de la Palabra de Dios, aun sabiendo que podrá encontrar una tierra inadecuada, que no le permitirá madurar a causa de la aridez, y que apagará su fuerza vital ahogándola entre zarzas.
Con todo el sembrador no se desalienta porque sabe que parte de esta semilla está destinada a caer en “tierra buena”, es decir, en corazones ardientes y capaces de acoger la Palabra con disponibilidad, para hacerla madurar en la perseverancia, de modo que dé fruto con generosidad para bien de muchos.
La tierra es el corazón de cada hombre, en particular de los jóvenes, a los que debemos dirigirnos, llamarlos a seguir al Señor y acompañarlos en su discernimiento vacacional. El corazón del joven puede estar confundido y desorientado, pero tiene la capacidad de abrirse al llamado de Jesús y seguirlo con seguridad, con la certeza de haber encontrado el tesoro escondido.
Quien siembra en el corazón es siempre y sólo el Señor. Únicamente después de la siembra de la Palabra de Dios, podremos adentrarnos en la maravillosa tarea de acompañar y educar, de formar y discernir.
Queridos sacerdotes sean sembradores de confianza y esperanza entre los jóvenes. Esta puede ser la hora de Dios. La Palabra de Dios puede ser de verdad luz y fuerza.
Que el Año Sacerdotal sea una ocasión para fomentar la pastoral vocacional. Junto al llamado explícito, el mejor método es el testimonio de vida sacerdotal y la orientación a los jóvenes en la búsqueda de Dios y de la verdadera felicidad.
Queridos sacerdotes:
Al celebrar este Año Sacerdotal pidamos al Señor la gracia de que en cada uno de nosotros, los sacerdotes, se despierte el ansia de la santidad y el deseo de realizar cada vez más generosamente nuestro ministerio.
Los cristianos esperan mucho del sacerdote. En un mundo donde triunfa el poder, el dinero, la seducción de los sentidos, el prestigio de la técnica, quieren ver en el sacerdote un testimonio del Dios invisible, un hombre de fe y lleno de caridad pastoral.
Frente al desafío de la Nueva Evangelización y de las necesidades religiosas de nuestro pueblo se alza la figura del sacerdote. Sin él, sin su acción cotidiana, ¿qué sería de las iniciativas pastorales a las que nos llama la Iglesia de nuestro tiempo?
Pido a todos los fieles que en este Año oren por los sacerdotes y que contribuyan a su santificación.