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Subsidio para la precatequesis

Para desarrollar los encuentros de la primera etapa formativa del adulto, la precatequesis, se pueden tomar algunos temas de la Novena en honor de Nuestra Señora de la Merced de 2004: “¿Quién dice la gente que soy yo” (Mc. 8,27)[66].

A modo de ejemplo les propongo los siguientes:

  1. Jesús es el que nos hace caminar (Mc. 2,1-12).
  2. Jesús es el que nos sostiene en las dificultades (Mc. 4,35-41).
  3. Jesús es el que nos sana y nos da la vida (Mc. 5,21-43).
  4. Jesús es el que sacia nuestra hambre (Mc. 6,30-44).
  5. Jesús es el que nos hace oír y hablar (Mc. 7,31-37).
  6. Jesús es el que nos hace ver (Mc. 10,46-52).

Los Evangelios relatan numerosos encuentros de Jesús con hombres y mujeres de su tiempo. Una característica común a todos esos episodios es la fuerza transformadora que tienen, ya que abren a un auténtico proceso de conversión.
Ahora vamos a ver en el Evangelio el encuentro de Jesús con algunas personas.

Estos encuentros nos enseñan la pedagogía de Jesús. Cristo es nuestro Maestro. ¿Tenemos dificultades para acercarnos a la gente, para hablarles de Dios, para catequizarlos?  Aprendamos de Jesús en sus diversos encuentros.

El encuentro con Zaqueo

El relato, del evangelio según san Lucas 19,1-10, comienza y termina con el verbo “buscar”.

En el v. 3, Zaqueo “busca” ver a Jesús; Jesús, en el v. 10, se revela como el Hijo del hombre que viene a “buscar” y a salvar lo que estaba perdido.

El encuentro se produce gracias al amor de Jesús que busca a Zaqueo, superando todos los obstáculos. Pero también se valoriza, y se purifica  la búsqueda de Zaqueo, que a partir de una curiosidad inicial, se transforma en una gozosa acogida  de Jesús y en una conversión.

El fruto más preciado de este encuentro es la conversión de Zaqueo. Consciente y convencido de las injusticias que ha cometido, decide devolver con creces –el cuádruple- a quienes había defraudado. Además asume una actitud de desprendimiento de las cosas materiales y de caridad hacia los necesitados, que lo lleva a dar a los pobres la mitad de sus bienes.

El encuentro con la Samaritana

Algo parecido sucede en el encuentro con la samaritana (Jn. 4,1-42). Aquí también la iniciativa la tiene Jesús. Pero la misericordia salvífica del Señor se cruza con una búsqueda humana, que es purificada y engrandecida.

La mujer, en primer lugar busca el agua, y Jesús la invita a ir más allá del agua prefigurada en el deseo inicial. Luego la mujer intuye en Jesús al profeta, porque conoce su vida pasada y entonces trata de ubicarlo dentro de los personajes bíblicos conocidos: “nuestros padres”. Jesús la invita a abandonar estos esquemas, abriéndose hacia la promesa mesiánica. La mujer trata de conducir a Jesús hacia la espera del Mesías que debía de venir. Y otra vez más Jesús le hace dar un salto para abrirse al “ahora” salvífico ya presente en su persona.

Jesús la llama para saciar su sed, que no era sólo material, pues en realidad, «el que pedía de beber, tenía sed de la fe de la misma mujer»[67]. Al decirle, «dame de beber» (Jn. 4,7), y al hablarle del agua viva, el Señor suscita en la samaritana una pregunta, casi una oración, cuyo alcance real supera lo que ella podía comprender en aquel momento: «Señor, dame esa agua, para que no tenga más sed» (Jn. 4,15). La samaritana, aunque todavía no entendía, en realidad estaba pidiendo el agua viva de la que le hablaba Jesús. Al revelarle el Señor su mesianidad, la samaritana se siente impulsada a anunciar a sus conciudadanos que ha descubierto al Mesías (ver Jn. 4,26.28-30).

El encuentro con María Magdalena

Gracias a su encuentro con el Resucitado (Jn. 20,11-18), María Magdalena supera el desaliento y la tristeza causados por la muerte del Maestro. En su nueva dimensión pascual, Jesús la envía a anunciar a los discípulos que Él ha resucitado (ver Jn. 20,17).

El encuentro con Pablo en Damasco

Podríamos recordar otros muchos encuentros que hacen referencia al deseo humano: deseo de salud en el enfermo; deseo de perdón en los pecadores, deseo de conocimiento como en Nicodemo.

Señalo un último encuentro, que sucede después de la resurrección y que parecería darse sin una búsqueda, un deseo humano.

Es el encuentro del Señor con Pablo en el camino de Damasco (Hech. 9,1-9). Aquí parecería que Pablo no tiene ningún deseo, de algún modo, orientado al Evangelio, sino más bien que está movido por una violenta hostilidad. Pero también este encuentro comporta un deseo cumplido y superado. En el fondo, la aversión de Pablo por los cristianos proviene de un deseo de observar la ley.

Jesús presentándose como el Señor resucitado, como el principio del mundo nuevo, interpreta, purifica, orienta el deseo de Pablo. Le hace comprender que la vida no proviene del cumplimiento de la ley, sino de la fe en Cristo, rechazado por los hombres y glorificado por Dios.

En este encuentro tuvo lugar el cambio radical en la vida de Saulo: su conversión. Pasó de perseguidor de los cristianos a apóstol de Jesucristo.

Estos encuentros encierran una pedagogía: a través de un procedimiento progresivo y demostrativo, nos hacen ver que la iniciativa gratuita de Jesús se entrecruza, purifica y conduce a su plenitud el deseo de vida y de gozo que está en el corazón de cada hombre.

Algo parecido sucede en la catequesis. La catequesis es un servicio prestado a la verdad de la fe. A través de procedimientos demostrativos y reflexivos se busca hacer ver cómo en la verdad de Cristo, tal como es propuesta por la fe de la Iglesia, se integra la búsqueda de la verdad, que todo hombre, más o menos explícitamente, busca a partir de su condición psicológica y cultural.

La invitación del Señor respeta siempre la libertad de los que llama. Hay casos en que el hombre, al encontrarse con Jesús, se cierra al cambio de vida al que Él lo invita. Fueron numerosos los casos de contemporáneos de Jesús que lo vieron y oyeron y, sin embargo, no se abrieron a su palabra. El Evangelio de san Juan señala el pecado como la causa que impide al ser humano abrirse a la luz que es Cristo: “La luz vino al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas” (Jn. 3,19).

 

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[66] Boletín Eclesiástico del Arzobispado de Tucumán 6 (2004), N° 15, pág. 268-286.

[67] S. Agustín, Obras. Tratados sobre el evangelio de San Juan, 15,11.