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Alocución de Mons. Villalba
al término de la celebración litúrgica
del 25º aniversario de ordenación episcopal
22 de diciembre de 2009

1.   Comienzo por agradecer la presencia de todos ustedes aquí.

En primer lugar, agradezco a mis hermanos Obispos que han querido acompañarme en este momento y que es, para el Pueblo de Dios, signo de la Colegialidad Episcopal.

Lo mismo digo de los sacerdotes. A mis hermanos sacerdotes una palabra de agradecimiento, de aliento y de estímulo.

Agradezco a los consagrados y a las consagradas que comparten en la Arquidiócesis nuestras fatigas, alegrías y esperanzas.

Agradezco a la comunidad del Seminario.

Saludo y agradezco a los laicos y laicas especialmente comprometidos en las Asociaciones y Movimientos y a los agentes de pastoral que trabajan en los diversos servicios y sectores pastorales.

Saludo a todos los fieles de Tucumán: a los niños, a los jóvenes, a las familias.

Agradezco, también, a todos aquellos que han preparado, de una u otra manera, esta celebración en la conmemoración de mis 25 años episcopales.

Agradezco al Papa Benedicto XVI que se hizo presente con un afectuoso saludo y renuevo mi fidelidad a su persona y a su Magisterio.

Agradezco a mi hermana Clelia, que siempre me acompañó.

(Manifiesto mi reconocimiento a las autoridades provinciales y municipales por hacerse presentes en este momento).

(Un abrazo fraterno a todos los hermanos que pertenecen a otras denominaciones  cristianas y a otras religiones. Muchas gracias por su presencia entre nosotros)

Junto con ustedes quiero dar gracias a Dios.

Lo hicimos celebrando la Eucaristía, que es la gran acción de gracias al Padre por Jesucristo en el Espíritu Santo.

Providencialmente el valor a vivir durante todo el 2010 y que nos inspirará para realizar, con ojos de fe, la evaluación pastoral de la Arquidiócesis y descubrir, desde el querer de Dios, la planificación pastoral de la próxima etapa, es la gratitud, la acción de gracias.
Entonces quiero dar gracias a Dios por los dones recibidos a lo largo de mi vida. En esta ocasión doy gracias a Dios por el don del Episcopado.

Lo hago con el salmo 118:
“¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
 porque es eterno su amor!” (Sal. 118).

 

2.   Cuando pienso en los 25 años transcurridos como Obispo, me vienen  a la mente las palabras del salmista: “Cantaré siempre, eternamente, la misericordia del Señor”, porque toda mi vida fue un entramado de la misericordia de Dios.

Como Obispo ejercí mi ministerio en tres diócesis: Buenos Aires, San Martín y Tucumán. De todas guardo hermosos recuerdos y en todas he enlazado amistades con sacerdotes, religiosos y laicos. ¡Gracias por tantos y buenos amigos!

De mis años como Obispo, me marcaron, especialmente la participación en las Conferencias de los Obispos Latinoamericanos y del Caribe: de Santo Domingo, en el año 1992, y de Aparecida, en el 2007.

No puedo olvidar cuando recibí el Palio arzobispal de manos del Papa Juan Pablo II, en el Año Jubilar 2000, como así también mis tres Visitas “Ad Límina”, en el 1995 como Obispo de San Martín y en el 2002 y 2009 como Arzobispo de Tucumán.

También guardo un recuerdo agradecido por mi participación en el Episcopado argentino, particularmente cuando me tocó presidir las Comisiones de Catequesis, de Laicos y de Navega Mar Adentro.

Como Pastor diocesano de Tucumán se me hace imposible enumerar tantas cosas vividas.
Pero quiero, al menos, señalar tres gracias:

En este Año Sacerdotal recemos muy especialmente por las vocaciones sacerdotales y por la alegría y perseverancia de los sacerdotes.

Solamente para Dios sea la gloria. Con San Pablo digo: “A Él sea la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús, por todas las generaciones y para siempre. Amén” (Ef. 3,21).